Capítulo 3
Clara agarró el paraguas del armario como si pudiera servirle de arma.
Atravesó el pasillo conteniendo la respiración. La puerta del dormitorio estaba entornada. La sombra había desaparecido, pero el olor a naranja quemada era más intenso.
Empujó con la punta del paraguas.
La habitación estaba vacía.
La ventana se encontraba abierta. Una cortina blanca se hinchaba hacia el interior y proyectaba formas móviles sobre el suelo.
Clara se asomó. Cuatro plantas más abajo, el patio era un rectángulo de baldosas grises donde se acumulaban macetas rotas.
A la derecha había una escalera de incendios.
Una figura con capucha bajaba hacia el tercer piso.
—¡Oiga!
La figura no levantó la cabeza.
Clara corrió al salón, guardó la fotografía y la tarjeta en el bolso y salió del apartamento. Al cerrar, oyó abrirse la puerta de la 4A.
Una mujer muy delgada, de unos setenta años, la observaba apoyada en un bastón. Tenía el cabello blanco recogido en una trenza y una cicatriz que le nacía debajo de la oreja y desaparecía bajo el cuello del jersey.
—Creí que no volverías -dijo.
Clara sintió que el pasillo se inclinaba.
—¿Nos conocemos?
La mujer parpadeó. En sus ojos oscuros apareció algo parecido al arrepentimiento.
—Te pareces a Inés.
—Soy su hija.
—Ya lo sé.
El ascensor comenzó a subir desde la planta baja. Los números rojos se encendieron uno a uno.
La anciana miró la puerta negra.
—No deberías quedarte en el pasillo.
—¿Quién es usted?
—Alma Ruiz. Vivo aquí desde hace mucho.
—¿Conoció a mi madre?
El ascensor llegó al segundo piso.
Alma abrió más su puerta.
—Entra.
Clara no se movió.
—He visto a alguien bajar por la escalera de incendios.
—Entonces entra más deprisa.
Había una urgencia seca en su voz. Clara cruzó el umbral justo cuando el ascensor se detenía en la cuarta planta. Alma cerró sin hacer ruido y pasó el cerrojo.
El apartamento 4A olía a manzanilla y alcanfor. Todas las cortinas estaban echadas. Sobre una estantería había decenas de pájaros de cristal, colocados por colores.
Alma se acercó a la mirilla.
Al otro lado, unos pasos se detuvieron frente al 4B.
Clara quiso mirar, pero la anciana levantó una mano.
Los pasos permanecieron allí durante casi un minuto. Después se alejaron hacia la escalera.
—¿Quién era? -susurró Clara.
—Alguien que esperaba que Inés regresara.
—Mi madre ha muerto.
—Lo sé.
—¿Cómo?
Alma se apartó de la puerta.
—Las malas noticias siempre encuentran esta casa.
Clara sacó la fotografía del bolso y la sostuvo ante ella.
—¿Quién es Vera?
El bastón de Alma golpeó el suelo.
La mujer miró la imagen apenas un segundo, pero fue suficiente. El color desapareció de su rostro.
—No había ninguna Vera.
—Su nombre está escrito detrás.
—Los nombres escritos pueden borrarse.
—Mi madre la menciona en una carta.
Alma alzó la cabeza.
—¿Qué carta?
Clara supo que había hablado demasiado.
—¿Quién vivía en el 4B?
—El piso estuvo vacío.
—Hay comida en la nevera y un cepillo de dientes mojado.
—Entonces alguien quiere que creas que no lo estuvo.
Clara señaló a la niña.
—Dice que se llama Elena. Pero soy yo.
Alma recorrió con un dedo tembloroso el borde de la fotografía sin llegar a tocarla.
—No deberías haber traído eso aquí.
—Necesito respuestas.
—Lo que necesitas es marcharte antes de que tu marido descubra dónde estás.
Clara sintió un frío repentino.
—No le he dicho que venía.
—Nunca has tenido que decírselo.
—¿Conoce a Daniel?
Alma guardó silencio.
En la calle, un claxon sonó dos veces.
—Escúchame -dijo la anciana-. Si quieres seguir viva, no duermas en el 4B. No bebas nada que no hayas abierto tú. Y cuando Daniel te pregunte por la carta, dile que estaba en blanco.
Clara retrocedió.
—¿Cómo sabe lo de la carta?
Alma abrió la puerta.
—Porque yo le pedí a Inés que la escribiera.
El pasillo estaba vacío.
Antes de que Clara pudiera hacer otra pregunta, la mujer la empujó suavemente hacia fuera.
—Vete, Elena.
La puerta se cerró.
Clara se quedó inmóvil ante la madera clara.
Al otro lado, Alma comenzó a llorar.