Capítulo 17
El apartamento estaba como la primera vez: la lámpara encendida, el cárdigan verde sobre la silla, una taza en la mesa. Solo faltaba la fotografía.
Sara Beltrán apareció en la puerta del dormitorio.
Llevaba el cabello natural, corto y castaño. Sin peluca ni gafas parecía una desconocida.
—Cierra -dijo.
Clara obedeció.
—Estuviste con Inés cuando murió.
—Sí.
—¿La mataste?
—No.
—¿Por qué huiste?
—Porque Daniel me vio. Si me detenían, la investigación terminaba y todo lo que Inés había reunido desaparecía.
—Desapareció de todos modos.
Sara señaló la mesa.
—No todo.
Había una caja de música que Clara no había visto antes. Sara levantó la tapa. En lugar de un mecanismo musical, contenía una cámara diminuta y varias tarjetas.
—Grabábamos las reuniones —dijo—. Inés instaló cámaras en Toledo y aquí.
—¿Dónde está la grabación de su muerte?
—Daniel se llevó la tarjeta principal. Conseguí recuperar fragmentos del sistema remoto.
—¿Por qué no los entregaste?
—Porque prueban que Daniel llegó, pero no muestran la caída. Y porque la copia completa está en un servidor controlado por Julián.
Clara se acercó.
—Daniel dijo que sabes dónde está Lucía.
Sara soltó una risa sin humor.
—Daniel sabe exactamente dónde está.
—¿Vive?
—Después de la caída, Julián la trasladó a Santa Elena. No podía matarla sin saber dónde había enviado las copias. La mantuvo sedada y la registró como otra paciente.
—La clínica cerró en 2009.
—Él la movió.
—¿Dónde?
—No lo sé. Inés encontró transferencias periódicas a una fundación sanitaria en Portugal. Iba a seguir el rastro cuando Daniel la descubrió.
Clara pensó en el congreso de Lisboa, en la falsa muerte de Julián y en una mujer que llevaba veinte años sin nombre.
—Podría estar viva.
—Podría.
Sara abrió un cajón y sacó un sobre.
—Inés dejó esto para ti.
Dentro había un pasaporte a nombre de Elena Montes con la fotografía actual de Clara, dos mil euros y un billete de tren a Lisboa para la mañana siguiente.
—¿Ella sabía cómo era ahora?
—Te veía más de lo que creías.
Clara sintió una oleada de rabia.
—Todo el mundo me observaba. Inés, Daniel, tú, Amalia. Todos decidíais qué verdad podía soportar.
—Inés te mantenía viva.
—Eso no le daba derecho a robarme mi historia.
Sara aceptó el reproche.
—No. Pero el amor rara vez pide permiso antes de cometer sus errores.
En el pasillo sonó el ascensor.
Sara apagó la lámpara.
—No esperaba a nadie.
Clara se acercó a la mirilla. Dos hombres salieron de la cabina. Uno era Tomás. El otro llevaba uniforme de policía.
El agente llamó a la puerta.
—Policía. Abra.
Clara tocó el micrófono oculto bajo el cuello. Solo escuchó estática.
Sara abrió el paso de la pared.
—Alguien bloquea la señal.
Entraron en el hueco. Antes de cerrar, Clara vio la puerta principal ceder de un golpe.
Tomás y el agente registraron el salón.
—La pelirroja tiene que estar aquí -dijo Tomás.
—Soria quiere a la hija, no a ella.
—¿Y si la hija se resiste?
El policía retiró el seguro de su arma.
—Entonces parecerá que la inquilina inexistente mató a Clara y huyó.