La inquilina Capítulo 37
54%

Capítulo 37

C uando llego a casa, lo primero que hago es comprobar que Whitney no esté.

Una vez que me he asegurado de que no hay nadie, cojo mi portátil y me lo llevo al sofá.

Aguardo a que arranque y luego abro la revisión de antecedentes de Whitney que me bajé al disco duro antes de que ella se mudase aquí hace cinco meses.

No contiene gran cosa. Certifica que nunca ha sido detenida o encarcelada. No hay ninguna orden activa de detención. Lo único que demuestra es que, si Whitney ha cometido algún delito en su vida, no la han atrapado.

Pero no es esa la información que estoy buscando.

En la revisión de antecedentes figura también la ciudad en la que nació.

Es una localidad de New Jersey llamada Telmont, de la que nunca he oído hablar.

Miro en la Wikipedia, que dice que se trata de una ciudad del condado de Sussex con una población de quince mil habitantes.

Queda a unas dos horas en coche de Manhattan.

Yo nunca he estado allí, de eso estoy seguro. Pero hay algo en el nombre de esa ciudad que me suena vagamente.

Un poco más de investigación me revela que el lugar es lo bastante pequeño como para que solo tenga un centro de educación secundaria. Abro la web del instituto de Telmont, donde figura un número de teléfono.

Me quedo mirando el número en la pantalla del portátil.

No sé muy bien qué estoy haciendo ahora mismo.

Solo por que Whitney naciera en Telmont no quiere decir que hiciera allí la secundaria.

En casa de Becky, tanto esta como Krista me miraban como si yo hubiera perdido el juicio —como si les diera miedo —, y ahora que estoy aquí sentado, buscando escuelas de secundaria en New Jersey, una parte de mí se pregunta si no andan del todo desencaminadas.

Sin embargo, mi instinto me dice que algo extraño pasa aquí.

Había dejado el teléfono sobre la mesita de café y ahora empieza a vibrar. Me apresuro a cogerlo y se me encoge el estómago al ver quién me está llamando. Mierda, es Kenny. Se me ha olvidado por completo avisar de que estoy enfermo. Deslizo el icono para responder.

—Porter —me ladra Kenny—, ¿dónde estás? Ya sabes que tenemos esa reunión con Haywood en veinte minutos.

En mi antiguo trabajo, yo habría dirigido una reunión de este tipo. Ahora fotocopio hojas de cálculo y sirvo café. Y redacto el acta, por supuesto.

—Lo siento, estoy muy enfermo. Ni siquiera puedo levantarme de la cama.

Hay un largo silencio al otro lado de la línea.

—¿Enfermo, dices?

—Sí. Me ha empezado justo al despertar. Fiebre, escalofríos. Algo realmente fuerte.

—¿Sabes? Davidson te ha visto en la calle esta mañana. Me ha dicho que ha sido por el lado oeste, cuando iba de camino a coger el metro.

¿Será posible? Yo estaba en el lado oeste, es cierto, frente al bloque de apartamentos de Becky y Malcolm. Aunque Davidson es un cretino, y lo creo capaz de inventarse cualquier cosa para meterme en un lío.

—Ha dicho que te estabas quitando la camiseta —añade Kenny.

Vale, no cabe duda, era yo.

—Ah —me limito a murmurar.

—O sea que no estás enfermo.

—Es que… —Lo último que deseo es contarle ninguno de mis problemas a mi jefe, a quien ya le caigo mal—. Ha sido una mañana difícil. Necesito un día libre.

—Lo que no me gusta es el engaño —dice él con voz tensa—.

Podrías haber pedido un día de permiso. Para empezar, podrías haberme avisado a primera hora.

En lugar de eso, soy yo el que tengo que llamarte al ver que no te molestas en aparecer, y luego me mientes.

Aunque tampoco debería sorprenderme, después de lo que me han contado de ti.

—Yo… Lo siento —tartamudeo.

—¿No quieres venir hoy? Perfecto. No te molestes tampoco en venir mañana.

—Kenny…

—Te mandaremos tus cosas por correo. Adiós, Porter.

Y me cuelga sin más.

Me ha despedido. No puedo creerlo. Bueno, en realidad sí puedo, porque he estado trabajando sin ganas últimamente, incluso cuando me presentaba en la oficina. Ni siquiera soy capaz de conservar un empleo temporal.

Kenny comunicará a la agencia que me han despedido. Y luego ¿qué? No lo sé. Supongo que me encontrarán otro puesto degradante. Sin lugar a dudas, tendré que vender la casa.

De algún modo, Whitney está detrás de todo esto. Es solo que no comprendo por qué o cómo.

Me concentro en la pantalla del portátil. Instituto de Secundaria Telmont. Todavía es por la mañana, así que, si llamo, seguro que contestan. Al menos esto es algo que puedo hacer.

Marco los diez dígitos en mi móvil. Enseguida empieza a sonar. Agarro el teléfono con fuerza; tengo la palma sudorosa de repente. No sé qué estoy haciendo en realidad, pero por algún lado he de empezar. Necesito información sobre Whitney Cross, y esta es una pista tan buena como cualquier otra.

Tras unos tonos de llamada, me contesta una mujer de voz agradable.

—Instituto de Secundaria Telmont —gorjea.

Yo carraspeo.

—Sí, hola. Me llamo… John Sanders. Estoy considerando la posibilidad de contratar a una candidata para un empleo y quisiera conseguir una copia de su expediente. Ella me dijo que ustedes me lo podrían mandar.

—Sí, desde luego que podemos hacerlo —dice la mujer, animada—, aunque necesitaríamos una autorización firmada del alumno.

Maldita sea, ya me temía que dijera esto.

—De hecho, se la hemos enviado por fax esta mañana. ¿No la han recibido?

Para mi alivio, ella se echa a reír.

—Ah, es probable. Hemos recibido un montón de faxes esta mañana y todavía no los he mirado. Seguro que está ahí.

—Sin duda —le aseguro.

Oigo que empieza a teclear.

—¿Cuál es el nombre de la candidata?

—Whitney Cross.

Ella deja de teclear en el acto.

—¿Whitney Cross?

—Eso es.

—¿Whitney Cross ha hecho una solicitud de trabajo?

—Sí. ¿Hay algún problema?

Oigo que inspira hondo.

—Quizá no me corresponda a mí decirlo, pero…

—¿Qué sucede?

—Si Whitney ha hecho una solicitud para trabajar con usted, yo le recomendaría encarecidamente que escoja a otro candidato.

Sujeto el teléfono con más fuerza.

—¿Por qué?

Ella baja mucho la voz.

—Whitney Cross… es extremadamente peligrosa. Yo, en su lugar, me mantendría alejado de ella.