La inquilina Capítulo 56
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Capítulo 56

E stoy en la sala de estar hablando por teléfono con Becky de lo que se ha convertido en uno de nuestros temas favoritos: el estado de Blake y si es posible que esté perdiendo el juicio.

—Simplemente estoy preocupada por ti, Krista —me dice Becky.

Pero no está preocupada por mí del mismo modo que Elijah. Ella está preocupada por mí tal como yo quiero que lo esté.

—No debes preocuparte —digo de un modo que suena como si quisiera tranquilizarla, aunque en realidad yo también estoy preocupada—. Blake está…, bueno, pasando un momento difícil, pero se recuperará. Él no…, o sea, no me ha amenazado ni me ha pegado nunca.

—¿En serio estás dispuesta a esperar a que suceda eso? —me presiona ella.

Amanda entra por la puerta principal. Parece exhausta. Me dirige un desganado gesto de saludo y sube fatigosamente por la escalera.

—Si quieres —dice Becky—, estás invitada a venir y quedarte con nosotros todo el tiempo que necesites. Tenemos una habitación extra…

—Eres muy amable —contesto—, pero no hace falta. Aquí estaré bien.

—¿No recuerdas lo que dijo aquella vidente? ¿Y si resulta que te mata a puñaladas?

Casi suelto una carcajada.

—Eso no va a pasar, Becky.

Aunque lo digo con un deje nervioso. Como si pensara que cabe la posibilidad de que Blake me haga daño.

Becky dice algo más, pero no lo oigo, porque de repente suena por la casa un alarido ensordecedor. Sujeto el teléfono con más fuerza, alzando la mirada hacia el techo.

—Becky —digo—. Tengo que dejarte.

—De acuerdo —responde—. Pero, si Blake hace algo violento, sales de ahí de inmediato. Malcolm tiene coche y podemos recogerte en cinco minutos.

—Gracias —contesto con tono lloroso—. Eres una buena amiga, Becky.

Cuelgo y empiezo a subir por la escalera hacia el segundo piso. Amanda no ha vuelto a gritar, pero al acercarme a su habitación oigo que está sollozando. ¿Ahora qué pasa?

Llamo a la puerta con suavidad.

—Aman…, eh, Whitney.

Hay un largo silencio antes de que responda.

—¿Qué?

—Soy Krista. ¿Va todo bien?

Ella abre la puerta de golpe. Tiene su preciosa cara cubierta de lágrimas y los ojos hinchados y enrojecidos.

—¿Qué sucede, Whitney? —pregunto.

—Blake me ha tirado fruta podrida y llena de gusanos por toda la cama —acierta a decir, gimiendo—. Eso es lo que ha hecho tu novio.

Alzo las cejas de golpe. ¿Blake ha hecho esto? Guau, está perdiendo la chaveta de verdad.

Quizá no sea tan inofensivo como creía.

Me tapo la boca con la mano.

—Ay, Dios mío. ¡Qué espanto! ¿Tienes idea de por qué lo ha hecho?

—¡Porque está fuera de sí! —Solloza—. Es una persona horrible.

Se pasa el tiempo dejándome notas desagradables y me mira como si quisiera verme muerta.

—Se vuelve hacia la cama, donde en efecto hay unas manzanas podridas y llenas de gusanos esparcidas por toda la manta, que tal vez debamos tirar.

No se me había ocurrido que él podría hacer algo así cuando encontrara la bolsa con la fruta podrida—.

No creo que pueda aguantar mucho más. Quizá… deba mudarme.

Esto no va bien. Amanda quiere marcharse y Blake ha empezado a hablar de vender la casa. Voy a tener que acelerar las cosas.

—¿A dónde irás? —le pregunto.

—No lo sé —dice con tono desvalido—. Ya quemé a todas mis amistades instalándome en su sofá antes de mudarme aquí. No creo que pueda volver a pedírselo. Y… no tengo mucho dinero.

Amanda me está haciendo confidencias. Este quizá sería un buen momento para decirle lo que sé de ella. Quiero que confíe en mí y eso sería un paso importante. Pero lo fundamental es que necesito que ella me confiese lo que ha hecho, porque debo estar segura al cien por cien.

—Escucha. —Entro en su habitación y cierro la puerta para que estemos a solas—. Quiero que sepas… que lo sé.

En sus ojos aparece un destello de temor, aunque ella trata de mantener la compostura.

—¿Qué es lo que sabes? ¿A qué te refieres?

—Tú ya sabes a qué me refiero…, Amanda.

Ella sofoca un grito y da un paso atrás.

—Yo…, yo no…

—Tengo un amigo informático que me dijo que tu permiso de conducir parecía una falsificación, así que se puso a investigar un poco —le explico—. Pero no te preocupes. Blake no lo sabe. No se lo he contado a nadie.

Ella frunce el ceño, juntando las cejas.

—¿No se lo has contado a nadie ?

Bingo.

—Absolutamente a nadie.

Amanda se sienta en el borde de la cama, lejos de las manzanas y los gusanos, y se tapa la cara con las manos.

—No entiendo cómo ha sucedido todo. ¿Cómo es posible que mi vida se haya convertido en esto ?

—Si quieres que hablemos…

Ella alza la cara.

—¿Me juras que no se lo contarás a nadie?

—Te lo juro por mi vida.

Y eso es completamente cierto.

Ella cierra los párpados con fuerza. Una lágrima rueda por cada una de sus mejillas.

—Mi madre tenía cáncer. Cáncer de estómago. El pronóstico era fatal, sobre todo sin tratamiento. Pero el tratamiento… no era barato y su seguro no lo cubría.

—Ah —musito.

—No puedes ir a un banco y pedir un crédito para hacer quimioterapia —murmura sin mirarme a los ojos—. Así que le pedí prestado el dinero a otra gente. Una gente que no hacía demasiadas preguntas.

