Capítulo 12
Daniel eligió el parque donde había pedido a Clara que se casara con él.
Era un lugar abierto, lleno de corredores y madres con carritos. Marcos aceptó que acudiera solo porque colocó dos agentes cerca y un micrófono bajo el cuello de su abrigo.
Daniel la esperaba en el mismo banco de hacía doce años. Llevaba un vaso de café en cada mano.
—El tuyo es sin azúcar -dijo.
Clara no lo tomó.
—¿Dónde está Lucía?
—Siéntate.
—No.
Daniel dejó los vasos en el suelo.
Parecía cansado. Tenía barba de dos días y una pequeña herida en el labio. Clara buscó en su rostro al hombre que preparaba tortitas los domingos, que le calentaba los pies en invierno, que había dormido sentado junto a su cama cuando le extirparon el apéndice.
Todo aquello había ocurrido.
También las mentiras.
—Mi padre te trató después de aquella noche -dijo Daniel-. Yo estuve en el apartamento, sí, pero no vi caer a Lucía.
—Mi madre dice que fuiste con él.
—Fui a recoger unos documentos. Cuando llegué, Lucía ya estaba herida.
—¿Quién la hirió?
—Inés tenía un candelabro en la mano.
Clara se obligó a no reaccionar.
—Mientes.
—Tu tía estaba aterrorizada. Habían discutido. Lucía quería publicar nombres sin pensar en las consecuencias para los niños.
—¿Y tú ayudaste a borrar el mío?
—Te llevamos a la clínica porque estabas en shock.
—¿Qué me hicisteis?
—Mi padre dirigió el tratamiento. Yo era estudiante.
—En la libreta pone que supervisabas mi reubicación.
Daniel miró alrededor.
—¿La libreta está con la policía?
—No.
Él soltó el aire.
—Bien.
—¿Bien?
—Hay personas en esa lista que no se detendrán ante nada.
—Como tú.
Daniel se inclinó hacia ella.
—Te he protegido durante doce años.
—Me localizabas.
—Porque Lucía reapareció antes de nuestra boda. Mandó una foto tuya a mi padre.
—¿Te casaste conmigo para vigilarme?
El silencio fue una respuesta.
Clara sintió que algo se apagaba dentro de ella.
—Al principio -dijo él-. Después te conocí.
—No pronuncies esa frase como si arreglara algo.
—Te quiero.
—Guardabas mi historial infantil en una caja.
—Para saber cuándo podían volver los recuerdos.
—¿Y el té?
Daniel la miró por fin a los ojos.
—A veces tenías episodios. Pesadillas, imágenes intrusivas. Una dosis mínima te ayudaba a dormir.
—Me drogabas.
—Nunca te hice daño.
Clara pensó en la planta doblada sobre la tierra.
—¿Mataste a Inés?
Daniel se puso rígido.
—Fui a verla.
—¿La empujaste?
—Se alteró. Intentó quitarme el teléfono. Perdió el equilibrio.
Durante un segundo, el parque quedó sin sonido.
—La dejaste morir.
—Llamé a emergencias.
—Desde un teléfono anónimo. Y borraste las cámaras.
—Mi padre se ocupó de eso.
Clara apretó las manos dentro de los bolsillos.
—¿Dónde está Lucía?
—En el 4A.
—La policía dice que está vacío.
—Porque hay dos apartamentos. El que viste y otro detrás. Tu madre lleva años entrando y saliendo por los pasadizos de servicio.
—¿Alma es Lucía?
—Alma es uno de sus nombres.
Clara recordó la cicatriz, la trenza blanca, la manera en que la anciana había llorado al otro lado de la puerta.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque no está bien. Vive obsesionada con terminar su investigación. Utilizó a Inés, a Aurelio y ahora te utiliza a ti.
—Quiero verla.
—Entrégame la libreta.
—No.
Daniel se levantó.
—Entonces ella seguirá escondida.
Clara también se puso de pie.
—Ya me encontrará.
Él tomó su brazo.
Dos corredores disminuyeron el paso. A lo lejos, Marcos se incorporó de un banco.
Daniel aflojó los dedos.
—No vayas a Santa Elena —susurró—. La sala 17B no guarda lo que crees.
—¿Qué guarda?
—La razón por la que Lucía tuvo que desaparecer.
Se alejó sin mirar atrás.
Clara permaneció junto al banco hasta que Marcos llegó.
—Ha confesado que estuvo con Inés -dijo él.
—Ha confesado más que eso.
Abrió la mano.
Durante el forcejeo, había sacado del bolsillo de Daniel una tarjeta magnética.
En el anverso se leía:
RESIDENCIA SANTA ELENA - ACCESO TÉCNICO.