Capítulo 46
A unque no he hablado con Elijah Myers desde hace más de un año, cuando le digo que quiero que nos veamos, está disponible en solo una hora.
Acabamos viéndonos en nuestro sitio habitual, un parque bastante tranquilo del centro de Manhattan que no queda nada cerca de donde vivimos ninguno de los dos. Nunca he estado en el apartamento de Elijah, pero sé que vive en Brooklyn. Cuando quedamos, él toma la línea D del metro para venir.
Elijah está esperando en un banco del parque y va con la misma gorra de béisbol con el pingüino de Linux que ha usado desde secundaria, solo que ahora da la impresión de haber conocido tiempos mejores.
Lleva la perilla un poco más arreglada que la última vez que lo vi, pero, aparte de eso, tiene la misma pinta de siempre.
Ni siquiera ha echado algún kilo desde el instituto.
Se levanta cuando llego al banco y se le iluminan los ojos, tal como suele suceder cuando llevamos mucho tiempo sin vernos.
—¡Whitney! —exclama.
—Krista —le corrijo, aunque en secreto me encanta que me llame Whitney. Es la única persona que todavía lo hace.
—Claro, perdona —se apresura a decir—. Es que… me alegro mucho de verte.
Da la impresión de querer darme un abrazo, pero no lo hace, cosa que me alegra. Elijah y yo no tenemos ese tipo de relación, aunque tengo la fuerte sospecha de que a él le gustaría que la tuviéramos. No se engaña, de todos modos. Sabe que esto no es una cita entre amigos.
Nos sentamos juntos en el banco. Elijah se estira el cuello de su camiseta de la Universidad Carnegie Mellon y me mira con curiosidad a través de sus gafas de montura metálica.
—Bueno, ¿qué pasa? —me pregunta—. ¿Qué necesitas?
—¿Tú crees —digo, bajando la voz— que cabe la posibilidad de que alguien haya empezado a usar mi nombre?
—Imposible —responde—. Cuando conseguí el documento de identidad de Krista Marshall, el nombre estaba completamente limpio. Lo comprobé varias veces. Nadie más lo está usando.
Cuando me fui de casa a los diecisiete años, fue Elijah quien me ayudó a conseguir un documento de identidad nuevo.
Era el mayor cerebrito en todo lo relacionado con la tecnología de nuestro instituto, y circulaban rumores de todo tipo sobre sus habilidades para el pirateo.
Nosotros nos conocimos en la clase de informática durante el tercer año de secundaria, en la época en la que yo pensaba que iría a la universidad y haría carrera en ese campo…
Qué le vamos a hacer. Pero al menos conocí a Elijah, y aquel fue sin duda el contacto más importante que he hecho en mi vida.
—No —digo—, me refiero al de Whitney Cross. ¿Podría ser que alguien estuviera usando mi antigua identidad?
La pregunta le da que pensar. Agradezco que no se limite a desechar mi inquietud. Elijah es meticuloso en este sentido.
—Es posible —reconoce—. Whitney Cross figuraba en la lista de personas desaparecidas, tú no has usado ese nombre desde hace mucho tiempo y yo he borrado de internet todas las menciones acerca de Jordan y de ti. Si alguien estaba buscando una identidad alternativa, ese era un nombre disponible.
No es esa la respuesta que quería oír.
—Ah.
Él frunce el ceño.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Hay alguien que creas que ha estado usando ese nombre?
Titubeo. No quiero explicarle más de lo necesario. Elijah tiene tendencia a hacer demasiadas preguntas.
—Quizá.
—Podría investigártelo —me propone. Y, cuando empiezo a protestar, añade—: No te cobraría nada.
Nunca me cobra. Solo los gastos de los materiales, como el coste de un nuevo pasaporte para Krista Marshall. E, incluso en ese caso, estoy segura de que me hizo una rebaja.
—De acuerdo —asiento—. Investígalo.
—Así lo haré. —Se arrellana en el banco—. Bueno, ¿cómo está…, eh…, Blake? ¿Todavía seguís juntos?
Por alguna razón, no me sorprende que recuerde el nombre de mi novio después de más de un año.
Sí me sorprende que no haya reparado en el gigantesco anillo de diamante que llevo en el dedo anular izquierdo.
Me toco el anillo de modo instintivo y jugueteo con la enorme piedra preciosa, girándola en el sentido contrario a las agujas del reloj.
—Sí —contesto—. Estamos prometidos, de hecho.
—Ah —dice—. Muy bien. Me alegro por ti.
Él ya debe de saber que, aunque Blake no hubiera aparecido en mi vida, nosotros dos no estaríamos juntos. Pero nunca se lo he dicho con estas palabras.
—¿Y tú? —pregunto por educación—. ¿Alguna persona especial?
Sus mejillas se enrojecen ligeramente.
—No. La verdad es que no.
—Bueno… —Echo un vistazo por encima del hombro.
Un artista callejero se ha instalado detrás de nosotros y está tocando a la vez una guitarra acústica y una armónica.
Se ha formado un pequeño corrillo de gente que arroja dinero en la funda abierta de la guitarra—.
Será mejor que me vaya. Te agradezco esto de verdad, Elijah.
—No hay de qué.
Cuando me pongo de pie, él hace otro tanto. Siempre ha sido bajito: tiene la misma estatura que yo cuando llevo tacones; es decir, mide un metro sesenta y cinco más o menos. Ese no es el motivo de que nunca vayamos a estar juntos. Aunque tampoco ayuda.
—Adiós, Whit…, eh, Krista —dice—. Te llamaré cuando averigüe algo.
—Gracias, Elijah.