Capítulo 14
Las luces se apagaron.
Solo quedó el resplandor rojo de la alarma, intermitente, que convertía los archivadores en sombras.
Sofía tiró de la puerta.
—Está cerrada.
Clara buscó cobertura. Ninguna.
Un zumbido empezó en el techo. De las rejillas de ventilación salió aire caliente con olor a naranja.
—Quieren provocar un episodio -dijo Clara.
—¿Un episodio?
—Pánico. Confusión. Saben cómo condicionaron mi memoria.
El olor se intensificó.
Clara volvió a ser una niña en una habitación blanca. Una voz le ordenaba cerrar los ojos. Una mano sujetaba su barbilla. Si dices que Daniel estuvo allí, Inés se irá.
—Mírame -dijo Sofía.
Clara no podía.
—Mírame. No estás en 2005. Estás conmigo. Tienes treinta y cinco años y una paciencia insufrible.
Clara abrió los ojos.
—Treinta y cuatro.
—Perfecto. Todavía corriges datos.
Sofía señaló las rejillas.
—¿Podemos cerrarlas?
Usaron cinta adhesiva de las cajas para cubrir dos. La tercera estaba demasiado alta. El calor aumentó.
Clara observó los archivadores. Algunos terminaban varios centímetros antes de la pared. Detrás debía de existir un conducto.
Retiraron cajones hasta abrir un hueco. Sofía pateó el panel trasero. La madera cedió y reveló un túnel de mantenimiento.
Antes de entrar, Clara tomó la cinta de vídeo, su expediente y dos cajas de 2005. Sofía fotografió el resto.
Gatearon durante varios metros. El conducto descendía y luego giraba hacia arriba. Clara avanzaba primero cuando oyó una voz detrás del metal.
—No debiste traerla.
Era una mujer.
Clara se detuvo.
—¿Alma?
Un panel se abrió frente a ellas. La anciana de la 4A las esperaba con una linterna.
—Rápido.
Salieron a una sala de calderas. Alma cerró el panel y las condujo por una puerta exterior hasta un jardín trasero.
Bajo la luz amarilla de una farola, parecía más frágil que en San Dimas. Llevaba pantalones oscuros, botas y una mochila. Sin el bastón, caminaba con una leve cojera.
Clara dejó las cajas en el suelo.
—¿Eres Lucía?
Alma miró a Sofía.
—No debería estar aquí.
—Me ha salvado la vida dos veces -dijo Clara-. Se queda.
La anciana apartó la mirada.
—Lucía Montes murió en 2005.
—Daniel dice que eres ella.
—Daniel dice lo que necesita para que dudes.
—Tú me llamaste Elena.
—Porque te conocí entonces.
—¿Quién eres?
Alma se acercó. Bajo las arrugas y la cicatriz, Clara buscó el rostro de la mujer pelirroja. La línea de la mandíbula era parecida. También la forma de los ojos.
—Me llamo Amalia Ruiz —dijo—. Trabajé con Inés en la clínica. Lucía me dio su identidad la noche que intentamos sacarla del apartamento.
—¿Está viva?
—No lo sé.
—Mientes.
Amalia aceptó el golpe de la palabra sin defenderse.
—Encontramos mucha sangre. No encontramos su cuerpo. Julián nos dijo que había muerto y que tú serías la siguiente si hablábamos. Inés huyó contigo. Yo me quedé para vigilar el piso.
—Durante veinte años.
—A veces la culpa es la única casa que nos queda.
Clara le mostró la cinta.
—Daniel empujó a Lucía.
—Eso creíste ver. Pero los recuerdos no son grabaciones.
—No repitas las palabras de Julián.
Amalia tomó aire.
—Había otra persona en la habitación.
—¿Quién?
Un disparo quebró la farola.
El cristal cayó a su alrededor.
Amalia empujó a Clara al suelo. Sofía arrastró una caja detrás de un muro bajo.
Un segundo disparo golpeó la puerta de la sala de calderas.
—¡Corred! -gritó Amalia.
Las condujo hacia un sendero entre árboles. Al otro lado de la valla esperaba una furgoneta blanca.
Antes de subir, Clara miró hacia el edificio.
En una ventana del sótano vio a Daniel.
A su lado había una mujer pelirroja.