La inquilina que nunca existió Capítulo 22
74%

Capítulo 22

Lucía había sobrevivido fingiendo que ya no quedaba nada dentro de ella.

Julián le hizo preguntas sencillas. Su nombre, el año, el rostro de la mujer atada a la silla. Lucía miró el suelo y dejó que una línea de saliva descendiera por la comisura de sus labios.

—El deterioro se aceleró hace cinco años -explicó él-. A veces tiene momentos de lucidez.

Clara observó sus manos. Lucía marcaba números con los dedos contra la manta.

Uno. Dos. Tres.

Después volvía a empezar.

Julián conectó el reloj de mirlo a un ordenador portátil. En la pantalla apareció una pregunta:

¿Qué nombre recibía la habitación sin ventanas?

—Responde -dijo.

—No lo sé.

Él introdujo una jeringa en la vía que Clara llevaba en el brazo.

—Una dosis pequeña. Esta vez no perderás el conocimiento. Solo la capacidad de separar un recuerdo de otro.

—No.

El líquido avanzó por el tubo.

La habitación se volvió más luminosa. Clara oyó la voz de Daniel detrás del espejo, aunque sabía que no podía estar allí.

"Elena, la mujer roja no es tu madre."

Julián repitió la pregunta.

—¿Qué nombre recibía la habitación sin ventanas?

Las palabras de Lucía regresaron: donde el ruiseñor no puede cantar.

—La jaula -respondió Clara.

La pantalla cambió.

¿Qué objeto no debía cruzar la puerta?

Clara vio una golondrina de plata, una caja negra, las manos de Inés.

—El pájaro.

Tercera pregunta:

¿Quién recuerda cuando Elena olvida?

Clara miró a Lucía.

La anciana alzó los ojos por primera vez.

—Vera -dijo Clara.

El ordenador emitió un tono.

ACCESO PARCIAL.

Julián sonrió.

—Muy bien.

En la pantalla aparecieron carpetas cifradas. Una barra comenzó a avanzar.

—¿Qué hay en el archivo? -preguntó Clara.

—Una colección de historias contadas por personas resentidas.

—Historias por las que ha matado.

—Aurelio murió del corazón. Inés cayó por una escalera. Lucía sobrevivió gracias a mí.

—¿Y el hombre del tren?

Julián la miró con sincera curiosidad.

—¿Qué hombre?

La barra alcanzó el treinta por ciento.

Las luces parpadearon.

Lucía dejó de contar.

Una sirena sonó en algún lugar del edificio.

Julián tomó el teléfono.

—¿Qué ocurre?

Nadie respondió.

La puerta se cerró automáticamente. En el pasillo, alguien gritó en portugués.

Lucía se puso de pie.

El movimiento fue tan rápido que Julián tardó en reaccionar. Ella arrancó el tubo de Clara y utilizó la aguja para pinchar la mano de él. Julián retrocedió.

Lucía sacó del vendaje un trozo de metal y cortó la primera correa.

—No estoy enferma -dijo con voz firme-. Estoy cansada.

Clara liberó la otra mano.

La puerta seguía bloqueada. Lucía señaló el espejo.

—Detrás.

Clara golpeó con la silla. El cristal se agrietó. Al otro lado había una cabina de observación.

Daniel estaba allí.

No sostenía un arma. Sostenía a Sofía por el cuello.

—Basta —dijo—. O la mato.