Capítulo 49
D espués de descubrir esos mensajes en el teléfono de Blake, doy vueltas y vueltas en la cama durante gran parte de la noche.
Cuando descubrí que Jordan me engañaba, todavía estaba haciendo secundaria y viviendo con mis padres.
No puedo afirmar que tuviera una relación muy buena con ellos, por decirlo suavemente.
Mis padres siempre me culparon por un estúpido accidente que se produjo cuando yo era una cría.
¿Quién le guarda rencor a una niña ? Mi padre decía que era una sociópata, a pesar de que yo solo tenía siete años y no sabía lo que significaba esa palabra.
De todos modos, Joey estaba bien. Solo se había roto un brazo.
No es que sufriera una lesión cerebral. No impedí que su niño mimado llegara a conseguir ese sofisticado puesto como banquero de inversiones.
La relación con mi padre ya nunca fue igual después de aquel incidente, pero a mí siempre me tuvo sin cuidado lo que él pensara. Y ahora está muerto, de todos modos.
¿Tan malo es querer vengarse de la gente que te ha hecho daño?
Cuando estaba en la escuela intermedia y mi mejor amiga, Ashley Cerutti, decidió que yo ya no era lo bastante guay para formar parte de nuestro grupo de amigos, ¿tenía que haberme encogido de hombros y decir: «No hay problema»?
¿Quedarme de brazos cruzados mientras ella me quitaba a todos mis amigos?
En fin, si no quería que se le incendiara el pelo, no debería haber llevado tanta laca.
Cuando toda la escuela descubrió que Jordan estaba engañándome, corrí a casa a contarle a mi madre lo que había ocurrido. Ella estaba en la cocina, pelando patatas para la cena, cuando entré sollozando.
Me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa, Whitney?
—¡Jordan me ha engañado! —exclamé.
Ella podría haberme estrechado entre sus brazos. Era lo que yo esperaba que hiciera. Quería llorar hasta hartarme mientras ella me acariciaba el pelo y me decía que Jordan era un canalla y que encontraría a alguien mil veces mejor. Y luego comeríamos juntas masa de galleta, mi golosina favorita.
Pero lo que hizo fue mirarme y decir:
—Quizá si no hicieras tantas locuras, él no lo habría hecho.
Y siguió pelando patatas.
Esa noche, en mi habitación, comí yo sola masa de galleta mientras sollozaba sobre la almohada y maquinaba un modo de hacérselo pagar a Jordan.
Así que al final estuvo bien que mi madre no me hiciera caso cuando le conté lo de Jordan.
Porque, si me hubiera hecho caso, él nunca habría comprendido lo mal que se había portado.
Nunca habría reconocido lo que me hizo, y menos aún llorando y suplicándome que arregláramos las cosas.
¡Como si él pudiera arreglarlo! Estoy segura de que se habría convertido en el futuro en una persona terrible que habría hecho daño a muchas otras mujeres. Le hice un favor al mundo.
Cuando Blake y yo empezábamos a ir en serio y me presentó a su padre, comprendí que yo debía hacer lo mismo.
Al principio de nuestra relación, le había contado lo del ataque al corazón de mi padre, pero reconocí que mi madre aún vivía.
Debería haberle dicho que ambos habían muerto, porque él entonces tenía la expectativa de conocerla.
Que Blake conociera a mi madre real estaba descartado, claro. Pero encontré una escuela de interpretación en el East Village y abordé a uno de los profesores para preguntarle si había alumnos de mediana edad que pudieran estar interesados en un trabajillo adicional.
Así es como conocí a Wanda.
Wanda tenía cincuenta y dos años, y era perfecta . Mi madre se parece más a mí, pero Wanda se me acercaba lo suficiente con su pelo rubio teñido y su tez blanca. Nos tomamos un café en la terraza de una cafetería, junto a Washington Square Park, y hablamos del papel que yo quería que interpretara.
—A mí me encanta hornear —le expliqué a Wanda—, así que podrías contarle que preparábamos galletas sin parar cuando yo era pequeña.
Mi madre real horneaba galletas muy a menudo, pero dejamos de hacerlo juntas casi del todo después del accidente de Joey. Ella no parecía querer pasar mucho tiempo conmigo después de aquello.
—A mí no se me da muy bien cocinar al horno —reconoció Wanda—. ¡No creo que haya hecho galletas en toda mi vida!
—Es muy fácil —le dije yo—. El secreto está en la mantequilla.
Entonces le expliqué que siempre usaba una mantequilla de gran calidad que dejaba a temperatura ambiente durante quince minutos exactos, ni más ni menos. Wanda asentía y tomaba notas en un trozo de papel.
—Parece un buen tipo, ese Blake —dijo ella, después de que le explicara con detalle cómo preparar unas galletas de canela perfectas y lo mucho que las disfrutaba él—. Da la impresión de que te gusta de verdad.
