Capítulo 62. Blake
BLAKE
V omito en la acera hasta que me duelen las costillas.
Al final, solo doy arcadas, pero no quiero parar hasta estar seguro de que en mi cuerpo no queda ni rastro de esas galletas.
Cuando ya estoy convencido de tener el estómago vacío, me incorporo tambaleante.
Cierro los ojos y trato de recordar con exactitud cuándo me he comido las galletas.
No ha pasado ni una hora. ¿Cuánto tiempo transcurre para que algo que has comido te llegue a la sangre?
No tengo ni idea. He vaciado el estómago, pero podría ser demasiado tarde.
Me siento fatal, pero más que nada por haber estado vomitando. ¿Noto un hormigueo en los dedos o son imaginaciones mías? No lo sé.
Sobre todo, no puedo evitar que mis pensamientos se sucedan a toda velocidad.
Krista, la mujer a la que amaba, no es quien yo creía que era.
Es… Bueno, si las cosas que me ha dicho su madre son ciertas, es una psicópata.
Mató a su novio. Mató a la chica con la que su novio la estaba engañando.
Probablemente ha matado al señor Zimmerly y a Stacie.
Oh, Dios, Stacie… Es todo culpa mía.
Evalúo mi estado físico. Me encuentro… bien. Me duele la cabeza y siento una ligera sensación de náuseas, pero eso puedo atribuirlo al hecho de haber estado vomitando varios minutos. Creo que he sacado de mi organismo todo el veneno antes de que empezara a actuar.
Krista me ha envenenado. Ha intentado matarme .
No acabo de entender todo lo ocurrido ni quién es Whitney en realidad, pero no me cabe duda de que Krista es la hija de la mujer con la que acabo de hablar.
Aparte del parecido, todo me resultaba familiar.
Telmont me sonaba porque Krista había mencionado el nombre de esta ciudad.
Y, ahora que lo pienso, también me dijo una vez que había pasado una temporada en Braga; además, a ella le encanta el oporto.
Por eso me sonaba. Yo, desde luego, nunca he estado allí.
Krista me mintió sobre toda su vida. Decía que era de Idaho y que se había mudado a Nueva York con una amiga después de la secundaria.
Mentira. No sé quién era aquella mujer de mediana edad con la que cenamos, la que hablaba con nostalgia de la infancia de Krista, pero es evidente que no era su madre.
Otra mentira. Dijo la verdad al contarme que su padre había sufrido un ataque al corazón, pero omitió que había sido a causa de la tensión sufrida por todas las cosas espantosas que ella había hecho.
Y ahora ¿qué?
Vuelvo a pensar en la nota de suicidio que Krista ha escrito en mi nombre. Toda ella es horripilante, pero hay una frase en particular que no deja de resonar en mi interior: «Después de todas las vidas que he segado, ya no puedo seguir».
Salta a la vista que pretende que yo cargue con la culpa de los asesinatos del señor Zimmerly y Stacie, pero ¿eso es todo? La nota es muy imprecisa. Ella no va a querer que la policía albergue ninguna duda sobre lo que he hecho.
«Después de todas las vidas que he segado…».
Va a matar a Whitney.
Me asalta una repentina certeza: ese es su plan. Va a asesinar a Whitney en mi propia casa para que no haya ninguna duda sobre lo que he hecho. Pero resulta que yo he venido a New Jersey y he dado al traste con sus planes.
¿O no?
Si Krista da por supuesto que voy a comerme las galletas tarde o temprano —lo cual es una suposición bastante acertada, teniendo en cuenta mi debilidad por sus galletas de canela—, quizá decida matar a Whitney igualmente. Al fin y al cabo, la nota de suicidio está en mi bolsillo.
He de avisar a la policía.
Me saco del bolsillo el teléfono y empiezo a marcar el número de emergencias, pero, antes de llegar al tercer dígito, escucho la historia en mi mente y me doy cuenta de lo absurda y enrevesada que suena.
Nadie va a tomarme en serio si lo cuento todo.
Yo mismo tengo problemas para asimilarlo.
Antes que creerlo, me encerrarán en un manicomio.
O peor, pensarán que me lo he inventado para librarme de las sospechas de haber asesinado al señor Zimmerly.
Tengo que hablar con Krista. Si sabe que estoy vivo y que he vomitado las galletas, quizá no cometa ninguna estupidez.
Quizá.
Selecciono su número, el primero en mi lista de contactos, porque la llamo más a menudo que a cualquier otra persona. Suenan el tono una y otra vez al otro lado de la línea. No contesta.
«Hola, soy Krista… ¡Deja un mensaje!».
Me aclaro la garganta.
—Ey, Krista. Soy Blake. Escucha, estoy…, estoy en Telmont porque…
Bueno, tú ya sabes por qué. Y he estado…
He hablado con la madre de Whitney, o sea, con tu madre, y yo…
¿Puedes llamarme, por favor? Te lo pido por favor, Krista.
Necesito hablar contigo. Yo todavía… Solo quiero verte.
Siento muchísimo todo lo que ha ocurrido y…
Mira, estoy volviendo ahora a Nueva York y… , bueno, tú solo espérame. Por favor.
Es un mensaje largo e incoherente y, cuando termino de hablar, desearía no haberlo dejado. Krista puede ser la mujer que amo, pero no debo olvidar que ha intentado matarme. Quiere verme muerto.
Tecleo un mensaje de texto más sucinto:
Llámame.
Miro el reloj. Si salgo ahora, llegaré a Manhattan sobre las siete, dependiendo del tráfico. Pero circularé en la dirección contraria a la mayoría de la gente, así que tengo esperanzas de que no esté todo parado en la autopista. Tal vez pueda evitar que suceda nada malo.
Una voz me dice en mi interior que debería llamar a la policía ahora mismo. Aunque piensen que es una historia disparatada, quizá envíen un coche patrulla.
De todos modos, Whitney rara vez vuelve a casa antes de las diez o las once, y yo llegaré a la ciudad en un par de horas. Puedo conseguir llegar a tiempo para evitar que suceda nada malo.