La inquilina Capítulo 43
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Capítulo 43

L a señora Cross me invita a quitarme la chaqueta, pero me la dejo puesta, pensando que cabe la posibilidad de que deba salir de aquí pitando.

Me lleva a la sala de estar y me hace sentar en un impecable sofá blanco, con grandes y mullidos cojines.

Como el resto de la casa, la sala tiene un aspecto acogedor y pintoresco.

Puedo imaginarme a mí mismo apoltronado aquí en pleno invierno, con la chimenea encendida y una taza de chocolate caliente en la mano.

La madre de Whitney se sienta frente a mí en un sofá de dos plazas a juego, sin apartar los ojos de mi rostro. Cuando empieza a hablar, lo hace con un tono mesurado. Sus verdaderos sentimientos solo se manifiestan con un leve temblor en su voz.

—Usted está viviendo con Whitney —dice.

—Así es.

Ella baja la mirada a su regazo y alisa con cuidado una arruga de su falda beis.

—Creía que quizá había muerto. Debería haber supuesto que no era así.

Resulta chocante oír hablar a una mujer con tanta indiferencia de la muerte de su propia hija. Pero, ahora que conozco a Whitney, tampoco es tan sorprendente.

—Necesito ayuda —digo—. Me está arruinando la vida y ni siquiera sé por qué.

—Eso parece propio de Whitney. —Me lanza una sonrisa exenta de humor—. Pero, si ha decidido arruinarle la vida, tendrá un motivo. Siempre hay un motivo.

No se me ocurre cuál podría ser. Nunca había visto a Whitney antes de que se presentara aquel día buscando una habitación donde vivir. Sí, fui grosero con ella en el restaurante, pero eso no parece suficiente. Debe de tener otro motivo.

—Voy a contarle una pequeña historia sobre mi hija —dice la señora Cross, irguiéndose en su asiento—.

Tengo otro hijo más joven. Cuando él tenía cuatro años y ella siete, mi hijo le rompió sin querer una de sus muñecas.

No fue algo intencionado; él solo tenía cuatro años.

Al día siguiente los llevé a los dos al parque infantil, y ella esperó hasta que alcanzaron la parte más alta de las barras para empujarlo.

Joey me contó lo ocurrido cuando estaban enyesándole el brazo en urgencias.

—Cruza las piernas—. Cuando le pregunté después a Whitney por lo que había hecho, lo único que dijo fue: «Eso es lo que te pasa si no vas con cuidado».

Entonces la llevé a terapia, pero a ella no le gustó y se las arregló para que no fuéramos más.

—¿Cómo?

Sus ojos adquieren una expresión atormentada.

—Me robaba cosas, objetos que yo atesoraba, como el collar de diamantes de mi abuela o una antigua carta de mi difunto padre. Los destruía y luego dejaba los restos en un lugar donde sabía que yo los encontraría.

—Dios mío.

—Aprendí a tener mucho cuidado con mi hija, señor Porter. Y créame si le digo que eso no es lo peor que ha hecho. Ni de lejos.

Trago saliva. Ojalá hubiera sabido algo de todo esto —solo algo— antes de permitir que Whitney se mudara con nosotros. Ahora sospecho que he abierto una puerta que no puede cerrarse.

—He sabido lo de Jordan Gallo.

Ella se estremece.

—Sí, aquello fue terrible.

—¿Fue ella…? Quiero decir, ¿cree que fue ella quien…?

—¿Que si ella lo mató? —Hay un destello divertido en los ojos de la señora Cross y, por un momento, me pregunto si no será que «de tal palo, tal astilla»—.

Solo Whitney conoce la respuesta a esa pregunta.

Bueno, Whitney y Jordan. Si tuviera que conjeturar, diría que sí; creo que ella lo empujó desde la azotea.

Pero no puedo estar segura. Whitney tiene una forma de hacerte sufrir tal que, de repente, el suicidio parece una opción viable.

Sus palabras me sacuden hasta lo más hondo cuando pienso en los dos últimos meses.

—Sí —musito.

—Mi marido aún seguiría aquí si no hubiera sido por ella. —Baja los ojos—. Él no pudo resistirlo. Sufrió un ataque al corazón un mes después de que ella desapareciera.

