La inquilina Capítulo 59
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Capítulo 59

T engo que mudarme —me dice Amanda por teléfono—. Blake se ha vuelto insoportable. Ya no lo aguanto más.

He recibido la llamada de Amanda justo al salir de la parada de metro de la línea D, en Brooklyn.

Al parecer, Blake se ha dedicado a aterrorizarla desde que yo me fui.

Quiere que ella se vaya y ella quiere marcharse.

No sé muy bien qué es lo que ha provocado esto.

Me imagino que los pelos en la comida china han llevado a Blake al límite. Es muy aprensivo.

Dudo que nadie haya encontrado aún el regalito que dejé en la cocina.

Si los dedos hubieran aparecido, me habría enterado.

Y dudo aún más que Blake haya descubierto la sangre de Stacie en el suelo de madera de la sala de estar.

Guardé esa sangre después de matarla y la derramé justo en el centro de la sala para que a la policía le resulte fácil de encontrar, incluso si son unos completos incompetentes.

Aunque no creo que les cueste convencerse de que Blake mató a Stacie, sobre todo porque ella ya no está viva para salir en su defensa.

—Comprendo que no puedas vivir con él. Quiero decir, por eso me fui yo. Tampoco aguantaba más.

—No lo había pensado hasta ahora —contesta Amanda con voz temblorosa—, pero empiezo a temer que pueda ser peligroso.

Sigo sin creer que Blake sea capaz de hacerle daño a nadie. No creo que tenga lo que hay que tener. Y sé de qué hablo.

—¿Qué te parece si nos vemos mañana? —le propongo—. Puedo ir allí antes de que Blake vuelva del trabajo, y así comentamos lo de coger un apartamento juntas. —Al ver que titubea, añado—: Bueno, no es que vayas a mudarte en este mismo momento, ¿no?

—Supongo que no —responde Amanda, aunque parece dudar.

—Escucha —le digo—, tú mira la oferta de apartamentos de algunas inmobiliarias. Nos organizaremos para ir a verlos.

Este plan parece aplacarla. Accede a quedar mañana a media tarde.

Eso significa que no tengo mucho tiempo. Lo que vaya a pasar, sea lo que sea, tiene que pasar mañana.

Así que es bueno que esté ahora en Brooklyn, a una manzana del apartamento de Elijah. Él tiene varias cosas para mí, pero no quería andar con ellas encima. Especialmente con una de ellas.

Elijah vive en un edificio de cuatro plantas sin ascensor y, por supuesto, la suya es la última.

La calle se halla casi desierta, dejando aparte a un hombre que, tendido en la acera, se aferra a una botella metida en una bolsa de papel marrón.

Varios locales están cerrados y tapiados con planchas de madera cubiertas de grafitis obscenos.

No es precisamente un edificio de lujo, como nuestra casa del Upper West Side, y me sorprendo a mí misma sujetando el bolso contra el pecho con más fuerza.

Con su talento, Elijah podría tener un éxito increíble, pero carece de la ambición de Blake.

Me da la sensación de que prefiere pasar su tiempo libre jugando a videojuegos y no trepando por la escala corporativa.

Además, carece por completo de habilidades sociales.

Me acerco al interfono y pulso el botón del apartamento 4A. Casi al instante, suena un zumbido y puedo entrar en el vestíbulo.

Subo resoplando las escaleras hasta el cuarto piso. No sé cómo Elijah puede vivir aquí, aunque me lo imagino subiendo disparado estas escaleras todos los días. Seguramente le gusta.

Cuando llego al apartamento 4A, me tomo un momento para recuperar el aliento antes de llamar al timbre. De nuevo, Elijah me abre casi al instante, como si hubiera estado esperando detrás de la puerta, y se le ilumina el rostro al verme ahí, con la cara enrojecida.

—Whitney —dice con una sonrisa—. Pasa.

No me molesto en corregirle esta vez. Nadie importante va a escuchar nuestra conversación en este lugar de mala muerte.

Entro en el pequeño apartamento y me quito la chaqueta.

Es la primera vez que vengo aquí y me sorprende lo limpio que está todo.

No sé lo que estaba esperando exactamente.

Me había imaginado cajas de pizza vacías y montones de botellas de refrescos energéticos.

Quizá ha limpiado porque sabía que yo iba a venir.

El mobiliario es escaso: un sofá, una pantalla gigante de televisión, una librería construida con bloques de hormigón y una mesita de café con un mando de juegos abandonado encima.

En cuanto a Elijah, tiene la misma pinta de siempre.

Va con otra camiseta vieja y unos vaqueros y, aunque no estamos en la calle, lleva su gorra blanca de béisbol con el pingüino de Linux.

Solo lo he visto sin ella unas pocas veces, y siempre tiene su escaso pelo rubio pegado al cráneo, el efecto crónico de andar siempre con la cabeza cubierta.

—Bonito apartamento —comento.

Él me sonríe de oreja a oreja.

—Gracias.

Vale. Basta de naderías.

—¿Lo tienes todo?

