La Inscripción Oculta (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo I) BLOQUE 3
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La contradicción más seria apareció por la tarde.

Santiago había encontrado una copia tardía atribuida al testamento de Fernando.

No era el original.

Se trataba de una transcripción realizada aproximadamente un siglo después e incorporada a una recopilación familiar.

Adrián la leyó dos veces.

El documento reconocía a Diego como sucesor subsidiario.

Eso, por sí solo, no era extraño.

La cláusula entraba en juego únicamente si Fernando no dejaba descendencia propia.

El problema era evidente.

Fernando había tenido hijos.

Y la fecha atribuida al testamento era posterior al nacimiento de Alfonso y Beatriz.

En toda la copia tardía, sin embargo, ninguno de los dos aparecía.

La procedencia declarada era vaga:

“Según traslado antiguo.”

Ese traslado tampoco se conservaba.

Por tanto, no sabían si estaban ante una copia incompleta, un resumen, un error de transmisión o una alteración deliberada.

Santiago tenía algo con qué compararla.

Una copia notarial mucho más antigua citaba el mismo testamento.

Y mencionaba a Alfonso.

Ambas piezas atribuían el documento al mismo otorgante y a la misma fecha.

El contenido general coincidía.

La diferencia estaba en una disposición relacionada con la descendencia de Fernando que la recopilación familiar posterior había dejado fuera.

Adrián utilizó la expresión más precisa que pudo:

transmisión selectiva del contenido.

Eso era lo que podían demostrar.

La recopilación pertenecía a la rama de Diego.

No significaba automáticamente falsificación.

Era perfectamente posible que una colección familiar resumiera cláusulas que con el paso del tiempo se consideraban sin efecto.

Pero omitir a un hijo documentado exigía explicación.

Y esa explicación volvía a depender del original o de una copia temprana completa.

Ninguno estaba disponible.

Otra vez una contradicción los conducía hacia una pieza intermedia desaparecida.

El patrón era inquietante, aunque siglos de dispersión documental podían producir vacíos sin necesidad de ninguna operación coordinada.

A última hora apareció el testamento de Inés de Castañeda.

La contradicción adoptó entonces otra forma.

Inés disponía que sus hijos conservaran determinados derechos sobre una sepultura familiar:

“hasta que se haga justicia sobre la memoria de su padre”.

El contexto hacía probable que Fernando ya hubiera muerto.

Clara prefirió no fijar aún la fecha sin cruzarla con otra fuente.

Lo indiscutible era que Inés consideraba pendiente la memoria de su esposo.

Además, ordenaba conservar documentación para sus hijos.

Entre esas piezas figuraban el testamento de Fernando, las probanzas del pleito y una “relación de la sepultura y letras”.

Eso abría una ruta documental nueva.

Hasta entonces habían seguido principalmente las escrituras que permanecieron vinculadas al patronato.

Pero la rama enfrentada podía haber conservado sus propios testimonios.

No tenía nada de extraño.

Dos partes litigantes necesitaban sus propios documentos.

Eso proporcionaba una razón histórica real para que algunas piezas hubieran existido en más de una copia y terminaran después en fondos diferentes.

La anotación de Pablo:

“Segunda copia no está aquí.”

adquiría un contexto más sólido.

No podían afirmar todavía que se refiriera a estos documentos.

Pero ya no necesitaban imaginar una duplicación excepcional.

El propio conflicto sucesorio justificaba la existencia de copias separadas.

La siguiente etapa debía ser seguir a Alfonso y Beatriz.

Si aquella rama continuaba, sus papeles podían haber continuado con ella.

Elena llamó antes de que pudieran marcharse.

Había una nueva imagen del segundo vehículo.

Una cámara de peaje había registrado parcialmente al conductor.

No parecía ser Raúl Esteban.

Eso permitía afirmar, como mínimo, que el hombre fotografiado junto a Pablo en 2017 y la persona que conducía el coche relacionado con la noche del homicidio probablemente eran individuos distintos.

La policía había descubierto además que el alquiler del vehículo se gestionó con una cuenta de correo creada mediante un patrón semejante al utilizado en otras consultas documentales falsas.

No era la misma dirección.

Tampoco permitía identificar al usuario.

Pero las similitudes técnicas hacían cada vez más relevante la hipótesis de que la búsqueda documental y la operación vinculada con el coche estuvieran relacionadas de algún modo.

Seguían sin poder conectar directamente esa actividad con Velasco ni con Raúl.

Había alguien más.

O, como mínimo, otra identidad física involucrada en alguno de los episodios.

Elena creía además que no había aparecido todavía todo el material que podía haber interesado a Pablo.

Parte de la documentación estaba en el depósito.

Seguían faltando otras piezas.

La investigación histórica podía, por tanto, acercarlos a algo que otra persona todavía buscaba.

Cuando terminó la llamada, Clara regresó al testamento de Inés.

“Hasta que se haga justicia sobre la memoria de su padre.”

La frase no demostraba fraude.

Demostraba que el conflicto seguía vivo después de la desaparición documental de Fernando.

Su viuda reclamaba.

Sus hijos existían.

Y una versión temprana del testamento de Fernando todavía reconocía a Alfonso, mientras una recopilación posterior lo omitía.

La misma reducción aparecía en otras fuentes.

Los inventarios habían transformado la memoria.

La genealogía había simplificado la continuidad.

Ahora también una copia testamentaria posterior había reducido la presencia de la rama.

Adrián mantuvo el límite.

Podían demostrar que las versiones posteriores eran más estrechas.

No podían afirmar todavía que esa reducción hubiera sido jurídicamente ilegítima.

Seguían necesitando la pieza capaz de explicar la transición.

Entre testamentos y sepulturas, la historia se volvía más contradictoria cuanto más precisas eran las fuentes.

Las más antiguas mantenían visible a Fernando y a sus descendientes.

Las posteriores trataban como consolidada la línea de Diego.

Entre ambas etapas faltaba todavía una resolución completa.

Mientras esa decisión no apareciera, podían demostrar que la memoria había cambiado y que la rama de Fernando continuó reclamando durante el proceso.

Lo que aún no podían decidir era si la sepultura terminó reflejando una sucesión legítimamente consolidada.

O si ayudó a convertir una solución discutida en la única versión que las generaciones posteriores encontraron ante sus ojos.