Capítulo 57
E stamos en el dormitorio y Blake mira fijamente la botella de lejía que tengo en la mano. La que escondí en el armario después de que Goldy se quedase panza arriba.
—¿Qué hace esto en el armario? —le exijo que me diga.
Blake tiene una expresión de desconcierto en la cara.
Por mucho que lo odie, una parte de mí casi desearía darle un abrazo de nivel diez, porque la verdad es que da la impresión de necesitarlo.
No logra entender cómo ha ido a parar su teléfono a la habitación de Amanda ni cómo puede haberse manchado el cuello de su camisa con el pintalabios de nuestra inquilina.
No tiene más remedio que culparla a ella de todo. Está completamente desorientado.
—No tengo ni idea —dice, tragando saliva.
—¿Tú mataste a Goldy para inculpar a Whitney?
Me mira como si estuviera a punto de vomitar.
—¡No! Claro que no, por Dios. No es posible que pienses…
Esto me da la oportunidad de enumerar todas sus faltas, todas las cosas extrañas que ha hecho últimamente, aunque muchas de ellas no las haya hecho él, en realidad.
Blake me escucha como queriendo protestar, pero consciente en el fondo de que no voy a creerle.
Mientras tanto, voy metiendo mi ropa en una maleta.
—Empiezo a pensar que aquella vidente tenía razón —concluyo—. Si me quedo más tiempo, Dios sabe lo que serás capaz de hacer.
—Krista, no . —Parece a punto de llorar—. Yo jamás te engañaría y jamás te haría daño.
Eso es una sarta de mentiras. Cierro la cremallera de la maleta.
—Creo que será mejor que me vaya.
Y entonces él se planta delante de mí, cerrándome el paso.
—Blake, sal de en medio —le digo.
Él no se mueve. La tensión va en aumento. Por un instante, temo haberle presionado en exceso. Me da miedo que mi educado prometido se haya acabado rompiendo del todo. Y que quizá vayan a encontrar mi cadáver abajo, en medio de un charco de sangre.
Pero entonces Blake se hace a un lado.
No se ha dado por vencido, de todos modos.
Me sigue por la escalera a la planta baja, suplicándome todo el tiempo.
No puede saber que esta noche aún se va a poner peor si toma para cenar la comida china que sobró.
He cogido un puñado de pelos de Amanda del cepillo que hay en el baño y los he mezclado con los fideos, como una especie de aderezo adicional.
Él no los calienta ni los saca nunca del recipiente para comérselos.
Todavía sigue suplicando cuando llego a la puerta y no deja de hacerlo mientras me pongo la chaqueta y las zapatillas. Incluso me sigue afuera.
—Te quiero, Krista —dice.
Sí, ya.
Parece sorprendido al ver el taxi que aparece frente a nuestra casa, ya que no suelen pasar muchos por esta calle. No sabe que yo lo he pedido de antemano por teléfono, y la sincronización ha resultado impecable. Me subo al vehículo, aliviada por no tener que escuchar más sus mentiras.
Mientras el taxi arranca, me vuelvo para mirar por la ventanilla trasera.
Blake sigue plantado en la calle, observando cómo me alejo.
Veo que el señor Zimmerly sale de su casa, y una vez más la sincronización es perfecta.
En el peor momento posible, empieza a gritarle a Blake, seguramente para que retire los cubos de basura.
No los oigo, pero eso es lo único de lo que suele hablar ese hombre.
Por pura diversión, he estado añadiendo un poco de combustible a las llamas volviendo a sacar los cubos después de que Blake los retirase.
Lo he sorprendido varias veces mirando los cubos y rascándose la cabeza, como si estuviera seguro de haberlos guardado.
Estos pequeños detalles siempre funcionan.
Cuando doblamos la esquina, Blake ha empezado a replicarle a gritos al señor Zimmerly.
Blake lo odia, me consta. Y todos los vecinos lo saben también. Si algo le sucediera al señor Zimmerly, Blake sería el primer sospechoso.
Y eso me da una idea.