La sonrisa se evapora de su rostro. Siempre parece orgulloso de ayudarme en todo lo que le pido, pero no esta vez.

—Sí.

—Pues venga.

—Whitney. —Baja la vista a sus sucias zapatillas—. Es que no estoy seguro de esto…

—Puedo pagarte más, si ese es el problema.

Él alza la cabeza de golpe.

—Ese no es el problema. En absoluto.

Frunzo el ceño.

—Me dijiste que podías ayudarme. ¿Vas a hacerlo o no?

Elijah suelta un largo suspiro.

—Vale. Un momento.

Aguardo en la sala de estar mientras él desaparece en otra habitación.

Espero varios minutos, demasiado nerviosa como para mirar siquiera mi teléfono, y al fin reaparece con una bolsa de papel.

Observo que es del tamaño perfecto para contener un par de manzanas…

o un par de dedos. Un buen ejemplo de versatilidad.

Elijah me tiende la bolsa.

—Aquí tienes.

Miro dentro. En efecto, está todo lo que quería.

Una tarjeta de la Seguridad Social y un pasaporte con una nueva identidad.

Es algo que espero no necesitar, pero no se sabe lo que pasará mañana, cuando todo se desate.

Al fin y al cabo, no supe prever cómo se iban a complicar las cosas después de lo que sucedió con Jordan.

Y hay otra cosa más en la bolsa. Una botellita muy pequeña llena de un líquido claro.

—¿Es esto? —pregunto—. ¿La tetrodotoxina?

Me estuve informando y decidí que la tetrodotoxina, el veneno del pez globo, era la mejor opción. Quería algo que fuera letal y que no funcionara de forma instantánea.

—Sí —dice—. Es esto.

—Perfecto. Gracias.

Los ojos de Elijah se ven muy grandes detrás de las gafas.

—Eso lo matará, ¿sabes?

—Sí, esa es la idea.

Elijah ya sabe que maté a Jordan. También sabe lo de aquella zorra que me robó a Jordan. Como ya he dicho, sabe un poco demasiado.

—Bueno —digo con tono de darlo por terminado—, gracias por todo.

Su rostro se llena de pánico.

—Escucha, Whitney, no tienes que hacerlo.

Vuelvo a meter la botellita de tetrodotoxina en la bolsa de papel, junto con mi nuevo pasaporte y la tarjeta de la Seguridad Social.

—Sí, debo hacerlo.

—No, no es cierto —insiste—. O sea, sí, Blake es un cretino y te engañó. Pero ¿a quién le importa? Es idiota. Ni siquiera te merece. Puedes largarte y dejarlo correr.

Elijah no sabe lo que le he hecho al señor Zimmerly y a Stacie Parker. Si lo supiera, no me estaría diciendo esto. Sabría que ya es demasiado tarde.

—No puedo dejarlo correr —digo con firmeza—. ¿Cómo te sentirías tú si la persona a la que amas estuviera teniendo sexo con otro?

Él me mira con tristeza.

—Créeme, sé perfectamente lo que se siente.

No es ningún descubrimiento que Elijah está enamorado de mí. Lo he sabido desde hace mucho tiempo. Me he aprovechado de esta situación durante años, pero ahora la cosa ha ido demasiado lejos. Su obsesión conmigo se ha vuelto irritante y está empezando a interferir con mis planes.

—Elijah —digo con un tono paciente que he usado otras veces con él.

—Ya, ya lo sé —gime—. Me doy cuenta de que no sientes eso por mí. Pero, escucha, Whitney, yo sería muy bueno contigo. Te adoraría todo el tiempo y nunca jamás te engañaría como ha hecho él.

Ojalá pudiera amar a Elijah. Todo sería mucho más fácil, en ese caso.

—Te trataría como a una reina —prosigue—. Me despertaría cada mañana pensando en lo afortunado que soy solo por estar contigo.

—Elijah…

El anhelo se refleja claramente en su rostro.

Por un momento, me pregunto si todavía es virgen.

No parece fuera del ámbito de lo posible.

Si lo es, la culpa es mía en parte. Ha estado suspirando por mí desde que éramos adolescentes.

Es un buen tipo, pero este amor no correspondido le ha arruinado la vida.

Le habría ido mucho mejor si no me hubiera conocido.

—Olvídate de Blake —me dice—. Yo te amo, Whitney. Déjame demostrarte hasta qué punto, por favor.

Y entonces se inclina y me besa.

Es un beso aceptable. No como el primero que nos dimos Blake y yo y que desató una explosión de fuegos artificiales en todo mi cuerpo, ese tipo de beso que seguía hormigueando en mis labios horas después, mientras me dormía sola porque él era demasiado caballeroso para llevarme a la cama la primera noche.

Pero ahora, cuando nos separamos, noto que para Elijah ha sido esa clase de beso con fuegos artificiales.

—Guau —jadea. Y aunque no haya sido un beso increíble, la expresión de su rostro lo compensa de sobra.

—Vamos a tu habitación —le digo.