—Oh, sí.
Ella frunció el ceño mientras daba un sorbo a su capuchino.
—Entonces ¿por qué no le cuentas la verdad sobre tu madre? Apuesto a que lo comprenderá. Vamos, no es que quiera renunciar a este trabajo, pero me parece que la verdad es siempre la mejor política.
En aquel momento, a mí me habría encantado poder presentarle a Blake a mi madre real.
Me habría gustado tener una familia normal a la que pudiéramos visitar juntos en New Jersey y que ella lo hubiera acribillado con montones de preguntas entrometidas, que él se hubiera mostrado irritado más tarde y que luego nos hubiéramos reído al recordarlo.
Pero yo no podía contarle la verdad. No podía contarle que mi madre no me miraba con buenos ojos porque pensaba que yo era una sociópata, que ni siquiera debía de acordarse de mí y que probablemente pensaba que estaba muerta. No, mejor dicho, que esperaba que estuviera muerta.
—No —repuse—. Él no lo entendería.
Acabé contratando a Wanda y ella interpretó su papel a la perfección.
Actuó de un modo cariñoso, pero no demasiado, e incluso le hizo a Blake un afable interrogatorio sobre sus intenciones respecto a mí.
A mí me encantó cómo respondió él a esas preguntas.
Compartimos con Wanda varias comidas agradables antes de que yo le contara apenada a Blake que mi madre iba a regresar a su casa en Idaho.
Me había imaginado que volveríamos a verla en nuestra boda, pero ahora no parece que eso vaya a suceder.
No, Blake y yo hemos terminado.
Finalmente, a las cuatro de la madrugada renuncio a dormir. Me levanto de la cama y cruzo con sigilo nuestra habitación hasta el armario. Saco una caja de zapatos que tengo escondida al fondo y bajo con ella a la sala de estar.
A Blake no le interesan en absoluto mis zapatos, así que no me preocupa que vaya a revisar las cajas.
Me siento en el sofá y quito la tapa de la caja, que está repleta de cartas sin enviar, escritas en hojas de papel blanco y dobladas en tres partes.
Saco una del montón, fechada un mes atrás, y empiezo a leerla:
Querida mamá:
Blake me ha sorprendido hoy. No era ninguna ocasión especial, pero me ha comprado una rosa roja en una floristería que hay en el trayecto que hace de vuelta a casa desde el metro.
Me gustaría más que nada en el mundo que pudieras asistir a nuestra boda, porque quiero que veas que soy una buena persona.
Tú y papá os equivocabais sobre mí. Lo único que necesito es el hombre adecuado que me haga feliz.
Vuelvo a doblar la carta, incapaz de continuar.
Es doloroso leer mis propias palabras, escritas cuando creía que Blake y yo acabaríamos teniendo juntos un final feliz.
Ahora todo se ha desmoronado. Quizá yo tenía razón, quizá soy una buena persona y lo único que necesito es el hombre adecuado que me haga feliz.
Pero Blake no es ese hombre. Tal vez no exista.
Pienso en cómo interpretó Wanda el papel de mi madre, cuando salimos los tres a cenar. Aunque aquello no era real, fue la mayor muestra de afecto que había recibido de una figura materna en muchos años. Cuando terminó, añoré con dolor a mi propia madre.
Pero no puedo ver a mi madre. No puedo verla porque no puedo volver a Telmont.
Y, de todos modos, ella probablemente cree que estoy muerta.
E, incluso si pudiera verla, mi madre no me daría el consuelo que necesito.
No me acariciaría el pelo ni comería masa de galleta conmigo.
Me diría que levantara el ánimo y que, si Blake me ha engañado, es por mi culpa.
No es de extrañar que Blake no me quiera. Ni siquiera mi propia madre fue capaz de quererme.
Aun así, escribirle se ha convertido en un hábito en los últimos quince años. Así que saco otra hoja y redacto otra carta que nunca enviaré.
Querida mamá:
Bueno, ha vuelto a suceder. El hombre al que amaba me ha traicionado del modo más horrible.
Ya sé que tú no crees que sea digna de ser amada, y quizá tengas razón. Tú no crees que yo merezca una vida feliz con un hombre decente. Yo pensaba que Blake era el hombre que demostraría que estabas equivocada, pero lo que ha hecho es burlarse de mí.
¿Cómo ha podido hacer eso, mamá? ¿Cómo puede decirme que me ama y quiere casarse conmigo y luego tratarme así?
Tú siempre me decías: «Déjalo pasar». Lo que querías decir en realidad es que yo debería dejar que él se saliera con la suya.
Pero eso no lo voy a consentir. No dejaré que Blake se salga con la suya después de lo que me ha hecho.
Voy a hacérselo pagar. Igual que a Jordan. Igual que a los demás.
Te quiero,
Whitney