La Inscripción Oculta (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo I) BLOQUE 2
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Clara pidió que cerraran temporalmente el acceso al área de trabajo.

No existía un peligro inmediato, pero el hallazgo ya superaba los límites de una incidencia normal de restauración.

Durante la siguiente hora, ella y Adrián trabajaron casi sin hablar.

Ignacio estabilizó la iluminación mientras Clara comparaba superficies y Adrián revisaba la forma de las letras visibles.

La primera diferencia apareció cerca del centro.

Uno de los caracteres tenía una profundidad distinta.

Después encontraron otros con bordes menos regulares.

El desgaste había uniformado visualmente el conjunto, pero las incisiones no respondían por completo a una misma ejecución.

Clara preguntó cuántas fases podían existir.

Adrián no quiso poner un número todavía.

Tomó una hoja milimetrada y comenzó a registrar la distribución del texto.

No copiaba las letras como dibujo.

Medía proporciones y espacios.

Clara observó que entre dos palabras había una separación excesiva.

—Aquí sobra espacio.

Adrián asintió.

Podía tratarse de una irregularidad del grabador.

Pero también era posible que el texto posterior hubiera tenido que adaptarse a una superficie ya condicionada.

Clara miró las zonas abrasadas.

—¿Por restos de una inscripción anterior?

—Es una posibilidad.

Midieron el campo epigráfico completo.

Adrián volvió a hacer el cálculo.

—La distribución no funciona como si todo se hubiera diseñado de una sola vez.

Señaló las palabras comprimidas y la separación desproporcionada.

Clara comprendió.

Podían haber eliminado parte del texto anterior antes de incorporar otro.

Adrián aceptó esa posibilidad, pero volvió a separar el problema histórico de la reparación moderna.

Sabían que la reintegración había ocurrido.

Todavía ignoraban por qué y qué había comprendido quien la realizó.

Clara sonrió.

—Eres agotador.

—Eso me han dicho.

La tensión duró apenas unos segundos.

El teléfono de Clara sonó.

Santiago.

Su voz llegaba baja.

Había encontrado el registro.

Pero existía un problema.

El nombre consignado en la solicitud no coincidía con la identificación presentada.

Clara frunció el ceño.

Santiago explicó que habían conservado una copia del documento.

El número correspondía a un hombre fallecido seis años antes.

La consulta había sido presencial.

Clara miró a Adrián.

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace cuatro meses —respondió Santiago.

No podía tratarse de un error de carga sencillo.

Alguien había utilizado los datos de una persona muerta para consultar documentación.

Clara quiso saber qué había pedido exactamente.

Santiago revisó el registro mientras hablaba.

Había solicitado expedientes de restauración y fotografías antiguas, además de documentación sobre movimientos de enterramientos y cambios epigráficos de los siglos XV y XVI.

La mayor parte se refería a aquella sepultura.

También había consultado otras dos.

Adrián, que escuchaba parte de la conversación, pidió cautela.

Una identidad falsa ya convertía la consulta en anómala.

Pero todavía no demostraba que el visitante hubiera encontrado la misma inscripción.

Ignacio no compartía tanto cuidado.

—Es prácticamente lo mismo.

Adrián negó.

—No. Una cosa es buscar documentación sobre la tumba. Otra demostrar que sabía qué había debajo.

Clara entendió.

La persona podía haber sospechado una modificación por razones distintas.

No debían unir los hechos porque resultara tentador hacerlo.

Adrián volvió a la zona reparada.

Pidió a Clara que observara la interfaz del relleno con la incisión.

Ella acercó una lente y cambió el ángulo de iluminación.

Entonces lo vio.

El material de reintegración no rodeaba únicamente el trazo.

Entraba dentro de él.

Lo cubría.

Adrián se acercó.

Clara habló sin apartar la vista.

—Cuando aplicaron este material, la incisión estaba expuesta.

Ignacio dejó escapar una respiración.

—Entonces alguien la vio.

Sí.

Eso podía demostrarse materialmente.

Entre 2015 y 2018 alguien había trabajado sobre aquella zona y había aplicado material encima de una incisión perteneciente a una fase anterior.

Adrián recordó enseguida el límite.

Podían haberla interpretado como una grieta o una marca sin importancia.

El hecho de haberla cubierto no demostraba que quien trabajó allí hubiera comprendido su naturaleza.

Pero sí demostraba la intervención.

Y todavía no sabían quién la había ejecutado.

—Entonces averigüémoslo —dijo Adrián.