—Cuando desapareció —pregunto—, ¿a dónde fue?

—Al principio, no lo sabía —dice la señora Cross—.

Todavía no lo sé con certeza. Los Gallo estaban creándole muchos problemas, así que entiendo que quisiera marcharse.

Nosotros denunciamos su desaparición, pero la policía consideró que se había fugado y, como no había una orden de detención contra ella, no se molestó mucho en buscarla.

—Ladea la cabeza con aire pensativo—. Es indudable que en algún momento salió del país.

Tres años después de desaparecer, nos envió una postal desde Braga, en Portugal.

Braga, en Portugal. Igual que el nombre de Telmont, me suena vagamente. ¿Por qué no logro recordarlo? Es pero que muy frustrante.

—Pero supe que había vuelto a Estados Unidos —añade.

—¿Cómo? ¿Contactó con usted?

—No. —La señora Cross se echa hacia delante, como para contarme un secreto—. Porque seis años más tarde, la chica por la que Jordan dejó a Whitney apareció asesinada.

Necesito un segundo para poder asimilarlo. El novio de secundaria de Whitney la engañó con otra chica, y ella lo mató de inmediato, esperó seis años y luego se cargó también a la chica. Todo por una estúpida infidelidad adolescente.

Eso requiere un género especial de locura.

—Así que debe comprender, señor Porter —me dice la mujer—, que, si usted le ha hecho algo a Whitney, ella no lo dejará correr. Ni al cabo de un año, ni al cabo de diez. Ella se encargará de hacérselo pagar, sin importar el tiempo que haga falta.

Me tapo la cara con las manos. No lo entiendo. Yo ni siquiera la había visto antes de que se mudara a mi casa y mucho menos había cometido un crimen imperdonable contra ella. ¿Por qué está haciéndome esto? ¿Por qué?

—¿Se encuentra bien? —me pregunta la señora Cross con delicadeza—. ¿Quiere tomar algo? ¿Un poco de agua?

Alzo la cabeza y asiento.

—Un vaso de agua sería genial. Gracias.

Una profunda depresión se apodera de mí. Esperaba que venir aquí resolvería todos mis problemas, pero no ha servido para resolver nada. La señora Cross no es más capaz de manejar a su hija que yo. Y todavía no entiendo por qué Whitney la ha tomado conmigo.

La mujer me deja solo en la sala de estar y desaparece en la cocina.

Me levanto para estirar las piernas y me acerco a la chimenea, sobre cuya repisa hay varias fotos enmarcadas.

Hay una de la señora Cross y de un hombre que supongo que es su difunto marido.

Y luego otra de un hombre de veintitantos, presumiblemente su hijo.

Tiene también una foto de familia que parece haber sido tomada hace mucho tiempo.

La señora Cross parece al menos quince años más joven que ahora.

Situados entre los padres, están sus dos hijos adolescentes: una versión mucho más joven del hombre de la otra foto y una chica.

Me quedo mirando la foto mientras me sube del estómago una sensación de náusea.

¿Qué demonios está pasando aquí?

La señora Cross vuelve con un vaso de agua en la mano. Aparto los ojos de la foto de familia y me vuelvo para mirarla. Le señalo con el dedo el marco de la fotografía.

—¿Qué es esto ?

—Es una foto familiar —responde a la defensiva—. Solo porque mi hija haya hecho algo terrible, no quiere decir que tenga que olvidarla por completo.

—Pero… —Meneo la cabeza—. ¿Quién es esta chica de la foto?

Ella me mira como si hubiera perdido el juicio.

—Es Whitney. Mi hija.

—Pero… esa no es…

Me vuelvo para examinar la foto de nuevo y comprobar que no me lo estoy imaginando. Luego miro a la señora Cross. Ahora sí veo el parecido.

—¿Señor Porter? —La mujer frunce el ceño—. ¿Se encuentra usted bien, joven?

No, no me encuentro bien. Estoy muy lejos de encontrarme bien.

Porque la chica adolescente de esa foto no es la mujer que ha estado viviendo en nuestra habitación de invitados, la que me ha estado atormentando. La que se hace llamar Whitney Cross. No, la adolescente de la fotografía es una persona completamente distinta.

Es Krista .