Capítulo 64. Blake
BLAKE
J usto después de tomar Riverside Drive, ya en Manhattan, empiezo a ver doble.
Al principio, creo que es porque llevo cuatro horas conduciendo.
Parpadeo varias veces y vuelvo a ver normal, lo que confirma mi hipótesis.
Al principio. Pero, unos minutos después, me vuelve a pasar.
Estoy mirando el semáforo en rojo y, aunque solo debería haber uno, yo veo dos. Parpadeo y las luces rojas oscilan.
Mierda.
Confiaba en haber vomitado todo lo que había en mi estómago. Pero, al parecer, he absorbido una parte del veneno. Eso probablemente explica también mi dolor de cabeza, que ha aumentado varios grados, y la sensación de náusea que me acompaña desde Telmont.
No sé qué hacer. Estoy a unos diez minutos de casa. La verdad es que no debería conducir en este estado, pero no tengo tiempo que perder. La visión doble aparece y desaparece, así que, aunque la cosa no sea ideal, podría ser peor. Quiero decir, podría haberme quedado ciego .
Al menos, no ha oscurecido. Todavía veo. Todavía puedo circular, aunque debo reconocer que, si un peatón se me pusiera delante, no sería capaz de frenar a tiempo. Agarro el volante con ambas manos y procuro aguantar los pocos minutos que me faltan para llegar. Suelto un suspiro tembloroso.
Podría parar. Podría llamar al teléfono de emergencias y explicar la situación.
Sea lo que sea lo que Krista me ha puesto en las galletas, me da la sensación de que debería estar en un hospital.
No es que pueda permitírmelo, puesto que no tengo seguro médico, pero ¿qué importa una pequeña deuda (vale, una gran deuda) si me estoy muriendo?
¿Me estoy muriendo? No, no puede ser. He vomitado la mayor parte de esas galletas.
El GPS se ha vuelto inútil porque ya no lo veo.
Es decir, lo veo, pero es como si hubiera dos, lo cual hace muy difícil seguirlo.
Circulo de memoria, rezando para no meterme en dirección contraria en una calle de un solo sentido.
Doblo por Columbus Avenue. Ya casi he llegado. Solo queda un poco más.
Tenía la esperanza de haberme equivocado. Confiaba en que Krista no hubiera envenenado las galletas, después de todo. Que todo hubiera sido un gran malentendido y ella no deseara de verdad verme muerto.
Pero no, no me equivocaba. No sé qué me habrá puesto, pero esto me está matando.
Doblo la última esquina para llegar a la manzana de casa y, cuando trato de aparcar, acabo subiéndome a la acera, pero no me quedan energías para arreglarlo. Tendré que dejarlo así. No he atropellado a nadie, eso es lo importante. Y no es que el señor Zimmerly vaya a venir a quejarse.
Pobre señor Zimmerly. La culpa de que esté muerto es mía.
Toda esta maldita historia es culpa mía.
Bueno, en un sentido más estricto, lo es de Krista, pero, si yo no hubiera tenido un momento de debilidad con Stacie, nada de esto estaría ocurriendo.
En cuanto la cosa terminó —qué demonios, incluso antes—, me arrepentí.
Me sentí fatal durante semanas y estuve a punto de derrumbarme y contárselo un montón de veces.
Yo no soy infiel, no soy ese tipo de hombre.
Amaba a Krista y no podía creer que hubiera hecho algo tan estúpido que ponía en peligro lo que había entre nosotros.
Pero luego, cuando pasó un mes más o menos, la culpa empezó a desaparecer. Aquello era lo peor que había hecho en mi vida y quería dejarlo atrás. Krista no lo había descubierto, o eso creía, y no había motivo para destruir lo que teníamos por una noche estúpida.
Poco podía saber yo que ella sí lo había descubierto y que estaba haciendo planes para reducirlo todo a cenizas.
Mi visión parece flotar y la cabeza no deja de dolerme.
Trato de coger a tientas el móvil del soporte del salpicadero y casi se me cae al suelo.
Tengo que llamar al teléfono de emergencias.
Ya no me queda otro remedio. No hay tiempo para disuadir a Krista y evitar que le corte la garganta a Whitney. Yo mismo estaré muerto antes.
Solo que, cuando bajo la vista a la pantalla del teléfono, no consigo enfocarla siquiera. Primero se convierte en dos teléfonos, luego en tres y luego otra vez en uno.
Vale, realmente estoy mal.
Consigo abrir de un empujón la puerta del coche y, con un gran esfuerzo, ponerme de pie. La visión doble es lo peor, porque me produce un vértigo acompañado de náuseas, pero puedo caminar. Si me agarro de algo.
Tengo que entrar en casa. Las luces están encendidas, lo cual significa que Whitney ya ha vuelto. Ella podrá ayudarme a llamar a una ambulancia.
A menos, claro, que yo lo haya interpretado todo mal y que Whitney esté también confabulada en esto. Pero no lo creo. O al menos tengo la esperanza de que no sea así.
Consigo por los pelos llegar a los escalones de casa.
Entonces ya puedo sujetarme con la barandilla y subir hasta la puerta principal.
Parece un milagro que haya llegado hasta aquí.
Pero, al sacarme las llaves del bolsillo, descubro que es extremadamente difícil abrir una puerta cuando la cerradura no para de moverse.
Nunca había reparado en lo diminuto que es el agujero para la llave.
¿Por qué hacen las cerraduras tan pequeñas? Esto es casi imposible…
Al final, me doy por vencido y pulso el timbre. La campana resuena por el interior de la casa. Permanezco ante la puerta, tambaleante, a la espera de que alguien venga a abrir. Si no lo hacen pronto, no estoy seguro de que vaya a salir de esta. Necesito que alguien me ayude.
Cualquiera…