Capítulo 2
El edificio de la calle San Dimas parecía más estrecho de lo que permitía su fachada.
Tenía balcones de hierro negro, piedra oscurecida por la contaminación y un portal enmarcado por azulejos verde botella. Sobre el timbre, alguien había pegado una tira de cinta aislante donde antes debía de haber una cámara.
Clara llegó a las once de la mañana del martes, mientras Daniel atendía consulta. Había dejado el móvil en una cafetería a dos calles, dentro del bolsillo de Sofía Calderón, su mejor amiga, que había aceptado participar en el engaño sin pedir demasiadas explicaciones.
—Durante una hora estarás tomando café conmigo -le había dicho Sofía-. Si tu marido mira la ubicación, al menos creerá que tienes buen gusto.
Clara no le había contado lo de la carta.
El portal olía a cera, humedad y sopa de cebolla. No había portero. Los buzones ocupaban una pared entera, todos con nombres impresos, salvo el 4B. En aquella ranura solo quedaban marcas de adhesivo arrancado.
El ascensor era una jaula antigua con espejos manchados. Mientras subía, Clara volvió a sentir aquel olor imposible a naranja quemada.
En la cuarta planta había dos puertas.
La 4A era de madera clara y tenía una mirilla dorada. La 4B, negra, sin felpudo ni placa, parecía la misma puerta que había visto en el despacho del notario.
La llave giró sin resistencia.
Clara empujó.
Esperaba polvo, muebles cubiertos con sábanas y el aire inmóvil de los lugares abandonados. En cambio, una lámpara del recibidor estaba encendida.
Se quedó en el umbral.
—¿Hola?
Nadie respondió.
El apartamento era pequeño pero elegante. Paredes color crema, suelo de madera, estanterías llenas de libros. En el respaldo de una silla colgaba un cárdigan verde. Sobre la mesa había una taza con un cerco oscuro en el fondo.
Clara la tocó.
Fría.
En la cocina encontró dos yogures caducados hacía cinco días, medio limón envuelto en film y una botella de agua abierta. El frigorífico zumbaba. Junto al fregadero, un paño húmedo despedía olor a detergente.
Alguien había estado allí recientemente.
O seguía allí.
Clara recorrió el piso llamando una vez más. El dormitorio daba a un patio interior. La cama estaba hecha con una colcha azul; en la mesilla descansaban unas gafas y una novela abierta por la página ciento diecisiete. El baño conservaba un cepillo de dientes de cerdas mojadas.
Volvió al salón.
Sobre una cómoda vio una fotografía enmarcada.
Tres figuras posaban frente a un lago. Reconoció a su madre de inmediato, aunque debía de tener poco más de cuarenta años. Llevaba el pelo largo y una blusa blanca. A su lado había una mujer pelirroja con gafas de sol. Entre ambas, una niña de unos siete años miraba a la cámara con expresión seria.
Clara acercó el marco a la ventana.
La niña era ella.
No solo se parecía. Tenía la pequeña cicatriz en forma de media luna sobre la ceja izquierda, recuerdo de una caída que Inés siempre situó en el patio del colegio.
Clara nunca había estado en aquel lago. No recordaba a la mujer pelirroja. Tampoco recordaba haber tenido aquel vestido amarillo.
Le dio la vuelta al marco.
En la parte trasera, escrito con tinta azul, leyó:
Vera, Inés y Elena. Agosto de 2005.
Elena.
Clara oyó un golpe detrás de ella.
El marco casi se le escapó de las manos.
La puerta del armario del pasillo estaba abierta. Podía jurar que antes estaba cerrada.
Dejó la fotografía y se acercó despacio. Dentro había abrigos, un paraguas y varias cajas de zapatos. Ningún lugar donde pudiera ocultarse una persona.
Entonces vio el sobre pegado a la cara interior de la puerta.
Tenía su nombre.
Esta vez no era la letra de Inés.
Clara lo arrancó. Dentro había una tarjeta blanca con cinco palabras impresas:
TÚ YA VIVISTE AQUÍ, ELENA.
El suelo crujió en el dormitorio.
Clara se volvió.
Una sombra cruzó por debajo de la puerta.