La inquilina que nunca existió
© inepub.com
Capítulo 1
La llave apareció cuando ya no quedaba nadie para explicar qué abría.
Clara no la tocó.
—Debe de haber un error.
El notario, un hombre de manos pequeñas y uñas pulidas, consultó otra vez la escritura.
—El inmueble está a nombre de su madre desde octubre de 2005. Calle de San Dimas, número catorce. Cuarta planta, puerta B.
Daniel se inclinó hacia delante. Su rodilla rozó la de Clara bajo la mesa.
—Inés vivía en Toledo —dijo—. Nunca mencionó un piso en Madrid.
—Eso no modifica el registro.
Fuera, la lluvia de febrero convertía los cristales del despacho en una superficie lechosa.
Clara pensó en el ataúd descendiendo aquella mañana, en la tierra oscura golpeando la madera y en la absurda certeza de que su madre odiaba mojarse el pelo.
Habían pasado cuatro días desde que la encontraron al pie de la escalera de su casa.
La policía habló de un tropiezo. Un accidente doméstico.
Una mujer de sesenta y siete años, sola, con una copa de vino rota dos peldaños más arriba.
Daniel había repetido aquellas palabras tantas veces que ya parecían un diagnóstico.
Accidente doméstico.
—¿Había una hipoteca? -preguntó él.
—No. Tampoco deudas asociadas. Los gastos de comunidad se pagaban mediante ingresos en efectivo.
—¿Durante veinte años?
El notario levantó los hombros con una discreción ensayada.
—Eso parece.
Clara alargó la mano. El metal estaba frío.
En cuanto cerró los dedos alrededor de la llave, una imagen le cruzó la mente: una puerta negra, una luz roja filtrándose por debajo y la voz de su madre diciendo su nombre muy cerca de su oído.
No fue un recuerdo completo. Apenas un destello, acompañado por un olor a lejía y naranjas quemadas.
Retiró la mano.
—¿Te encuentras bien? -preguntó Daniel.
Clara asintió. Su marido la observaba como observaba a sus pacientes cuando creía que estaban a punto de mentirle. Daniel era psicólogo clínico, y doce años de matrimonio no habían conseguido que dejara de usar aquella mirada tranquila, profesional, que convertía cualquier emoción en un síntoma.
El notario empujó la carpeta hacia ella.
—Aquí tiene una copia de la escritura y la dirección completa. Su madre dejó también una carta.
Daniel extendió la mano, pero Clara fue más rápida.
El sobre llevaba su nombre escrito con la letra inclinada de Inés. CLARA. Nada más. No había sello.
—Puede abrirla aquí si quiere -dijo el notario.
—Prefiero hacerlo en casa.
Daniel no dijo nada hasta que salieron del edificio. Bajo el toldo, mientras esperaban que llegara el coche, le puso una mano en la nuca.
—No tienes que ir a ese piso.
—Es mío.
—Precisamente. Podemos venderlo sin entrar. Llamar a una agencia, enviar a alguien para que lo vacíe.
—¿Y si hay cosas de mi madre?
—Entonces las revisaremos juntos.
La última palabra se quedó suspendida entre ambos.
Juntos.
Clara guardó la llave y el sobre en el bolsillo interior del abrigo.
Durante el trayecto de vuelta, Daniel habló de trámites, tasaciones y humedades. Ella miró Madrid pasar al otro lado de la ventanilla: fachadas mojadas, terrazas vacías, semáforos temblando sobre el asfalto. Al llegar a casa, Daniel recibió una llamada de la clínica y se encerró en el despacho.
Clara fue al dormitorio y cerró la puerta.
Rasgó el sobre con cuidado.
Dentro solo había una hoja doblada por la mitad.
Hija:
Si estás leyendo esto, ya no he podido arreglarlo.
Perdóname por la casa. Perdóname por Vera. Sobre todo, perdóname por lo que te hice olvidar.
No confíes en nadie que conozca la puerta.
Debajo, en un trazo más débil, Inés había añadido:
Clara no debe recordar.
Clara leyó la frase tres veces.
En el pasillo, al otro lado de la puerta, una tabla del suelo crujió.
Doblando la carta, la escondió dentro de la funda de una almohada.
Cuando Daniel entró, sonreía.
—¿La has abierto?
Clara sostuvo su mirada.
—No. Todavía no.
Por primera vez desde que lo conocía, mentirle no le produjo culpa.
Le produjo miedo.