La inquilina Capítulo 55
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Capítulo 55

B lake y yo apenas salimos ya a cenar.

No tenemos mucho dinero, así que cenar fuera es un lujo que no nos podemos permitir. Por suerte, a mí me gusta cocinar y me encanta preparar cosas al horno, así que tampoco representa un gran sacrificio para mí.

Hoy es viernes por la noche y hemos decidido salir.

Hemos ido a ese cuchitril mexicano barato que es famoso por sazonar en abundancia la comida con deliciosas salsas picantes.

A decir verdad, es más bien un local de comida para llevar, porque se pide todo en el mostrador.

Una vez que has hecho el pedido, te traen la comida a los asientos que hayas encontrado libres.

Y, si te tomas un margarita, te lo sirven con una pequeña sombrilla dentro.

Blake está sentado frente a mí mientras esperamos.

Él ha pedido un burrito de carne y yo, para evitar los carbohidratos, un burrito bowl; al fin y al cabo, volveré a estar soltera muy pronto.

Blake lleva una camiseta y se rasca el brazo sin darse cuenta.

Tiene una erupción horrenda a causa de las pequeñas cantidades de detergente aromatizado que he ido añadiendo al suyo, que es hipoalergénico.

La erupción ya le deja la piel roja e irregular de por sí, pero además tiene unas fuertes marcas de rascado por todo el brazo porque le pica muchísimo.

También tiene cercos oscuros bajo los ojos de no dormir bien.

Ya sufría insomnio desde que perdió su trabajo, pero a mí se me ha ocurrido la brillante idea de poner en mi teléfono, en mitad de la noche, una grabación a todo volumen de unos golpes espantosos.

Escondo el móvil en lo alto del armario, de manera que suena como si viniera de arriba, y, en cuanto Blake sale de la habitación para echarle la bronca a Amanda, lo apago.

Dudo que haya podido dormir pasablemente una sola noche durante todo el último mes.

Resulta fácil sacar de quicio a una persona cuando la conoces bien.

Casi me compadezco de él.

Casi.

Blake y Amanda se odian. Yo he contribuido bastante dejando notitas adhesivas en la parte interior de la puerta de ella.

Están firmadas con el nombre de Blake y dicen cosas como «No vuelvas a dejar encendida la luz de la cocina» y «Por favor, pide permiso para utilizar nuestra televisión con veinticuatro horas de antelación».

Ahora, cuando están juntos, ella parece querer estrangularlo con sus propias manos.

Si tuviera otro sitio a donde ir, ya se habría marchado.

Pero como su último casero cree que es traficante de drogas, no tiene demasiadas opciones.

—Estoy pensando en vender la casa —me dice Blake de golpe.

A mí se me cae el alma a los pies. Si la vende, Amanda tendrá que mudarse y se habrá acabado la historia.

—¿Cómo? Tú adoras nuestra casa.

—Sí —reconoce—. Pero ya no puedo permitírmela, Krista. No puedo hacer frente a los pagos de la hipoteca. Encontraré otra más barata, quizá en Queens o algo así.

—¿En Queens? Ay, Dios. Los dos tendremos que hacer un trayecto espantoso para llegar al trabajo.

—Lo sé. —Se pasa la mano por el pelo, que le queda un poco erizado. Antes era el tipo más atildado que he conocido; ahora va hecho un desastre—. Pero ¿qué quieres que haga? No puedo pagar la hipoteca.

—¿Y qué hay de Whitney?

Hace una mueca, la misma que hace siempre que la menciono.

—¿Qué pasa con ella?

—Ya nos hemos gastado los dos meses que nos adelantó, más el depósito. Tendremos que devolvérselo.

—Ya…

Nos interrumpe un camarero que se acerca con nuestras cestas de comida. Blake baja la mirada a su burrito como si no tuviera el menor interés en comérselo. Vuelve a rascarse el brazo.

—No sé —dice al fin—. No veo otra salida.

Tengo que idear algún modo de evitar que venda la casa, al menos durante un poco más de tiempo. Pero me distraigo cuando veo una cara conocida que entra en el local, va al mostrador y se pone en la cola detrás de una familia de cuatro personas.

Es Elijah.

¿Qué demonios hace aquí?

Blake echa una mirada por encima del hombro.

—Oye, ¿ese no es uno de los tipos que vino a ver la habitación?

Le miro parpadeando.

—¿Quién?

—Ese tipejo bajito con perilla y esa gorra con un pingüino. —Echa otra mirada—. Me acuerdo de esa gorra absurda. ¿Tú no?

Meneo la cabeza despacio.

—No sé. Pasó tanta gente. Quizá me suena algo…

Maldita sea, Elijah. Ahora que Blake ha vuelto a concentrarse en mí, Elijah está mirando en nuestra dirección. No es una coincidencia que esté aquí. Él vive en Brooklyn. No puede ser una casualidad que haya venido al mismo restaurante que nosotros un viernes por la noche.

¿Me estará siguiendo?

—Perdona —le digo a Blake—. Tengo que ir al baño.

Cojo el bolso y me apresuro hacia el único baño del local, donde resulta que hay un cartel de FUERA DE SERVICIO.

El pomo gira, sin embargo, así que me meto dentro y cierro la puerta.

La taza del váter está inundada de toallitas de papel —inutilizable—, pero no es eso lo que he venido a hacer aquí.

Me encierro por dentro y busco el número de Elijah en mi teléfono. Me responde al segundo tono.

—¿Qué estás haciendo aquí? —cuchicheo entre dientes incluso antes de que pueda decir hola—. ¿Me estás siguiendo?

—No —dice enseguida.

—Elijah…

—Vale, de acuerdo. Un poco. —Carraspea—. Estoy preocupado por ti, Whitney.

— Krista .

—Blake no tiene buen aspecto —continúa él—. Parece… desquiciado.

Las luces del baño parpadean.

—Ya, resulta que ese es el objetivo de todo esto, maldita sea.

—Sí, pero… ¿estás a salvo con él? ¿Y si tiene una crisis nerviosa de verdad?

—Blake no va a hacerme daño.

—Pero ¿y si lo hace? ¿Qué hay de lo que dijo esa vidente?

Pongo los ojos en blanco. No puedo creer que ahora me venga con esas.

Solo se lo conté porque pensaba que era increíblemente divertido y necesitaba comentarlo con alguien.

Bueno, también lo comenté con Becky y Malcolm, pero, cuando se lo dije a ellos, tuve que actuar como si realmente me lo creyera.

—Blake no es violento —le aseguro—. Te lo prometo, no va a hacerme daño. No creo que haya dado siquiera un puñetazo en toda su vida.

—Solo estoy preocupado por ti…

Me siento como una idiota por gritarle a Elijah, cuando todo se reduce a esto. Está preocupado por mí.

—Tienes que dejar de seguirme —le digo—. Blake te ha reconocido. Si continúas haciéndolo, se dará cuenta y se asustará.

—Vale. —Por fin parece entenderlo—. Dejaré de hacerlo. Perdona.

Estoy empezando a pensar que, si bien Elijah ha sido mi mayor recurso desde que me fui de casa, también se está convirtiendo en un lastre considerable. Sabe demasiado y se preocupa demasiado. Es un problema.

Pero es un problema que debo posponer de momento. Tengo otras cosas de que preocuparme.