La inquilina que nunca existió Capítulo 11
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Capítulo 11

El correo de Inés contenía un archivo adjunto protegido con contraseña.

Clara probó fechas, nombres y la secuencia del colgante. Ninguna funcionó.

Al final del mensaje había una posdata:

La primera cosa que te enseñé a conservar.

Clara cerró los ojos.

Tenía nueve años cuando Inés le mostró cómo reparar una página rota. Había colocado sobre la mesa un cuento ilustrado, El ruiseñor y la rosa, y le había permitido alisar con un pincel una tira de papel japonés.

Escribió RUISEÑOR.

El archivo se abrió.

Era una carta de doce páginas.

Inés había empezado a redactarla en 2008 y añadido fragmentos durante años.

En ella contaba que Lucía Montes, su hermana, trabajó como periodista en un semanario local.

Tras investigar la desaparición de una joven embarazada, descubrió pagos entre la Clínica Santa Elena, varios médicos y familias con influencia política y empresarial.

Lucía alquiló el 4B bajo el nombre de Vera. Inés le facilitaba copias de historiales y turnos. Aurelio León, entonces policía, retiraba denuncias antes de que fueran archivadas oficialmente.

La operación terminó el 14 de septiembre de 2005.

Lucía había reunido pruebas suficientes para publicar. Julián Soria llegó al apartamento acompañado por su hijo. Inés estaba allí. También Elena.

En ese punto, la carta se volvía imprecisa.

Hubo una discusión. Lucía cayó. Elena vio sangre. Julián se llevó a la niña a la clínica y, durante tres días, aplicó un tratamiento para "protegerla del trauma". Inés consiguió recuperarla con ayuda de Aurelio. Cambió su identidad, abandonó Madrid y juró no hablar nunca de Lucía.

No sé si mi hermana murió aquella noche, escribió.

Vi sangre, pero nunca un cuerpo. Julián me hizo creer que la había enterrado.

Años después empecé a recibir señales: una fotografía, una golondrina, una frase que solo ella podía conocer.

No sabía si Lucía estaba viva o si alguien utilizaba su nombre para controlarme.

Clara siguió leyendo.

Daniel apareció en su vida en 2013. Se conocieron durante una conferencia sobre memoria y patrimonio. Él dijo no reconocerla. Inés sí lo reconoció a él.

Intenté separaros. Tú pensaste que no aceptaba que fueras feliz. Quizá fui cobarde. Daniel parecía amarte y yo necesitaba creer que un hijo podía ser distinto de su padre.

En la última página, fechada dos semanas antes de la muerte de Inés, había una confesión:

Daniel vino a verme. Sabe que he encontrado el archivo 17B. Me pidió la llave de San Dimas y dijo que Lucía había regresado. Cuando me negué, dejó de fingir.

Si mi muerte parece un accidente, no lo es.

Clara apartó el portátil.

Sofía había leído por encima de su hombro. Tomó el teléfono.

—Voy a llamar a Marcos.

—Espera.

—Tu madre acusa a Daniel de su asesinato.

—Una carta no prueba que la empujara.

—Prueba que la amenazó.

—Y si Marcos lo detiene ahora, su padre destruirá el archivo.

—No sabemos si el archivo sigue existiendo.

—Inés lo encontró.

Sofía caminó hasta la ventana.

—Estás hablando de entrar en una residencia privada para buscar un sótano secreto.

—Estoy hablando de terminar lo que empezó mi madre.

—¿Cuál de las dos?

La pregunta hizo daño porque era necesaria.

Clara volvió a la carta.

—Las dos.

A media mañana, Marcos llegó con noticias. Habían comprobado cuatro nombres de la libreta. Dos correspondían a mujeres que denunciaron la desaparición de sus bebés tras partos complicados. Las denuncias fueron archivadas. En ambos casos, los agentes responsables habían trabajado con Aurelio León.

—Hay materia para abrir una investigación —dijo—. Pero será lenta.

Clara le mostró la carta.

Marcos leyó la parte sobre Daniel dos veces.

—Necesito el archivo original, no una copia descargada.

—El correo salió de la cuenta de Inés.

—La defensa dirá que cualquiera podía acceder. ¿Dónde estaba su ordenador?

—La policía se lo llevó después de la muerte.

—Entonces pediré un análisis.

—¿Puede detener a Daniel?

—Puedo citarlo. Para detenerlo necesito algo que vincule su presencia con la caída.

Clara pensó en la copa rota, en la casa de Toledo y en todos los detalles que había aceptado sin mirar.

—Había cámaras en la calle.

—Las imágenes de esa noche se borraron por una avería.

—Por supuesto.

Marcos cerró el portátil.

—Quiero que os trasladéis a un piso protegido.

—No.

—No es una propuesta.

—No soy testigo bajo custodia.

—Eres una persona amenazada cuyo marido puede estar implicado en un homicidio.

El teléfono de Clara vibró.

Daniel había enviado un audio.

No lo reproduzcas delante de nadie, decía el mensaje.

Clara pulsó el icono.

Se oyó la respiración de Daniel. Después, su voz:

"Sé dónde está Lucía. Si quieres conocer a tu madre, ven sola."