Capítulo 47
I ntento esperar despierta a Blake por las noches, pero resulta difícil cuando vuelve a casa cerca de las doce.
Vale la pena, eso sí. Cuando llega y me ve sentada en el sofá, esperándolo, quizá con una bandeja llena de galletas recién hechas, parece contentísimo.
La radiante sonrisa que se extiende por su rostro hace que me fallen las rodillas, incluso después de casi dos años.
Como he dicho, estoy deseando ser su esposa.
Yo quería realmente a Jordan. Pensaba que algún día nos casaríamos, aunque ahora reconozco que las relaciones en secundaria no están hechas para durar. Cuando descubrí que me estaba engañando, aquello me destruyó . Me rompió por dentro.
Por eso tuve que hacer lo que hice. No soy una sociópata homicida. Tan solo sabía que no podría ser feliz mientras Jordan siguiera en este mundo.
Así que solucioné el problema.
Blake es el primer hombre que he amado desde Jordan.
La primera vez que se presentó con su traje para que lo laváramos en seco, supe que él era el definitivo.
Por eso seguí haciéndole falsos descuentos en la tintorería hasta que me pidió una cita.
¡Le costó bastante, desde luego! Aunque estaba claramente interesado, no me lo pedía, así que investigué para ver qué ocurría.
Tras apostarme frente a la dirección que Blake había dejado en el resguardo de sus trajes, descubrí que estaba saliendo con una chica flacucha de pelo rubio platino que fumaba como una chimenea, un hábito asqueroso.
Mientras estaban juntos en un restaurante, pagué a una camarera para que alertara a la chica de que él había estado allí con otra hacía solo unos días, actuando de un modo apasionado.
Ella lo hizo mientras Blake estaba en el baño, y la expresión en la cara de su novia fue la que yo me esperaba. Pocos días después, él me pidió salir.
Aquella chica no lo habría hecho feliz a la larga. Está claro que le hice un gran favor a Blake.
Esta noche, es cerca de la una cuando suena la llave en la puerta de la casa a la que nos mudamos juntos hace unos meses.
Tiene tres habitaciones, y yo supe que Blake no tardaría en proponerme que nos casáramos cuando él mismo mencionó que la de en medio sería perfecta como cuarto para los niños.
Fue un gesto precioso que me sugiriese que tuviéramos un pez a modo de ensayo para cuando fuéramos padres, y yo he asumido muy en serio mis responsabilidades maternas con el pececito para probarme a mí misma ante él.
Y procuro ser comprensiva respecto a su trabajo, porque sé que este ascenso es importante para él, pero me cuesta.
Me esfuerzo todo lo posible, eso sí. Intento actuar como la esposa que él quiere que sea.
Me levanto del sofá justo cuando él entra tambaleante en el vestíbulo.
Lleva alborotado ese pelo castaño suyo y la corbata floja alrededor del cuello.
Me tomo un segundo para mirarlo. Es muy guapo, pero apenas parece consciente de ello.
Quizá por eso no es tan egocéntrico como otros hombres atractivos con los que he salido.
Últimamente, me ha estado diciendo que quiere darme todas las cosas que su padre, por falta de dinero, no pudo darle a su madre antes de que ella muriera.
Es decir, está centrado en la relación a largo plazo.
Cuando entra en la sala de estar y me ve allí de pie, espero ver cómo se extiende por su rostro esa sonrisa que tan bien conozco. Pero, en cambio, él parece solo sorprendido.
—Krista —dice—, no sabía que estarías despierta. Es casi la una de la madrugada.
—Te he esperado levantada —respondo con orgullo.
—Ah.
—Y te he preparado galletas.
Eso debería provocarle alguna reacción. A él le encantan las galletas que yo preparo; siempre le ponen una sonrisa en la cara. Esta vez, sin embargo, se da una palmada en el vientre.
—Mejor que no. Estoy empezando a echar barriga.
No es cierto, en absoluto. Además de trabajar, va religiosamente al gimnasio dos veces a la semana. Está más cerca de tener una tableta impecable que de echar barriga. Además, ¿cuándo se ha preocupado de eso? ¿A quién tiene que impresionar? Al fin y al cabo, yo ya estoy enamorada de él.
Blake se acerca para darme un beso y yo espero que sea uno de esos largos e interminables que con frecuencia nos acaban llevando a la cama. Pero, en lugar de eso, me da un piquito en los labios. El tipo de beso que le das a tu esposa cuando llevas con ella cuarenta años.
Y, cuando se aparta, observo algo más: tiene mal abrochada la camisa.
Me apuesto cualquier cosa a que Blake no ha pasado toda su jornada de dieciséis horas con la camisa mal abotonada. Es imposible. En algún momento se la ha desabrochado. Y luego ha vuelto a abrochársela a toda prisa antes de volver a casa.
Además, noto un olor a perfume.
Pero no, me estoy poniendo paranoica. Blake no me engañaría. Es un buen tipo, no como Jordan. Quiere pasar su vida conmigo. Quiere llenar de hijos las habitaciones de arriba. Me ama.
Y sin embargo…
Le deslizo los dedos por el pecho.
—¿Sabes? —digo con tono juguetón—, yo no estoy muy cansada. ¿No te apetecería un poco de diversión?
—Krista. —Me mira atónito—. ¡Es la una de la mañana!
Eso nunca lo ha detenido. Hemos tenido sexo a cualquier hora de la noche. A él siempre le apetece, si me apetece a mí.
Salvo en este momento, al parecer.
Se inclina y vuelve a darme un piquito en los labios.
—Perdona. Estoy hecho polvo esta noche. Esa campaña Henderson me está matando. Pero mañana… —Esboza una sonrisita—. Te daré un buen meneo, ¿vale? ¿Lo dejamos para entonces?
—Ajá —digo, alicaída.
Me mira un momento y luego me sorprende atrayéndome hacia sí para darme un fuerte abrazo.
—Te quiero, Krista. Mucho. Estoy deseando casarme contigo, cariño.
—Yo también te quiero —respondo.
Le quiero, sí. Mucho.
Pero no me fío de él.