La inquilina que nunca existió Interludio II
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Interludio II

Inés reconoció a Daniel antes de que Clara terminara de pronunciar su apellido.

Estaba en la cocina, sacando una bandeja del horno, cuando oyó sus voces en el recibidor. Clara reía de una manera nueva, abierta y un poco avergonzada. Llevaba semanas hablando de un hombre que había conocido en una conferencia, un psicólogo interesado en la memoria y los archivos.

Inés había pensado que se trataba de una coincidencia cruel.

Entonces él entró.

Habían pasado dieciocho años, pero seguía inclinando ligeramente la cabeza antes de sonreír. El gesto de un joven educado, ensayado para tranquilizar a las personas mayores.

—Mamá, él es Daniel.

Inés dejó la bandeja sobre la encimera.

—Daniel Soria -dijo él-. Encantado.

Extendió la mano.

Ella no la tomó.

Clara confundió el silencio con desaprobación.

—Te dije que era psicólogo, no asesino en serie.

Daniel rio. Inés no.

Durante la comida habló de libros, viajes y de la clínica privada donde trabajaba. Cuando Clara mencionó que el padre de Daniel había muerto hacía años, él bajó la mirada con la tristeza exacta de quien ha repetido una historia muchas veces.

Inés apretó el tenedor.

Julián Soria no estaba muerto. Había participado en un congreso en París el año anterior.

Después del postre, Daniel se ofreció a ayudarla con los platos. Clara salió al jardín para atender una llamada.

En cuanto la puerta se cerró, Inés abrió el grifo.

—¿Por qué estás aquí?

Daniel sostuvo un plato bajo el agua.

—Clara me ha invitado.

—Sabes a qué me refiero.

—No creo que sea el momento.

—Nunca habrá un momento.

Él dejó el plato.

—No me reconoció.

—Porque os asegurasteis de que no pudiera hacerlo.

—Yo no dirigí su tratamiento.

—Solo ayudaste.

Daniel secó sus manos con un paño.

—Me acerqué a ella para comprobar que estaba bien.

—Y decidiste acostarte con ella como método de evaluación.

Por primera vez, la máscara se agrietó.

—No fue así.

—Vete.

—La quiero.

—No sabes lo que significa.

—Sé lo que mi padre hizo. Llevo años intentando encontrar los archivos que quedan.

Inés se volvió.

—¿Para destruirlos?

—Para impedir que él siga utilizándolos.

—¿Dónde está Lucía?

Daniel no respondió.

Clara regresó antes de que Inés pudiera insistir. Los encontró separados, junto al fregadero, y sonrió con alivio.

—Sabía que os caeríais bien.

Inés miró a su hija.

Podía decirlo. Podía pronunciar los nombres Julián, Santa Elena, Vera. Podía mostrar la cicatriz detrás de aquella vida cuidadosamente reparada.

Pero vio felicidad en el rostro de Clara.

Y tuvo miedo de ser quien la rompiera.

Aquella noche, después de que se marcharan, Inés buscó el número de Aurelio.

—Daniel Soria ha encontrado a Elena -dijo.

Al otro lado hubo un largo silencio.

—Entonces ya ha empezado.

—¿Qué?

—La segunda parte del tratamiento.

Inés miró por la ventana. En la carretera, las luces del coche de Daniel desaparecían entre los árboles.

—No permitiré que vuelva a hacerle daño.

—Ya se lo estás permitiendo.

Inés colgó.

Durante los años siguientes vigiló cada cambio. Las pesadillas de Clara disminuyeron. Dejó de hablar del pasillo rojo. Su ansiedad parecía controlada. Daniel se mostró paciente, cariñoso, presente.

Inés empezó a dudar de sus propios recuerdos.

Ésa era la especialidad de los Soria.

No borraban la verdad.

Conseguían que otra persona se avergonzara de seguir creyéndola.