La inquilina Capítulo 38
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Capítulo 38

W hitney Cross es extremadamente peligrosa».

Ese es un dato que me habría resultado útil conocer antes de permitir que se mudase a mi casa.

—¿Peligrosa? —exclamo.

—Lo lamento, señor…

Tardo un segundo en recordar el nombre que me he inven­tado.

—Sanders.

—Señor Sanders —se corrige—. Tampoco quisiera difundir rumores. Y eso fue hace mucho tiempo.

—Ella tiene unas referencias excelentes.

—Eso es cierto, de hecho. Hablé en persona con el jefe de Whitney en el restaurante, así como con un amigo que dijo que ella había sido compañera suya de piso, y ambos la pusieron por las nubes.

«Nunca he conocido a una persona más agradable o más responsable», me dijo su jefe.

—Ah, sí, estoy segura —replica la mujer—. A Whitney siempre se le dio muy bien hacer que la gente dijera lo que ella quería.

—¿Cómo es que la recuerda siquiera? Ha pasado mucho tiempo.

—Jamás podría olvidar lo que hizo Whitney. Créame.

—Pero…, eh… —Me remuevo en el sofá—. ¿Qué hizo Whitney exactamente? Su certificado de antecedentes está limpio.

—Bueno, puede ser —reconoce la mujer—. Whitney tenía mucha habilidad para no meterse en líos. Puedo enviarle su expediente y verá que sus notas son excelentes. Era muy muy inteligente.

—¿Pero?

—Era manipuladora —dice la mujer en voz baja—. De esas chicas que siempre estaban rodeadas de amigos, pero tú te dabas cuenta de que ninguno era un amigo de verdad. Y, si alguien hacía algo que no le gustaba, ella se encargaba de destrozarle la vida.

—¿Destrozarle la vida?

—Bueno, todo esto son conjeturas, señor Sanders. —De repente, parece reacia a decir nada más—. No quiero empezar a propagar rumores sobre ella. Tal vez ha cambiado.

Por mucho que diga, más bien parece, por el contrario, que a esta mujer le encanta difundir rumores. Solo tengo que animarla a seguir hablando.

—Todo esto es confidencial —la tranquilizo—. Pero se trata de un puesto importante y tengo que asegurarme de que es la candidata adecuada.

—Ah, entiendo.

—O sea que, si hay algo que deba saber, le agradecería que me lo dijera. Me haría usted un gran favor.

—Sí, lo comprendo. —Ahora baja todavía más la voz, de manera que tengo que aguzar el oído para escucharla—.

Verá, circu­la­ron un montón de historias sobre las cosas que hizo Whitney cuando era más joven, pero yo misma no fui testigo de ninguna.

Nunca vi de lo que era capaz hasta que se armó un drama con su novio cuando ella estaba en el último año.

—¿Con su novio?

—Se llamaba Jordan Gallo —dice—. Un buen chico.

Jugador de fútbol americano. Salió con Whitney más o menos durante un año.

Y luego, al parecer, la engañó con otra chica.

Ya sabe cómo son los adolescentes. Fue el típico drama de instituto que has visto un millón de veces.

Rompieron, y Whitney se propuso destruirlo como si fuera la misión de su vida.

—Ah. —Tampoco suena tan grave. Como ella ha dicho, parece el típico drama adolescente. Me sorprende que esta mujer se acuerde todavía quince años después.

—Señor Sanders…, Jordan Gallo se tiró desde la azotea del instituto.

Me quedo helado.

—¿Qué?

—Ella lo atormentó —me susurra al teléfono—. Recuerdo que lo vi un par de días antes de que se matara y tenía un aspecto terrible. Como si lo estuviera persiguiendo un fantasma.

—¿Qué hizo ella para atormentarlo?

—Yo solo oí rumores. Soy simplemente la secretaria del instituto.

—Su susurro es casi inaudible y tengo que pegarme el teléfono al oído—.

Pero justo después de la ruptura, a él lo pillaron haciendo trampas; le encontraron en la mochila una copia de un examen que se iba a hacer a los pocos días, aunque él juró que no tenía ni idea de cómo había llegado allí.

No lo expulsaron del centro, pero sí lo echaron del equipo de fútbol.

Ese equipo lo era todo para él y confiaba en obtener una beca para la universidad.

Como es natural, no lo consiguió. —La mujer hace una pausa, como perdida en sus recuerdos—.

Y luego, un día, Jordan abrió su taquilla y la encontró llena de insectos.

—Casi percibo a través del teléfono cómo se estremece.

La historia de lo que le ocurrió a Jordan Gallo es diferente de la mía, pero me resulta familiar de un modo inquietante.

—Y eso no es todo —añade—. Aunque Jordan tenía un comportamiento extraño antes de su muerte, sus padres dijeron que él jamás se habría suicidado.

—¿Qué creían que había pasado?

—Al parecer, Jordan y Whitney solían subir a la azotea juntos para estar a solas —dice la mujer—. Sus padres insistieron en que ella lo había empujado y había hecho que pareciera un suicidio.

