La inquilina que nunca existió Capítulo 6
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Capítulo 6

Sofía respondió al tercer tono.

—Dime que no has incendiado tu matrimonio.

—¿Estás sola?

La ligereza desapareció de su voz.

—Estoy en el despacho. ¿Qué pasa?

—Cierra la puerta.

Clara oyó cómo se levantaba, unos pasos y el golpe de una cerradura.

—Ya.

—¿Ha venido alguien a buscarte?

—No.

—¿Te han llamado desde un número desconocido?

—Clara, me estás asustando.

Ella miró la fotografía recibida. En la esquina inferior se veía parte del escaparate de una farmacia. Quien la había tomado estaba al otro lado de la calle, a menos de veinte metros.

—No salgas del despacho. Voy hacia allí.

Guardó la carpeta clínica y el segundo teléfono en el bolso. Dejó la caja de Daniel exactamente como la había encontrado y salió por la puerta trasera del edificio.

Tomó dos taxis. En el primero pidió que la llevaran a Atocha. Bajó frente a la estación, cruzó por el vestíbulo y salió por otra puerta antes de subir al segundo. No vio a nadie siguiéndola, pero cada rostro inclinado sobre un móvil le pareció sospechoso.

Sofía trabajaba en un bufete cerca de la plaza de Colón. Cuando Clara llegó, la encontró esperándola junto a los ascensores, con el cabello rizado recogido de cualquier manera y los labios apretados.

—Tienes una cara espantosa.

—Gracias.

—Era una observación médica.

—Eres abogada.

—Y tú restauras documentos, pero llevas doce años diagnosticando mis malas decisiones.

Sofía la hizo entrar y bajó las persianas del despacho. Clara colocó sobre la mesa la carpeta, el teléfono y la carta de Inés. Después le mostró las fotografías guardadas en el dispositivo viejo.

Mientras hablaba, la historia sonaba aún más absurda. Un apartamento secreto. Una mujer llamada Vera. Una vecina que conocía el contenido de una carta. Su marido rastreándola. Un historial clínico infantil que Clara jamás había visto.

Sofía no la interrumpió.

Al terminar, abrió la carpeta y leyó cada página.

—Esto no es un informe completo —dijo—. Son copias parciales. Faltan sesiones, autorizaciones, evolución. Pero hay sellos, números de colegiado y una firma.

—¿Puede ser falso?

—Puede serlo todo. La pregunta es por qué Daniel lo guarda bajo llave.

Encendieron el segundo teléfono. No pidió código. Solo contenía tres aplicaciones: llamadas, mensajes y una herramienta de ubicación. En el mapa aparecía un punto azul sobre el edificio del bufete.

Clara sintió un vacío en el estómago.

—Me está siguiendo.

Sofía abrió el menú. La cuenta estaba asociada a seis dispositivos. Uno se llamaba CV-PRINCIPAL. Otro, COCHE-CV. El tercero era LLAVERO.

Clara sacó la llave del 4B.

La etiqueta de plástico azul tenía una pequeña hendidura lateral. Sofía la abrió con la punta de un abrecartas. Dentro había un localizador negro del tamaño de una uña.

—Por eso supo que estabas en San Dimas -dijo Sofía.

—¿Lo puso mi madre o Daniel?

—El teléfono es de Daniel.

Clara dejó caer la etiqueta.

En la pantalla apareció una llamada entrante. D RIVAS.

Sofía activó el altavoz, pero Clara negó con la cabeza.

—Si sabe que lo tenemos, cambiará de estrategia.

Dejó que sonara.

Un minuto después, su móvil personal vibró. Daniel.

Esta vez contestó.

—¿Dónde estás?

—Con Sofía.

—He vuelto a casa. No estabas.

—Tenía que revisar unos papeles de la herencia.

—¿Has cogido algo de mi despacho?

Clara miró a su amiga.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Silencio.

—No lo sé. La caja está un poco desplazada.

—Tal vez la moviste tú.

Daniel respiró al otro lado.

—Vuelve a casa.

No era una petición.

—Comeré con Sofía.

—Clara.

—Esta tarde hablamos.

Colgó antes de que la voz le temblara.

Sofía se puso de pie.

—No vas a volver allí.

—Si no vuelvo, sabrá que lo he descubierto.

—Ya lo sospecha.

—Necesito tiempo.

—Necesitas policía.

—¿Y qué les digo? ¿Que mi marido tiene una copia de un informe antiguo y un localizador? Dirá que lo instaló por seguridad. Dirá que yo lo sabía. Tiene doce años de mensajes, fotos y testigos que lo presentan como el marido perfecto.

—También tenemos una amenaza.

—De un número anónimo.

Sofía se acercó a la ventana. Abajo, la gente cruzaba la calle bajo paraguas negros.

—Conozco a alguien —dijo—. Un inspector de delitos contra las personas. Marcos Leal. Le llevé un caso hace dos años. Es discreto.

—No.

—Al menos deja que revise el mensaje.

—Si metemos a la policía y Daniel lo averigua, destruirá lo que quede.

Sofía se volvió.

—¿Lo que quede de qué?

Clara miró la llave sin la etiqueta.

—De Vera.

El teléfono de Daniel recibió un mensaje.

Sin remitente. Solo una dirección y una hora:

Calle Huertas, 39. 18:00.

Debajo había una fotografía de una golondrina de plata.

La misma que llevaba Vera en el retrato.