La inquilina que nunca existió Capítulo 18
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Capítulo 18

Amalia las condujo por el pasadizo hasta el sótano.

Salieron por una trampilla en el cuarto de contadores y alcanzaron la calle trasera. Marcos ya había advertido la interferencia; llegó en un coche distinto y las recogió sin luces.

—El agente se llama Víctor Salas -dijo Sara al ver la fotografía que Marcos mostró en el móvil-. Trabajó en seguridad de Santa Elena antes de entrar en el cuerpo.

—Acaba de enterrar su carrera -respondió Marcos.

—Si lo detienes, Julián sabrá que tenemos el billete.

—Julián ya lo sabe todo.

Clara sacó el pasaporte.

—Voy a Lisboa.

—Es una trampa -dijo Sofía.

—Probablemente.

—Me alegra que lo reconozcas.

—También es la única pista sobre Lucía.

Marcos aparcó bajo un puente. La lluvia golpeaba el techo.

—Puedo conseguir apoyo de la policía portuguesa.

—No sabemos en quién confía Julián -dijo Sara-. Ha financiado fundaciones, congresos y clínicas. Si avisamos, moverán a Lucía antes de que lleguemos.

—Si existe -añadió Amalia.

Clara miró el billete. Inés lo había comprado tres días antes de morir. No era una invitación de Sara ni una provocación de Daniel. Era el último movimiento de la mujer que la había criado.

—Iremos sin avisar.

Sofía levantó una mano.

—No incluyas mi nombre en plural como si ya hubiera aceptado.

Clara la miró.

—¿No vienes?

—Claro que voy. Solo quiero dejar constancia de que es una idea desastrosa.

Marcos no podía cruzar la frontera sin informar a sus superiores. Decidió quedarse para detener a Salas y solicitar órdenes contra Daniel y Julián. Sara viajaría con Clara y Sofía. Amalia permanecería en San Dimas para proteger el archivo oculto.

Antes de separarse, Marcos tomó a Clara aparte.

—Hay algo que debes saber.

—¿Sobre tu padre?

—Sobre Aurelio. He revisado sus expedientes. No retiraba todas las denuncias para ayudar a Lucía. Algunas las eliminó a cambio de dinero.

—¿Inés lo sabía?

—Sí. Lo utilizó porque conocía el sistema, pero nunca confió en él.

—Me salvó en la relojería.

—Las personas pueden hacer una cosa buena después de muchas malas. No convierte ninguna de las dos en mentira.

Clara pensó en Daniel.

—¿Ha encontrado pruebas de que me drogaba?

—En vuestra casa había zolpidem líquido y un ansiolítico veterinario sin receta. También encontramos vídeos tuyos dormida.

La vergüenza le subió por el cuello.

—¿Vídeos?

—Daniel registraba tus episodios nocturnos. En varios entra en la habitación y te hace preguntas.

—¿Qué preguntas?

—Sobre el 4B. Sobre Lucía. Sobre un archivo.

Clara cerró los ojos.

Durante años había creído que hablaba dormida. Daniel le contaba sus frases al despertar y ambos se reían.

El ascensor no llega al lago.

La mujer roja vive detrás de la pared.

El pájaro guarda la puerta.

No eran sueños absurdos. Eran fragmentos que él extraía mientras la mantenía sedada.

—¿Dónde está Daniel?

—Ha desaparecido. Su coche apareció cerca de la estación de Chamartín.

Clara miró la hora.

Faltaban siete horas para su tren.

—Se dirige a Lisboa.

Marcos asintió.

—O quiere que lo creamos.

El teléfono de Sara vibró.

Había recibido un mensaje de un número portugués.

Una fotografía mostraba a una mujer anciana sentada en una habitación blanca. Tenía el cabello completamente blanco, pero al cuello llevaba una golondrina de plata.

En sus rodillas sostenía un cartel:

ELENA, NO VENGAS.

Detrás de ella, reflejado en un espejo, aparecía Daniel.