La inquilina que nunca existió Capítulo 21
71%

Capítulo 21

Clara despertó con el olor a naranja.

Tenía las muñecas sujetas a los brazos de una silla y un zumbido grave detrás de los ojos. La habitación era blanca. En la pared había un espejo; en el techo, una cámara.

La misma habitación del vídeo.

Julián Soria estaba sentado frente a ella.

El tiempo pareció doblarse. Por un instante, Clara tuvo siete años y las piernas no le llegaban al suelo.

—Buenos días, Elena.

Ella tiró de las correas.

—¿Dónde están?

—Tu amiga tiene una conmoción leve. Lucía está descansando.

—¿Y Daniel?

—Recibiendo puntos. Mi hijo siempre subestimó a tu madre.

Julián llevaba un traje gris impecable. Sobre la mesa había una grabadora digital y el reloj con forma de mirlo.

—Aurelio dijo que ese reloj era de Daniel.

—Fue mío antes que suyo. Los objetos también heredan culpas.

Clara miró el espejo.

—Sara está grabando esta conversación.

—Sara está en una sala sin dispositivos. Llevo mucho tiempo esperando a Vera.

—Vera no existe.

—Esa fue la parte más inteligente. No se puede asesinar a alguien que nunca nació.

Julián puso en marcha la grabadora. La voz de Clara llenó la sala:

"Abre el archivo diecisiete B. Código tres, diecisiete, ocho, cuatro, dos, nueve. Mirlo."

Era una composición hecha con fragmentos de conversaciones. La entonación resultaba artificial, pero las palabras eran suyas.

—No funcionó -dijo Clara.

—El sistema de Inés exige una frase dinámica. Una pregunta aparece al azar y la respuesta debe pronunciarse con determinadas características emocionales. Tu tía era restauradora, no ingeniera, pero aprendió a rodearse de gente útil.

—¿Qué quiere de mí?

—Que recuerdes.

Clara soltó una risa seca.

—Llevan veinte años intentando lo contrario.

—Antes necesitábamos que olvidaras una noche. Ahora necesitamos saber qué te enseñó Inés antes de morir.

—Nada.

—Compró un billete, preparó un pasaporte y programó mensajes. No improvisaba.

Julián tocó el mirlo. El pájaro abrió el pico y emitió tres notas.

El sonido atravesó a Clara.

Vio una mesa volcada. A Lucía de rodillas. A Daniel con la camisa manchada de sangre. A Inés gritando desde la puerta.

Y una mano infantil escondiendo algo en la boca del pájaro.

—¿Qué guardaste? -preguntó Julián.

Clara cerró los ojos.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Las tres notas volvieron a sonar.

Esta vez vio a Lucía acercándose. "Elena, escucha. Si un día te preguntan por la verdad, di que está donde el ruiseñor no puede cantar."

Clara abrió los ojos.

Julián la observaba con atención clínica.

—Tu respiración ha cambiado.

—Estoy atada a una silla frente al hombre que secuestró a mi madre.

—Salvé su vida.

—La mantuvo presa.

—Lucía sufría una hemorragia cerebral. Cuando despertó, no sabía quién era. Después, la investigación de Inés puso en riesgo a mis pacientes y a sus familias. Trasladarla fue la opción compasiva.

—Veinte años de compasión.

—La verdad no siempre libera. A veces solo cambia el nombre del verdugo.

Se levantó y se acercó al espejo.

—Daniel cree que te ama. Por eso ha cometido errores. Yo no tengo ese problema.

La puerta se abrió.

Dos enfermeros llevaron a Lucía en una silla de ruedas. Tenía un vendaje en la mano y la mirada apagada.

Julián se inclinó hacia ella.

—Alma, tu hija ha venido a visitarte.

Lucía no respondió.

Cuando pasó junto a Clara, dejó caer los dedos sobre el brazo de la silla.

Golpeó una vez.

Pausa.

Dos veces.

Pausa.

Tres.

No estaba ausente.

Estaba contando.