La inquilina que nunca existió Capítulo 7
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Capítulo 7

La dirección correspondía a una tienda de reparación de relojes que llevaba cerrada más de una década.

Clara llegó a las seis menos diez. Sofía insistió en acompañarla y se quedó en un bar al otro lado de la calle, con instrucciones de llamar a la policía si Clara no regresaba en veinte minutos.

El escaparate estaba cubierto de papel marrón. En la puerta, bajo una capa de pintura, aún se leía RELOJERÍA LEÓN.

Dentro olía a metal y polvo. Decenas de relojes detenidos cubrían las paredes, todos marcando horas distintas. Detrás del mostrador, una cortina separaba el taller.

—¿Hola?

Una lámpara se encendió al fondo.

Un hombre anciano estaba sentado ante una mesa llena de engranajes. Tenía una lupa encajada en el ojo derecho y una manta sobre las piernas.

—Llegas tarde -dijo.

—Son las seis menos cinco.

—Llegas veinte años tarde.

El hombre retiró la lupa. Sus ojos eran de un azul desvaído.

—¿Señor León?

—Aurelio. Los apellidos sirven para que te encuentren.

Clara permaneció junto a la cortina.

—¿Me envió usted el mensaje?

—No tengo teléfono.

—Alguien me citó aquí.

—Entonces alguien quería que habláramos.

Aurelio señaló una silla.

—Siéntate, Elena.

Clara no obedeció.

—Me llamo Clara.

—Ahora.

El anciano sacó del bolsillo un colgante de plata. La golondrina.

—¿Dónde lo consiguió?

—Inés me lo dio hace dieciocho años. Dijo que, si ella moría antes que yo, tenía que entregártelo cuando empezaras a hacer preguntas.

—Mi madre creía que usted estaba muerto.

—Tu madre pagó para que lo pareciera.

Aurelio abrió el colgante. No era una pieza maciza, sino un diminuto relicario. En el interior había una tira de papel enrollada.

Clara la desplegó. Contenía seis números y una palabra:

3-17-8-4-2-9. MIRLO.

—¿Qué significa?

—No lo sé. Vera nunca me lo dijo.

—¿Quién era Vera?

El anciano miró los relojes.

—Una mujer valiente que confundió la verdad con la protección.

—¿Está muerta?

—Eso depende de quién pregunte.

Clara se inclinó hacia él.

—Tengo una fotografía de 2005. Mi madre, Vera y yo. Detrás pone Elena.

—Porque ese era tu nombre.

—¿Quiénes eran mis padres?

Aurelio cerró los ojos.

—No fui yo quien debía contártelo.

—Mi madre ha muerto.

—Inés no era tu madre.

Aunque Clara lo había imaginado, oírlo en voz alta produjo una grieta física. Se sentó antes de que le fallaran las piernas.

—Era tu tía -continuó Aurelio-. La hermana pequeña de Lucía Montes.

—¿Lucía es Vera?

—Vera fue el nombre que usó cuando empezó a investigar la clínica.

—¿Qué clínica?

—Santa Elena. Un lugar para niños con traumas, según los folletos. En realidad, era donde familias poderosas convertían problemas en silencios.

Clara pensó en el informe.

—Julián Soria.

El anciano asintió.

—Él dirigía el programa. Medicación, sugestión, aislamiento. Podía fabricar un recuerdo o enterrarlo. Tu madre reunió pruebas. Inés trabajaba allí como enfermera y la ayudó.

—¿Qué vi?

Aurelio apretó el borde de la manta.

—La noche que desapareció Lucía, tú estabas en el 4B. Dijiste que un hombre había entrado. Que llevaba un reloj que sonaba como un pájaro.

Todos los relojes de la tienda comenzaron a sonar a la vez.

Clara dio un respingo.

Campanas, cucos y timbres llenaron el local. Aurelio levantó la cabeza, alarmado.

—Yo no he hecho eso.

La lámpara se apagó.

Algo golpeó el escaparate.

Aurelio empujó a Clara hacia el suelo justo cuando el cristal explotó. Una piedra cruzó la habitación y chocó contra la pared. Atada a ella había una bolsa de plástico.

Del interior comenzó a salir humo.

—¡Atrás! -gritó Aurelio.

Clara se cubrió la boca. El humo olía a productos químicos y naranja quemada.

Aurelio buscó a tientas bajo la mesa y abrió una trampilla en el suelo.

—Baja.

—Venga conmigo.

—No puedo caminar.

La tos lo dobló sobre sí mismo.

Clara oyó la puerta principal abrirse.

Alguien había entrado.

Aurelio le metió la golondrina en la mano.

—Busca el sonido detrás de la pared.

—No voy a dejarlo.

—Inés murió por darte tiempo. No lo desperdicies.

Unos pasos avanzaron entre los relojes.

Clara descendió por la trampilla. Aurelio la cerró sobre su cabeza.

La oscuridad fue absoluta.

Arriba, una voz masculina dijo:

—¿Dónde está?

Clara reconoció la voz.

Era la de Tomás Echevarría, el administrador del edificio de San Dimas.