La inquilina Capítulo 40
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Capítulo 40

E l asunto del coche va a ser un problema. Es decir, yo no tengo uno y alquilarlo es caro.

En gran parte, tener coche es un lastre cuando vives en Manhattan. Las calles son peligrosas y el aparcamiento, escaso. Y hay transporte público por todas partes. No hay motivos para tener coche.

Muchos de mis amigos en Coble & Roy tenían uno.

Vehículos de lujo que sobre todo usaban como símbolo de su estatus y para hacer escapadas los fines de semana.

Siendo una persona que se crio en la pobreza, a mí nunca se me ocurrió gastarme una fortuna en un Porsche que de todos modos habría de pasarse la mayor parte del tiempo encerrado en un garaje.

Pero ahora ya no tengo ningún contacto con mis antiguos amigos, así que no puedo llamarlos sin más para pedirles prestado el coche.

La única persona que conozco que tenga coche es Malcolm. Él y yo no somos precisamente buenos amigos, pero quizá, después de robarme el puesto y darme la noticia de que mi prometida me ha dejado, sienta un impulso caritativo. Por suerte, tengo guardado su número en mi teléfono.

Antes de hacer nada más, vuelvo a meter la bolsa de papel con los dedos desmembrados en el hueco de la cocina donde la he encontrado. De este modo, Whitney no se dará cuenta cuando vuelva de que he descubierto lo que dejó aquí escondido. Eso me hace sentir como si fuera un paso por delante de ella.

Aunque también se me ocurre que mis huellas están ahora por toda la bolsa de papel.

Busco el número de Malcolm en el teléfono y me dispongo a seleccionarlo, pero luego titubeo al recordar su charla amigable con Whitney de esta mañana.

Eso ha sido muy extraño. Aunque, por otro lado, la explicación que me ha dado de que la conocía del restaurante tiene sentido.

No hay motivo para desconfiar de él. Últimamente, dudo de todo el mundo.

Al fin, pulso en su número. Suena varias veces. Quizá no responda. Es probable que esté en el trabajo, al fin y al cabo. Yo soy aquí el único pringado sin empleo. Aunque al menos conservo mi libertad…, por ahora.

—¿Hola? —La voz grave de Malcolm resuena en mi oído—. ¿Blake? ¿Eres tú?

Carraspeo.

—Hum, sí.

—¿Todo bien, colega?

—Sí, por supuesto. —Quizá sea la mayor mentira que he dicho en mi vida—. Pero, escucha, necesito un favor.

—Claro, dime.

—Necesito que me prestes tu coche.

—¿Mi coche? —Parece patidifuso—. ¿Para qué lo necesitas?

—Tengo que hacer un pequeño viaje por carretera.

—¿A dónde?

—No muy lejos. A New Jersey.

—¿A New Jersey? —No habría sonado más sorprendido si le hubiera dicho que me iba a la Luna—. ¿Para qué vas allí ?

—Voy a ver a un amigo.

—¿Y qué hay del tren rápido?

—Es que el sitio queda algo… apartado. —Aún tengo el expediente de Whitney en la mano, que se arruga bajo la presión de mis dedos—. ¿Dónde tienes el coche? ¿Está en el garaje de tu edificio?

—Sí, pero… —Vacila un momento—. No sé, Blake. ¿Ahora, de repente, tienes que irte a las quimbambas de New Jersey? Y, si hay un accidente, ni siquiera sé si mi seguro lo cubrirá. ¿Tú tienes un seguro?

Es obvio que no. ¿Por qué iba a tener seguro si no tengo coche?

—Soy un conductor muy prudente. Te prometo que no pasará nada.

—Lo siento, chico. —Suelta un suspiro—. Quisiera ayudarte, pero… no creo que sea buena idea. Pero, oye, ¿qué tal si salimos, nos tomamos una copa y hablamos de todo esto…?

—¡No necesito una copa ! —le espeto—. ¡Necesito un coche !

No debería haberle gritado. Noto por el silencio al otro lado de la línea que se ha molestado. Si había alguna posibilidad de que estuviera dispuesto a ayudarme, la acabo de perder.

—¿Seguro que te encuentras bien? —insiste.

—Olvídalo —mascullo. Y cuelgo sin más.

Vale, Malcolm no va a dejarme su coche. Pero no importa. Puedo alquilar uno. No le necesito.

De un modo u otro, voy a hacerlo. Voy a llegar al fondo de este asunto, aunque sea lo último que haga.