La inquilina que nunca existió Capítulo 23
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Capítulo 23

Sofía tenía una herida en la frente, pero estaba consciente.

Daniel apretaba contra su cuello un abrecartas. La mano vendada por el corte de Lucía temblaba.

—Abre la puerta -ordenó a su padre.

Julián presionó el lector. El bloqueo se liberó.

Daniel arrastró a Sofía al interior.

—Cierra el archivo.

—No puedo -dijo Julián-. La secuencia ya ha empezado.

La barra estaba en el cuarenta y dos por ciento.

—Desconecta el ordenador.

—Activaría el borrado remoto.

—Eso es lo que queremos.

Julián negó.

—Quiero los nombres que Inés añadió. Hay copias que no controlo.

Daniel miró a Clara.

—Dile que termine.

—Suéltala.

—No estás en posición de negociar.

Sofía clavó la mirada en Clara. Movió los labios sin sonido.

Ruiseñor.

Era la palabra de alarma que Marcos esperaba, aunque el micrófono ya no funcionaba. Clara comprendió que no se lo decía a ella.

Sara había entrado.

Una sombra apareció detrás de la cabina. Daniel no la vio hasta que Sara le golpeó la muñeca con una bandeja metálica. El abrecartas cayó. Sofía se agachó y Clara se lanzó contra él.

Chocaron con la mesa.

Daniel la sujetó por el cabello.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Eso decías cuando tenía siete años.

Clara hundió el codo en su estómago. Daniel perdió el equilibrio. Lucía se interpuso entre ellos con el trozo de metal.

—No vuelvas a tocarla.

Daniel levantó las manos.

—Lucía, yo pedí que te trasladaran. Mi padre quería desconectarte.

—Tu padre quería mis copias.

—Te salvé.

—Me guardaste.

La diferencia lo dejó sin palabras.

Sara cerró la puerta de la cabina y bloqueó a Daniel dentro. Sofía tomó el abrecartas.

—¿Qué has hecho? -preguntó Clara.

—He activado la alarma contra incendios y abierto las puertas de las habitaciones -respondió Sara-. Pero la conexión exterior está cortada.

La barra alcanzó el cincuenta por ciento.

Julián se acercó al ordenador.

Lucía le cerró el paso.

—¿Dónde está el servidor? -preguntó.

—No lo sabes.

—Lo construiste dentro del antiguo depósito de agua. Siempre te gustaron los lugares donde nadie miraba.

Julián palideció.

Sara sonrió.

—Ahora sí lo sabemos.

Lucía explicó que el sistema de Inés no descargaba los archivos al portátil. Solo abría durante unos minutos el servidor para una transmisión. Necesitaban conectar físicamente una unidad antes de que la barra terminara.

—¿Dónde está el depósito? -preguntó Sofía.

—En la torre norte.

Clara miró a Daniel tras el cristal.

—Él conoce el camino.

Abrieron la cabina. Daniel no se resistió cuando Sara le ató las manos con un cable.

—Nos llevarás -dijo Clara.

—Mi padre no dejará que salgáis.

Todos miraron hacia la mesa.

Julián había desaparecido.

La puerta lateral estaba abierta.

En el suelo quedaba el reloj de mirlo.

La pantalla marcaba sesenta y tres por ciento.

Y bajaba.