Capítulo 39
N o es fruta podrida.
Ojalá fuera fruta podrida. Eso sería muchísimo mejor.
Son unos dedos .
He tardado varios segundos en deducirlo porque están hinchados y descoloridos, y porque, además, al abrir una bolsa de papel no esperas encontrarte tres dedos dentro. Incluso si te esperas algo horrible, nunca será nada parecido.
Son las uñas pintadas de rosa lo que me ha hecho identificarlos.
Se me retuerce el estómago y me asalta una abrumadora oleada de náuseas.
Entre la bolsa con los dedos dentro y las moscas volando en círculo, creo que voy a enloquecer.
Sin embargo, respiro hondo varias veces, con una espiración sibilante, y enseguida me siento bien.
Bueno, tan bien como puede sentirse alguien que sujeta una bolsa de papel con tres dedos dentro.
Siento un hormigueo en mis propios dedos.
Una vez que he recuperado el dominio de mí mismo, me saco el móvil del bolsillo. Marco un nueve, seguido de un uno, pero, antes de teclear el último dígito del teléfono de emergencias, me detengo.
Quizá no debería llamar a la policía.
Parecería lo más lógico en esta situación. Estos dedos pertenecían a un ser humano, y estoy seguro de que no han llegado a mi casa con su permiso. ¿Cómo se supone que voy a explicárselo a la policía? «Sí, estaba buscando por la cocina y me he encontrado estos dedos. ¿Qué les parece?».
Además, no puedo evitar pensar en el señor Zimmerly, en ese accidente doméstico que después de todo resultó no ser un accidente y en cómo empieza a parecer que yo podría haber sido el responsable su muerte.
¿Y si de algún modo estos dedos apuntan también hacia mí?
No sé cómo podrían hacerlo. Al fin y al cabo, no conozco a nadie que haya sido asesinado o que haya desaparecido…
Quiero decir, aparte del señor Zimmerly, pero estoy seguro de que él conservaba todos los dedos.
Aunque está esa extraña mancha de sangre en el suelo que todavía no he conseguido limpiar por completo…
¿Es posible que todo esto proceda de Whitney?
Dejo la bolsa de papel sobre la encimera. Me siento casi como en un trance mientras abro mi email en el teléfono, a donde acaba de llegar un nuevo documento.
Es el expediente de Whitney del Instituto de Secundaria Telmont.
El nombre de la ciudad me sigue sonando de algo.
Juraría que lo he oído en alguna parte. Voy pasando las páginas del documento y, tal como me ha asegurado esa mujer del instituto, contiene las excelentes calificaciones de Whitney en las distintas asignaturas de secundaria.
Pero nada de eso me interesa. Solo hay un dato en este expediente que capta mi atención.
La dirección de la casa natal de Whitney.
Es donde vivía su familia cuando ella estaba en secundaria.
Y cabe muy bien la posibilidad de que sigan viviendo allí.
Presiento que en la historia de Whitney Cross había aún más cosas de lo que ha podido contarme la secretaria y siento una desesperada necesidad de encontrar respuestas.
Me falta algún dato importante sobre esa chica, y quizá el lugar del que procede contenga la clave.
Tengo que hablar con sus padres. Tengo que saber por qué me está haciendo esto.
Podría llamarlos, pero me da la sensación de que no van a responder a mis preguntas por teléfono. No, esto hay que hacerlo en persona.
Introduzco la dirección en la aplicación de mapas de mi teléfono.
Es un trayecto de poco más de dos horas en coche.
Miro mi reloj. Si salgo enseguida, podría llegar allí a primera hora de la tarde.
Por supuesto, no tengo coche, lo cual complica las cosas.
Telmont no es el tipo de población a la que se pueda llegar con transporte público.
Y quién sabe si los padres de Whitney viven aún en esa dirección.
Quizá ya han abandonado la ciudad a estas alturas, como haría cualquiera cuando su hija ha sido acusada de asesinato.
Debería llamar a la policía. Es lo que haría una persona normal y respetuosa con la ley si encontrara en su cocina unas partes desmembradas de un cuerpo humano.
Solo que yo no puedo dejar de pensar en Jordan Gallo.
Ese pobre chico que se atrevió a engañar a Whitney Cross.
No me cabe duda de que ella fue la responsable de su muerte y que luego se las arregló para hacer que pareciera un suicidio.
Me da la sensación de que, si llamo a la policía, saldré de mi casa esposado.
A la mierda. Me voy a Telmont.