La inquilina Capítulo 42
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Capítulo 42

E spero en el coche durante más de una hora.

En un momento dado, me entra hambre. Me he saltado el desayuno y lo único que he almorzado ha sido una bolsa de patatas fritas del súper que había junto a la empresa de alquiler de coches.

Solo cuando ha pasado la primera hora recuerdo la bolsa de galletas de Krista.

Yo quería guardarlas, pero el estómago me ruge con la suficiente insistencia como para que decida comerme algunas.

Cuando el sabor a canela se extiende por mi boca, se me forma un nudo en la garganta.

Espero que estas no sean las últimas galletas que Krista prepara para mí.

La sola idea me deja casi sin aliento.

Durante todo este rato, he revisado el móvil un montón de veces para ver si ella ha respondido a mi mensaje. No lo ha hecho. Tengo que creer que es imposible que esos dedos pudieran ser suyos. La secuencia cronológica es demasiado apretada. Krista está bien. Solo que…

El tono del esmalte de uñas era muy parecido al que yo le he visto esta mañana. O al menos a mí me parece que lo era. Cada vez que lo pienso, se me encoge el estómago.

¿Por qué no responde a mi mensaje?

Ya son cerca de las cinco cuando un Chevrolet se detiene en el sendero de la casa amarilla. Me agazapo dentro del coche y observo a una mujer sesentona de pelo rubio oscuro que se baja del vehículo y camina hacia la puerta. Debe de ser la madre de Whitney. Se le parece un poco.

Aguardo unos minutos. No quiero abalanzarme sobre ella cuando apenas acaba de entrar. Voy a darle tiempo para quitarse los zapatos y relajarse un poco. Luego, una vez que se haya puesto cómoda, llamaré a la puerta. Me como otra galleta mientras tanto.

Cuando la mujer ya lleva diez minutos en casa, me bajo del coche. Vuelvo a recorrer el sendero hasta la puerta principal, esta vez sabiendo que alguien me abrirá. Solo espero que no me diga algo que no quiero oír.

Llamo al timbre y suenan unos pasos arrastrados en el interior.

Aún no he decidido qué voy a decirle a la madre de Whitney.

Tengo en mente varias historias que podría usar como tapadera, pero todas son muy pobres.

Si ella se da cuenta de que estoy mintiendo, me cerrará la puerta en las narices y se habrá acabado todo esto.

Me abre la mujer que supongo que es la señora Cross.

Vista de cerca, no se parece tanto a Whitney como yo creía; supongo que esta se parecerá más a su padre.

Desde lejos, he calculado que debía de tener sesenta y pico, pero, ahora que la tengo delante, veo una red de arrugas en torno a sus ojos y una mirada atormentada que me recuerdan a lo que veo cuando me miro a mí mismo en un espejo.

Es en este momento cuando decido contarle la verdad.

—¿Señora Cross?

Ella me mira con recelo.

—Sí…

—Me llamo Blake Porter —digo—. Y… la cuestión es que, desde hace cinco meses, tengo una inquilina llamada Whitney Cross. Y…

Por un momento, no puedo continuar al pensar en todas las cosas horribles que han sucedido desde que Whitney se mudó a mi hogar.

La comida podrida en la cocina. La marcha de Krista.

El asesinato del señor Zimmerly. Y ahora esos dedos desmembrados que Dios sabrá de quién son.

(Por favor, que no sean de Krista). Es algo abrumador.

Y, aunque antes la idea de venir aquí me parecía que era lo que debía hacer, ahora ya no estoy seguro.

¿Y si no sirve de nada?

La señora Cross escruta mi rostro y, al parecer, ve en mí lo mismo que yo he visto en ella. Extiende el brazo y me pone la mano en el hombro. No puedo por menos que pensar: «Esta mujer lo entiende».

—Pase, señor Porter —dice—. Tenemos que hablar.