Capítulo 63. Krista
KRISTA
T al como había prometido, Amanda llega a casa a las siete.
Es una persona muy diligente. También es limpia y nos paga puntualmente el alquiler. Y es bastante discreta. En muchos sentidos, es la inquilina perfecta.
Y yo la odio con todas las fibras de mi ser.
Amanda va con sus vaqueros habituales y una camiseta del restaurante.
Todavía desprende un vago olor a carne a la parrilla.
Aparte del pintalabios rojo oscuro que yo le regalé y que ella probó una vez y dijo que no era de su estilo, nunca lleva maquillaje.
Si se arreglara, sería una chica tan despampanante como lo era Stacie, pero prefiere no hacerlo.
Aunque, para decirlo todo, Stacie no estaba muy guapa al final. Le rajé su cara bonita antes de terminar con ella. Al cabo de cuarenta minutos, me estaba suplicando que la matara. Así que, en realidad, fue un gesto de piedad.
Amanda se sorprende al verme en la sala de estar.
—No me había dado cuenta de que ya estabas aquí.
—Bueno, aún tengo la llave.
—Cierto. —Se desploma en el sofá y apoya la cabeza en los cojines—. Me alegro de no haberme tropezado con Blake. Ha estado insoportable últimamente. Menudo cretino.
Siento una oleada de irritación. Blake no es un cretino. Es un tipo decente, uno de los pocos que he conocido. Vale, me engañó y yo he tratado de matarlo. Todavía estoy decidida a matarlo. Pero, aun así, ella no tiene derecho a hablar de él de este modo. Apenas lo conoce.
Me siento a su lado en el sofá.
—Tampoco es tan malo.
Amanda gira la cabeza para mirarme.
—¿Qué me estás diciendo? Acabas de romper con él.
—Ya lo sé, pero… —No sé cómo formular lo que quiero decir y no sé si quiero decírselo a ella. Todo esto no es asunto suyo, al fin y al cabo—. Bueno, ¿has mirado apartamentos?
Ella se yergue en el sofá.
—Sí, hay algunos que entrarían en nuestro presupuesto, y bastantes más si no te importa vivir fuera de Manhattan.
—No, no me importa —miento. Yo no quiero vivir fuera de Manhattan, pero tenemos que matar el rato hasta que vuelva Blake.
—¡Fantástico!
Amanda saca su teléfono del bolso y abre una de las webs de apartamentos de alquiler.
Mientras lo hace, deslizo la mirada por la mesita de café que tenemos delante.
Blake se empeña obsesivamente en mantener esta mesita despejada, pero ahora mismo hay varias cartas esparcidas encima, así como algunas revistas y catálogos, cosa que refleja el estado mental en el que se hallaba cuando ha salido.
Ese desorden de la mesita no le ha llamado la atención a Amanda. Me alegro.
Porque debajo de una de esas revistas hay un cuchillo extremadamente afilado.