Capítulo 5
Clara abrió el grifo de la ducha y esperó unos segundos antes de descorrer el pestillo.
Daniel entró sin pedir permiso. Sus ojos recorrieron el baño: la ropa todavía puesta, el bolso cerrado sobre la banqueta, el marco de fotos oculto bajo una toalla.
—¿Qué pasa? -preguntó ella.
—Llevas diez minutos aquí.
—No sabía que estabas contando.
Él se apoyó en el lavabo.
—No quiero discutir.
—Entonces no discutas.
—Quiero ayudarte.
—Empieza por no vigilarme.
Daniel la miró largamente. Después tomó su rostro entre las manos y apoyó la frente contra la suya.
—Te estás asustando a ti misma.
Su voz recuperó la calidez de siempre, aquella cadencia que había calmado a Clara durante ataques de ansiedad, vuelos turbulentos y noches de hospital. Por un instante, deseó creerlo. Entregarle la fotografía, contarle lo de Alma y dejar que él ordenara el mundo.
Pero sintió en su aliento el aroma del té que había preparado para ella.
—Necesito descansar -dijo.
—Por supuesto.
Daniel besó su sien y salió.
Clara cerró otra vez.
Esperó hasta oír la televisión en el salón. Luego deslizó la Polaroid dentro del forro descosido de su bolso y escondió el marco bajo una pila de toallas. La tarjeta con el nombre de Elena quedó dentro de una caja de tampones.
Aquella noche fingió beber el té. Cuando Daniel fue a la cocina, lo vació en la maceta de la ventana.
A las tres y cuarto se despertó.
No sabía qué la había alertado. La habitación estaba oscura, salvo por la luz naranja de la calle. Daniel dormía de espaldas.
Clara oyó un leve roce.
La puerta del dormitorio se movía.
Una silueta ocupó el hueco durante un segundo. Clara contuvo el grito. Buscó a tientas la lámpara y la encendió.
No había nadie.
Daniel se incorporó.
—¿Qué ocurre?
—Había alguien en la puerta.
Él miró hacia el pasillo vacío.
—Estabas soñando.
—La he visto.
—Clara...
—No me digas que estaba soñando.
Daniel encendió la luz del pasillo, revisó las habitaciones y comprobó la cerradura de entrada. Todo estaba cerrado.
—Nadie ha entrado.
Volvió a la cama y la abrazó por detrás. Clara permaneció rígida hasta que su respiración se hizo lenta.
Entonces notó algo.
Daniel olía a naranjas quemadas.
A la mañana siguiente, él se marchó temprano. Clara esperó diez minutos y revisó el bolso.
La Polaroid había desaparecido.
El marco seguía bajo las toallas, pero la caja de tampones estaba abierta. La tarjeta de Elena tampoco estaba.
Clara bajó al salón. En la maceta donde había vertido el té, las hojas de la planta se habían doblado hacia la tierra. Una de ellas estaba manchada de marrón.
Sacó el teléfono viejo y amplió las fotografías que había tomado. La calidad era mala, pero el rostro de Julián Soria resultaba reconocible.
Buscó su nombre en internet.
Los primeros resultados hablaban de un psiquiatra especializado en trauma infantil, director de la desaparecida Clínica Santa Elena. No había necrológicas. Una noticia de 2018 anunciaba su participación en un congreso en Lisboa.
Julián Soria no había muerto.
Daniel llevaba dieciséis años mintiendo sobre su padre.
Clara abrió el cajón donde él guardaba documentos personales. Encontró pasaportes, escrituras y pólizas. En el fondo había una caja metálica cerrada con combinación.
Probó la fecha de su boda.
Nada.
Probó el cumpleaños de Daniel.
La caja se abrió.
Dentro había un segundo teléfono, apagado, y una carpeta clínica con el nombre CLARA VARELA.
En la primera página figuraba un diagnóstico que nunca le habían comunicado:
Amnesia disociativa inducida. Paciente: Elena Montes. Siete años.
Más abajo aparecía la firma del médico responsable.
Dr. Julián Soria.
El teléfono de Clara vibró.
Un número desconocido le había enviado una fotografía. En ella aparecía Clara, de espaldas, entrando la víspera en el edificio de San Dimas.
Debajo había un mensaje:
DEVUELVE LA LLAVE O SOFÍA SERÁ LA SIGUIENTE.