La inquilina que nunca existió Interludio IV
69%

Interludio IV

Daniel llegó a casa de Inés con una botella de vino.

Ella lo hizo esperar en el porche mientras comprobaba la cámara del pasillo. Sara estaba en la cocina, oculta detrás de la puerta. Habían pasado la tarde preparando la copia de los archivos y programando correos.

—No pienso beber contigo -dijo Inés.

—Es un regalo.

—Tú nunca regalas nada sin calcular lo que recibirás.

Daniel dejó la botella en el suelo.

—Sé que has encontrado 17B.

Inés no respondió.

—Mi padre también lo sabe.

—Entonces debe de estar nervioso.

—Va a trasladar a Lucía.

La certeza golpeó a Inés.

Durante años se había prohibido creer por completo que su hermana vivía. Esperanza y miedo ocupaban el mismo espacio; elegir uno hacía el otro insoportable.

—¿Dónde está?

—Dame la llave de San Dimas.

—No.

—El archivo del piso contiene un acceso al servidor. Si mi padre lo obtiene, no necesitará a Clara.

—La has llamado Clara.

Daniel tensó la mandíbula.

—Es su nombre.

—El nombre que le dimos para esconderla de ti.

—No soy mi padre.

—Llevas años haciendo su trabajo.

—La mantuve a salvo.

—La sedaste.

—Cuando los recuerdos volvían, se hacía daño.

—Eso te dijiste.

Daniel entró sin permiso. Inés retrocedió hacia la escalera.

Sara permanecía oculta. Inés sabía que estaba grabando, pero también que no podrían detenerlo si descubría su presencia.

—¿Clara sabe que estás aquí? -preguntó.

—No tiene por qué saberlo.

—Ésa es la frase que utilizas antes de cada traición.

Daniel levantó las manos.

—Escúchame. El archivo contiene nombres de niños que ahora son adultos. Algunos no quieren saber. Hay familias que no sobrevivirán.

—No te corresponde decidirlo.

—Tampoco a Lucía.

—Lucía les devuelve una posibilidad.

—Lucía convirtió a su hija en una testigo.

Inés sintió la antigua culpa, afilada exactamente donde él quería.

—Y tú convertiste a tu esposa en una paciente.

Daniel miró la cámara instalada sobre el marco de la puerta. La luz estaba apagada, pero supo que existía.

—¿Estás grabando?

—Vete.

Avanzó. Inés intentó cerrar el paso. Él tomó su teléfono de la mesa.

—Devuélvemelo.

—¿Dónde está la copia?

Inés agarró su muñeca.

Daniel tiró.

Ella perdió un zapato en el primer escalón.

Durante una fracción de segundo, ambos quedaron inmóviles. Inés vio el miedo en sus ojos. No miedo por ella, sino por lo que acababa de revelar sobre sí mismo.

—Puedes conseguir que olvide una vez —dijo—, pero no toda la vida.

—Entonces no me dejas otra opción.

Inés intentó recuperar el teléfono.

Daniel la empujó.

El mundo giró.

El borde de un peldaño golpeó su espalda, después su cabeza. La caída pareció durar demasiado y terminar demasiado pronto.

Quedó al pie de la escalera, incapaz de respirar.

Daniel bajó. Se arrodilló y buscó el pulso.

Inés quiso decir el nombre de Clara.

Solo salió aire.

Daniel llamó a su padre.

—Ha ocurrido -dijo.

Al fondo, Sara salió de la cocina sin hacer ruido. Tenía el teléfono de Inés y la tarjeta de memoria. Daniel estaba de espaldas.

Inés movió los dedos sobre el suelo.

Vete.

Sara obedeció.

Después, mientras la oscuridad cerraba los bordes de la habitación, Inés pensó en sus dos hermanas: la de sangre y la hija que había criado.

Había mentido para protegerlas y protegido las mentiras hasta convertirlas en una casa.

Su último deseo no fue que Clara la perdonara.

Fue que encontrara la puerta.