CAPÍTULO 10 Silencio en el despacho del especialista
BLOQUE 1
El despacho de Pablo Mena no parecía haber sido destruido.
Tampoco saqueado al azar.
Había sido revisado con método.
Elena Salcedo comprendió la diferencia antes de entrar.
Permaneció en la puerta mientras uno de los técnicos terminaba de fotografiar la habitación.
Los cajones estaban abiertos, pero nadie había vaciado su contenido sobre el suelo.
Los libros seguían en las estanterías y no había objetos rotos.
Varias cajas habían sido desplazadas lo suficiente para revisar su interior y algunos archivadores aparecían abiertos por secciones concretas.
Alguien parecía haber buscado algo.
El inventario preliminar todavía no permitía establecer qué faltaba.
Elena señaló el escritorio.
—Necesito saber qué había aquí antes.
Sobre la mesa permanecían fotografías de intervenciones patrimoniales, una libreta abierta y varias reproducciones documentales dentro de fundas transparentes.
El ordenador portátil seguía sin aparecer.
El cargador, en cambio, estaba allí.
Eso impedía determinar si Pablo se había llevado voluntariamente el equipo.
Cuando el técnico autorizó el acceso, Elena entró.
Una habitación podía ofrecer información distinta después de la primera impresión. Lo evidente era solo el comienzo. Después importaba observar qué permanecía intacto y qué había merecido una atención específica.
Sobre la mesa encontró una fotografía de la sepultura de la Catedral de Burgos.
No era la marcada con la palabra FERNANDO.
Esta había sido tomada desde un ángulo oblicuo.
En el reverso, Pablo había escrito:
2017
Y debajo:
“Antes de cubrir.”
Elena pidió registrar nuevamente ambas caras.
Después examinó una de las fundas transparentes.
Contenía una reproducción de un documento antiguo acompañada por una transcripción moderna.
No podía leer la escritura original, pero varias palabras estaban subrayadas.
Entre ellas aparecían memoria, hijo, patronato y piedra.
No necesitaba dominar la documentación del siglo XVI para entender que Pablo había relacionado aquellos conceptos.
Preguntó si habían encontrado reproducciones cuya procedencia no pudiera determinarse.
Sabía por Clara que Pablo había consultado una colección privada.
Cualquier documento que no pudiera atribuirse a un fondo conocido podía resultar importante.
Continuó recorriendo el despacho.
En la parte baja de una estantería había varias cajas numeradas.
Uno.
Dos.
Tres.
Después, cinco.
Elena se detuvo.
—¿Dónde está la cuatro?
Nadie lo sabía todavía.
Pidió que la buscaran.
Volvió entonces a la libreta abierta sobre el escritorio.
Las últimas páginas contenían fechas, iniciales y signaturas.
Aparecían repetidamente una F y una D.
Más adelante, Pablo había escrito:
F / hijo
D / sobrino
Elena reconoció la relación.
Fernando.
Diego.
En otra página encontró una frase:
“La piedra cambia después de la transmisión.”
La anotó sin interpretarla.
Unas hojas más adelante apareció otra:
“No buscar solo tumba. Buscar la decisión.”
Aquello sí coincidía con lo que había escuchado durante la investigación.
Pablo no había considerado suficiente la inscripción.
Buscaba el acto que había permitido modificarla.
La página siguiente faltaba.
No parecía arrancada con violencia.
Había sido retirada siguiendo con cuidado la perforación de la libreta.
Elena pidió comprobar si la hoja posterior conservaba marcas de presión.
Después siguió leyendo.
Junto a una fecha de hacía algo más de un año encontró:
“Llamada. Sabe lo de la F.”
La anotación confirmaba por primera vez desde la propia documentación de Pablo algo que hasta entonces dependía del recuerdo de Marcos.
Alguien lo había llamado sabiendo de la letra.
Poco después Pablo había advertido a su compañero que no hablara de ella.
En otra página aparecía:
“No dar ubicación.”
Y debajo:
“Segunda copia no está aquí.”
Elena volvió a leerlo.
No sabía a qué se refería aquella segunda copia.
Pero Pablo sí.
Pidió fotografiar la página y llamó a Clara.
Quería que Adrián la examinara sin recibir antes ninguna interpretación sugerida.
Treinta y cinco minutos después, Clara y Adrián entraron al piso.
La casa no estaba destrozada.
Precisamente por eso resultaba más incómoda.
La silla de Pablo permanecía junto al escritorio. Los libros seguían en sus estantes y una taza vacía continuaba donde alguien la había dejado.
En medio de aquella normalidad empezaban a destacar las ausencias.
Elena les mostró la reproducción de la libreta.
Adrián se detuvo en:
“Segunda copia no está aquí.”
No reconocía la expresión.
Podía referirse a una reproducción de la inscripción o a un documento.
Elena lo frenó.
—No quiero posibilidades. Quiero saber qué significaba para Pablo.
Sin más contexto, Adrián no podía saberlo.
Entonces Elena le mostró la otra nota:
“No buscar solo tumba. Buscar la decisión.”
Aquello sí encajaba.
Adrián explicó que existía una orden para no intervenir la piedra hasta recibir instrucciones del patrono y que, en algún momento posterior, los trabajos se reanudaron.
Entre ambos momentos tuvo que existir una autorización o una indicación.
Si Pablo hablaba de una segunda copia, quizá conociera la existencia de más de un testimonio del mismo acto.
Seguía siendo una hipótesis.
Pero sí podían afirmar algo.
Pablo conocía una referencia que ellos todavía no habían localizado.
Elena añadió entonces las demás ausencias.
El portátil.
El teléfono.
Una caja numerada.
La página retirada.
Clara preguntó si faltaba dinero.
No.
Seguían allí efectivo y objetos de valor.
La hipótesis de un robo común perdía fuerza.
Adrián preguntó si podían determinar cuándo había sido revisado el despacho.
Todavía no.
Y esa diferencia era fundamental.
Si había ocurrido después de la muerte, quien hubiera entrado podía saber que Pablo no regresaría.
Elena corrigió cualquier conclusión anticipada.
Todavía no podían establecer causalidad.
Pero la pregunta ya estaba abierta.