—Entiendo.

Yo había supuesto que Amanda estaba huyendo por motivos criminales.

Y resulta que lo hacía porque había intentado conseguir dinero para pagar un tratamiento para el cáncer de su madre.

En cierto modo, esto me irrita todavía más.

Amanda tenía una madre que la quiso lo suficiente como para que ella hiciera cualquier cosa con el fin de salvarle la vida.

Eso es muchísimo más de lo que yo he tenido nunca.

—Y luego, por supuesto, mi madre murió igualmente.

—Amanda se ríe sin alegría—. Después de todo ese dinero, del catéter de quimioterapia, de los vómitos, de la caída del pelo…

, ni siquiera vivió tanto tiempo como el que le habían pronosticado sin el tratamiento.

Y entonces me quedé atrapada con toda aquella deuda.

—Hace una mueca—. No es una situación en la que puedas declararte en quiebra, ¿sabes?

Si no encontraba el dinero, esa gente iba a matarme.

—Así que cambiaste de nombre…

—Usé el poco dinero que tenía para adquirir una nueva identidad —me explica—. Whitney Cross era una adolescente que desapareció hace un tiempo, probablemente asesinada o algo así. Ella no estaba usando su identidad y yo la necesitaba.

Aprieto los dientes. Yo no fui asesinada , por el amor de Dios.

¡Menuda idea! Solo dejé de utilizar mi identidad durante un tiempo.

Pero eso no le daba a ella el derecho de apropiársela.

El hecho de que no le haya pasado nada desde que se convirtió en Whitney Cross quiere decir que yo habría podido volver a mi antigua identidad sin problemas.

Es decir, si ella no me la hubiera robado .

—Esta es mi patética historia —concluye Amanda—. Si se la cuentas a alguien, estoy muerta. Así que espero que no lo hagas.

Me siento a su lado en el borde de la cama.

—Tu secreto está a salvo —la tranquilizo—. De hecho, me parece maravilloso cómo intentaste ayudar a tu madre.

—Inútilmente —dice ella—. Mi madre se puso furiosa cuando supo cómo había conseguido el dinero para su tratamiento. Ella no quería esto para mí. Había trabajado muy duro para poder darme una educación, y ahora…

Ah, ahora el gran drama. Pidió prestado dinero a un usurero y le salió el tiro por la culata. ¿Qué esperaba?

—Escucha —digo—, ahora que me has explicado todo esto, quiero contarte un secreto mío.

Ella me mira con interés.

—¿Qué?

—Estoy pensando en dejar a Blake.

Amanda se queda con la boca abierta.

—¿En serio?

—¿Tanto te sorprende? Tú lo consideras un psicópata.

—Claro. Pero…

—Él antes no era así. Cada vez me da más miedo. —Me estremezco—. Tengo que alejarme de él antes de que suceda algo terrible. Me inquieta que pueda llegar… a hacerme daño.

Me coge la mano. Yo la dejo hacer, aunque desearía darle un bofetón.

—Pero necesito algo más de tiempo —continúo—. No dispongo de muchos ahorros y quiero asegurarme de tener el dinero suficiente y un lugar a donde ir.

—Lo comprendo a la perfección —dice Amanda.

—Quizá —añado— podríamos coger un apartamento entre las dos y pagarlo a medias.

Por primera vez desde que se mudó aquí y empezó a ver las cosas que Blake hacía, se le ilumina el rostro.

—Eso sería genial, Krista. Me encantaría.

Le devuelvo la sonrisa haciendo un esfuerzo, aunque la mía me parece como de plástico.

—Echa un vistazo a los apartamentos en alquiler. Si encuentras algo, avísame.

Ella asiente con entusiasmo.

—Te apuesto cinco pavos a que encontramos un sitio tan grande como este en Staten Island por una cuarta parte del precio.

¿En Staten Island? ¿Está de broma?

—Venga. Vamos a limpiar este desastre.

Ayudo a Amanda a limpiar la manta y las sábanas.

Para que conste, estoy furiosa con Blake por haber hecho esto.

¿Qué demonios le pasa? ¿Por qué no podía tirar esas manzanas llenas de gusanos a la basura, como cualquier persona normal?

Por lo visto, toda la tensión está haciendo que su comportamiento se vuelva un poco más imprevisible de lo que esperaba.

Ahora me veo obligada a limpiar otro de sus estropicios.

Hacen falta varios viajes y un montón de detergente, pero al final conseguimos dejarlo todo limpio. Me enjuago esos restos repugnantes de manzana de las manos en el fregadero de la cocina. Amanda, mientras, está rociando su habitación con mi ambientador.

Después de secarme las manos, deambulo por la sala de estar, donde Goldy nada dando vueltas en su pequeña pecera.

Blake y yo la compramos cuando nos mudamos aquí.

Era nuestra primera mascota. Pensábamos que algún día pasaríamos a un animal que requiriese más responsabilidad y más amor, como un gato.

Y luego tal vez a un perro. Y, algún día, a un hijo.

Pero no va a suceder nada de eso. Ya no.

Gracias a Blake.

Me acerco a la pecera de Goldy. Doy unos golpecitos en el cristal y ella me mira. Es un buen pez. Nos ha entretenido mucho durante el tiempo que la hemos tenido, aunque ese tiempo está llegando rápidamente a su fin. Más rápidamente de lo que yo creía.

—Adiós, Goldy —digo con tristeza—. Lamento esto, pero debes saber que la culpa es de Blake.

Goldy era un símbolo de la vida que estábamos iniciando juntos. No deja de ser lógico que, ahora que nuestro futuro se está yendo por el retrete, ella sea la primera en seguir el mismo camino.