Interludio I
Primero escondió su cabello bajo una redecilla. Después colocó los mechones falsos, ajustó las gafas y pintó sus labios de un tono que jamás usaría en su vida real. El colgante de la golondrina fue lo último.
Al terminar, su hermana no estaba en el reflejo.
Tampoco la madre de una niña de siete años.
Vera Montes la observaba desde el espejo.
—Das miedo -dijo Elena desde la puerta.
Lucía se volvió.
La niña llevaba el vestido amarillo que había elegido esa mañana. Había insistido en ponérselo aunque el cielo amenazaba tormenta.
—Ésa es la idea.
—Inés dice que las personas buenas no necesitan dar miedo.
—Inés dice muchas cosas cuando está nerviosa.
Elena entró y tocó la golondrina.
—¿Es de verdad?
—Es de plata.
—No. ¿Es un pájaro de verdad?
Lucía sonrió.
—Los pájaros de verdad no se quedan quietos alrededor del cuello.
—Éste sí.
Elena abrió el relicario. Dentro no había nada todavía. Lucía pensó en los números que debía guardar allí, la combinación del primer archivo y el nombre del policía que había aceptado entregar las copias.
Cerró el colgante.
—Mañana irás con Inés al lago.
—Dijiste que vendrías.
—Llegaré después.
—Siempre dices después.
Lucía se agachó para quedar a su altura.
—Tengo que terminar un trabajo.
—¿El de los bebés?
La pregunta la alarmó.
—No debes hablar de eso.
—Inés y tú habláis.
—Los adultos también cometen errores.
—¿Tú cometes muchos?
Lucía apartó un mechón del rostro de su hija.
—Más de los que me gustaría.
Elena miró hacia el pasillo.
—El joven del reloj ha vuelto.
—¿Qué joven?
—El que espera abajo. Su pájaro canta.
Lucía se levantó y se acercó a la ventana. En la acera opuesta había un coche oscuro. Un hombre joven permanecía al volante. No alcanzaba a distinguir su rostro, pero conocía el vehículo.
Daniel Soria.
Había empezado a seguirla después de que una enfermera desapareciera con copias de dos historiales. Lucía se apartó de la ventana.
—¿Cuándo lo viste?
—Ayer. Y el domingo. Me preguntó si tú eras mi mamá.
El miedo llegó como un sabor metálico.
—¿Qué respondiste?
—Que Vera no tenía hijas.
Lucía abrazó a la niña.
—Hiciste muy bien.
Elena se quedó quieta entre sus brazos, desconcertada por la intensidad.
Aquella noche, cuando Inés llegó, discutieron en la cocina. Inés quería llevarse a Elena de inmediato. Lucía pidió veinticuatro horas. El periódico había aceptado revisar el material y una fuente entregaría el registro definitivo al día siguiente.
—Julián sabe dónde vives -dijo Inés.
—Sabe dónde vive Vera.
—Ya no hay diferencia.
Lucía miró a la niña dormida en el sofá.
—Mañana la habrá.
Preparó tres cintas, duplicó las fotografías y escondió la grabadora detrás de la pared. Colocó una llave dentro del reloj de mirlo y enseñó a Elena la secuencia.
—Si alguien pregunta, ¿dónde vive la verdad? -dijo.
La niña bostezó.
—Donde el ruiseñor no puede cantar.
—¿Y quién recuerda cuando Elena olvida?
—Vera.
—Muy bien.
—Pero Vera no existe.
Lucía besó su frente.
—Por eso nunca podrán encontrarla.
Veinticuatro horas después, comprendió su error.
No necesitaban encontrar a Vera.
Solo necesitaban encontrar a la niña que conocía sus secretos.