Capítulo 9
Sofía apagó la lámpara.
Clara guardó las cintas en el bolso mientras su amiga empuñaba un pesado candelabro. Los pasos avanzaron por el pasillo y se detuvieron al otro lado de la puerta.
—Clara -dijo Daniel-. Sé que estás ahí.
Ella sintió que la voz de Lucía seguía flotando en la habitación.
Sofía se inclinó hacia su oído.
—La ventana.
La escalera de incendios estaba a menos de un metro. Clara abrió y salió primero. El metal húmedo resbaló bajo sus zapatos. Sofía la siguió con la caja de archivo pegada al pecho.
Cuando llegaron al tercer piso, la ventana del dormitorio se abrió encima de ellas.
—¡Clara!
Daniel se asomó.
—¡No huyas de mí!
La escalera tembló. Daniel había empezado a bajar.
Sofía rompió con el candelabro el cristal de una ventana del tercer piso y abrió el pestillo desde fuera. Entraron en un apartamento vacío, atravesaron habitaciones en obras y salieron al rellano.
El ascensor estaba en la cuarta planta.
Bajaron corriendo.
En el portal, un hombre bloqueaba la salida. Era alto, de hombros anchos, con el cabello gris cortado al ras. Clara lo reconoció por las fotografías de los congresos.
Julián Soria.
Tenía setenta años, pero se mantenía erguido. Sus ojos eran los mismos que los de Daniel, solo que desprovistos de cualquier intento de ternura.
—Elena -dijo.
Sofía levantó el candelabro.
—Apártese.
—No quiero haceros daño.
—Esa frase suele decirla la gente justo antes de hacer daño.
Julián miró el bolso de Clara.
—Has encontrado las cintas.
—Usted trató a una niña de siete años sin consentimiento.
—La niña estaba traumatizada. No hablaba, no comía, se arrancaba el pelo. Inés me pidió ayuda.
—Inés me sacó de su clínica.
—Cuando ya era demasiado tarde.
Daniel apareció en el último tramo de la escalera.
—Papá, déjalas salir.
La palabra cayó con más fuerza que un grito.
Papá.
Julián sonrió apenas.
—Al final todos dejamos de fingir.
Sofía abrió la puerta del portal con el hombro. Nadie intentó detenerlas.
Clara se volvió hacia Daniel.
—¿Estuviste en el 4B en 2005?
Él bajó dos escalones.
—Tenía veintidós años. Mi padre me pidió que llevara unos informes.
—Mi madre dijo que no confiara en ti.
—Tu madre no me conocía.
—Lucía sí.
El rostro de Daniel se endureció.
—Lucía estaba enferma.
—No vuelvas a decir eso.
—Escúchame. Se obsesionó con mi padre. Fabricó acusaciones, robó historiales, puso a pacientes en peligro.
—¿Desapareció?
Daniel miró a Julián.
—No sé qué ocurrió.
—Mientes.
—Clara, vuelve a casa conmigo. Te lo explicaré todo.
—Llevas doce años explicándome quién soy.
Ella y Sofía salieron a la calle.
Marcos Leal las esperaba junto a un coche sin distintivos. Era un hombre moreno, de unos cuarenta años, con una chaqueta demasiado fina para aquella noche. Sofía le había enviado la ubicación desde la escalera.
—Subid -dijo.
En el interior, Clara le entregó la grabadora y las cintas. Conservó la caja de archivo.
—Un equipo entrará en el piso -explicó Marcos-. Nadie tocará nada.
—Julián Soria está dentro.
—Ya he pedido que identifiquen a todos.
—No lo detendrán.
—No sin una denuncia y pruebas de un delito actual.
Clara miró por la ventanilla. Daniel estaba bajo la luz del portal, observándola.
—Ha colocado localizadores en mis cosas. Ha robado pruebas. Me ha dado algo sin mi consentimiento.
—¿Puedes demostrarlo?
Clara pensó en la planta marchita.
—Haré que lo demuestre.
Marcos condujo hasta un hotel discreto. Sofía reservó dos habitaciones con nombres falsos. Antes de subir, abrieron la caja de archivo.
Dentro había pulseras de recién nacidos, hojas clínicas y fotografías de mujeres sosteniendo bebés. En todas, los nombres estaban tachados.
Al fondo encontraron una libreta negra.
Cada página contenía una fecha, una cantidad y dos apellidos. Uno correspondía a una madre; el otro, a una familia.
En la última página aparecía una entrada de septiembre de 2005:
MONTES, L. / VARELA, E. - TESTIGO REUBICADO.
Debajo, escrito con otra tinta:
Supervisión: D. Soria.