La inquilina que nunca existió Capítulo 20
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Capítulo 20

La identidad de Alma era otra habitación dentro de una habitación.

—Dos mujeres, un nombre -dijo Sofía-. Igual que Vera.

—Así impedían seguir cualquier rastro -respondió Sara-. Si alguien buscaba a Alma, encontraba a Amalia pagando recibos en San Dimas. Nadie preguntaba por la paciente.

Llegaron a Lisboa al anochecer. Alquilaron un coche con documentación de Sara y condujeron hacia Sintra. La lluvia había cesado, pero una niebla baja cubría la carretera.

Horizonte Claro ocupaba una antigua finca rodeada de cipreses. Desde fuera parecía un hotel de lujo: piedra blanca, jardines geométricos, ventanas iluminadas.

Sara tenía una cita a las diez. Clara y Sofía entrarían por el área de suministros con la tarjeta del falso agente.

—Si en quince minutos no recibís mi mensaje, salid -dijo Sara.

—No hemos venido para salir -respondió Clara.

—Hemos venido por Lucía, no por Julián.

Sara se colocó la peluca roja y las gafas.

Vera volvió a existir ante ellas.

Entró por la puerta principal.

Clara y Sofía rodearon el edificio. La tarjeta abrió un acceso junto a la cocina. Bajaron por una escalera siguiendo señales de SERVIÇOS MÉDICOS.

En el pasillo inferior había seis habitaciones. La quinta llevaba el número 17B.

Clara acercó la tarjeta. La luz se puso verde.

La mujer de la fotografía estaba sentada junto a la ventana, mirando la niebla. Parecía más pequeña, casi transparente dentro de un camisón gris.

—¿Lucía?

La mujer no reaccionó.

Clara se acercó despacio.

—Me llamo Clara. Antes me llamaba Elena.

Los dedos de la anciana se movieron sobre la manta.

—Inés me crio —continuó—. Me dijo que tú no me abandonaste.

Lucía volvió la cabeza.

Sus ojos se clavaron en la cicatriz de Clara. Levantó una mano y tocó el aire, sin atreverse a rozarla.

—La ventana -susurró.

—¿Qué?

—No te acerques a la ventana.

Clara miró el cristal. En el reflejo vio abrirse la puerta.

Daniel estaba detrás de ellas.

Sostenía una jeringa.

Sofía se abalanzó sobre él, pero Daniel la golpeó con el hombro. Clara intentó apartarse. Él atrapó su brazo.

—No quería que vinieras.

—Por eso enviaste la fotografía.

—Mi padre la envió. Sabía que te traería.

Clara hundió las uñas en su mano. Daniel apretó más.

—Te necesitan para abrir el archivo —dijo—. Inés puso un bloqueo biométrico. Solo tu voz y el código de Lucía pueden liberar la copia.

—Nunca tendrás mi voz.

Daniel sonrió con una ternura terrible.

—Clara, llevo años grabándola.

La aguja entró en su piel.

El suelo se inclinó.

Antes de perder el conocimiento, Clara vio a Lucía levantarse.

Ya no parecía frágil.

En su mano brillaba un trozo de cristal.