—Eso es… —Me interrumpe una tos—. Guau. Es espantoso. ¿Llegó a ser acusada?

—Ellos trataron de que la policía investigara —me explica—. Pero entonces Whitney levantó el vuelo. Quiero decir, se largó enseguida de la ciudad. Ni siquiera se molestó en terminar el curso. Sus propios padres no sabían a dónde había ido…, o eso declararon.

—Ah…

—Yo siempre pensé que había salido del país —musita la mujer—. Parecía el tipo de persona que desea recorrer mundo. En todo caso, tuvo que salir de la ciudad porque el ambiente estaba muy caldeado. Si se hubiera quedado, es probable que la hubieran acusado.

—Bueno, pues ahora está en Manhattan —digo en un susurro—. O sea que…

—Ay, cielos. He estado hablando por los codos, ¿no? —Suelta un suspiro—. Mire, no pretendía preocuparle. Todo eso eran rumores y sucedió hace mucho tiempo.

Sí, pienso, pero ella no ha cambiado en absoluto.

—No importa —acierto a decir—. Sin duda es bueno saber todo eso.

—¿Todavía quiere su expediente, señor Sanders?

—Eh, sí. Sí, sería perfecto.

Le dicto el número del fax virtual que tengo, que va directo a mi cuenta de email. La solícita secretaria del Instituto de Secundaria Telmont me dice adiós, no sin antes desearme buena suerte, y yo aguardo a que llegue el fax con el expediente de Whitney.

Después de colgar, las manos no paran de temblarme.

Voy al baño a echarme un poco de agua en la cara y, cuando me miro en el espejo por encima del lavabo…

, veo que estoy hecho un desastre. Tengo el pelo de punta, así como cercos morados bajo los ojos, y parezco diez años más viejo que hace solo unos meses.

Hasta mis dientes parecen menos blancos e impecables que antes.

Me pregunto qué aspecto tenía el exnovio de Whitney antes de arrojarse desde la azotea.

Ese pobre chico, Jordan Gallo. Cometió un pecado contra Whitney Cross y ella se lo hizo pagar con la pena máxima.

Y ahora me está haciendo a mí lo mismo. Solo que, en este caso, no entiendo por qué.

Me seco la cara y entro en la cocina. Me muero por una cerveza, solo para apaciguar los nervios, pero me doy cuenta de que son las diez de la mañana.

No quiero deslizarme por esa pendiente. Me sirvo, pues, un vaso de agua del grifo.

Mientras estoy llenándolo, una mosca zumba junto a mi cara.

Las moscas han vuelto con fuerzas redobladas, aunque estas son más grandes.

Me pregunto si Whitney ha escondido más fruta podrida en mi cocina. La creo perfectamente capaz.

Esta vez observo que las moscas se aglomeran en el hueco entre la encimera y la nevera. Es un espacio de unos siete centímetros, lo bastante amplio como para meter a presión una manzana o una pera podrida, algo de ese tipo. Tiene que haber alguna cosa ahí. Estoy seguro.

Me saco el teléfono del bolsillo y enciendo la linterna. Enfoco la rendija y, en efecto, puedo distinguir apenas algo parecido a una bolsa de papel embutida ahí dentro.

En parte, preferiría dejarla ahí. No tengo ganas de vérmelas con más gusanos, al menos ahora mismo. Pero cuando me acerco un poco más para mirar mejor, el hedor me revuelve el estómago. Huele de un modo distinto y mucho peor que la otra vez.

¿Qué demonios habrá ahí?

Me agacho junto a la nevera e introduzco el brazo en el hueco para intentar coger la bolsa de papel. Pero mi brazo no es lo bastante largo. No la alcanzo. Me faltan unos centímetros para llegar.

Me levanto, hurgo en uno de los cajones y saco una cuchara de servir. Vuelvo junto a la nevera y esta vez, usando la cuchara, empujo un poco la bolsa hacia fuera. Tras varios intentos, consigo cogerla por una esquina y sacarla de la rendija.

Si tenía alguna duda de que el contenido de la bolsa era la causa del olor y las moscas, ahora ya no me queda ninguna. Incluso antes de mirar dentro, el hedor dulzón y putrefacto resulta abrumador. Los insectos pugnan por acercarse a lo que hay ahí dentro, sea lo que sea.

Tengo que mirar. Tengo que saber qué hay en esta bolsa. No quiero hacerlo, pero debo verlo.

«Échale cojones, Blake. Tampoco puede ser tan malo».

Las manos todavía me tiemblan. Atisbo con los ojos entornados el interior de la bolsa de papel marrón, tratando de echar un buen vistazo sin derramar el contenido sobre la encimera. Parece que hay tres pequeños objetos, cada uno de unos siete centímetros de largo.

¿Qué demo…?

Oh, Dios.

Oh, Dios mío.

Esto es mucho peor de lo que pensaba.