La inquilina que nunca existió Capítulo 4
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Capítulo 4

Daniel estaba sentado en el capó del coche cuando Clara salió del portal.

No parecía enfadado. Eso era peor.

Llevaba el abrigo abierto y las manos en los bolsillos. Al verla, miró el reloj.

—Sofía hace un café excelente.

Clara se obligó a seguir caminando.

—¿Qué haces aquí?

—Podría preguntarte lo mismo.

—He venido a ver el piso.

—Sin mí.

—No necesito permiso.

Daniel sonrió con tristeza, como si ella fuera una paciente que acababa de confirmar un pronóstico.

—No he dicho eso.

—Has rastreado mi coche.

—Tenemos activada la localización por seguridad. Los dos.

—Mi teléfono está con Sofía.

Durante una fracción de segundo, la expresión de Daniel cambió. No fue sorpresa, sino cálculo.

—Entonces has planeado engañarme.

—Necesitaba estar sola.

—Clara, tu madre murió hace cuatro días. Apenas duermes. Estás buscando explicaciones donde no las hay.

Él dio un paso hacia ella. Clara retrocedió.

—No me analices.

—Estoy preocupado.

—¿Cómo has sabido que estaba aquí?

Daniel miró hacia la cuarta planta. La cortina del 4A se movió.

—El notario me dio la dirección.

—No te pregunto cómo conocías la dirección.

Él bajó la vista hacia el bolso de Clara.

—¿Encontraste algo?

La pregunta salió demasiado deprisa.

—Polvo.

—¿Nada más?

—Muebles viejos. Libros.

Daniel extendió la mano.

—Dame la llave.

—No.

El ruido del tráfico ocupó el silencio entre ellos. Clara recordó las palabras de Alma: dile que estaba en blanco.

—Abrí la carta -dijo.

Daniel no pestañeó.

—¿Y?

—No había nada. Solo una hoja.

—¿En blanco?

—Sí.

La tensión abandonó sus hombros con tanta claridad que Clara sintió náuseas.

—Inés siempre tuvo un sentido extraño del dramatismo.

—¿Sabías que iba a dejarme una carta?

—El notario lo mencionó cuando hablaste con la secretaria.

Era mentira. Daniel había estado a su lado durante toda la conversación con el notario; nadie había hablado antes de la carta.

Clara abrió la puerta del coche.

—Quiero volver a casa.

Durante el trayecto, Daniel mantuvo una mano sobre su rodilla. Ella miró la ciudad y contó las respiraciones para no apartarla.

Al llegar, él preparó té. Clara lo observó abrir un armario, elegir su taza azul y añadir una cucharada de miel. Recordó la segunda advertencia de Alma.

No bebas nada que no hayas abierto tú.

—Voy a ducharme -dijo.

—Se enfriará.

—Luego.

Subió al dormitorio con el bolso. Cerró el pestillo del baño y sacó la fotografía. Bajo la luz blanca, reparó en un detalle que no había visto: la mujer pelirroja llevaba al cuello un colgante de plata, una golondrina con las alas extendidas.

Clara conocía aquel colgante.

Estaba en el joyero de su madre.

O lo había estado. Lo buscó después de la muerte para elegir una pieza con la que enterrarla, pero el compartimento inferior estaba vacío.

Sacó el teléfono viejo que utilizaba para escuchar música y fotografió la imagen por ambos lados. Después retiró el cartón de la parte trasera del marco.

Había otra fotografía escondida.

Era una Polaroid tomada en el salón del 4B. Inés estaba sentada en el sofá con la cara entre las manos. La mujer pelirroja aparecía de pie, junto a la ventana. En primer plano, un hombre sostenía a la niña por los hombros.

El tiempo había desdibujado parte de su rostro, pero Clara reconoció la curva de la sonrisa.

Era Julián Soria, el padre de Daniel.

Daniel le había dicho que su padre murió cuando él tenía diecinueve años.

En la fotografía, escrita con rotulador rojo, figuraba una fecha.

14 de septiembre de 2005.

Daniel tenía entonces veintidós.

Un golpe suave sonó en la puerta del baño.

—Clara.

Ella guardó la Polaroid dentro de la cinturilla del pantalón.

—¿Sí?

—Abre.

—Estoy duchándome.

—No oigo el agua.

Clara contempló su reflejo. Estaba pálida, con el cabello pegado a las sienes.

El picaporte bajó una vez.

—Abre la puerta -repitió Daniel.

Ya no sonaba preocupado.