Capítulo 36
E l edificio de Becky y Malcolm no queda lejos, así que, en cuanto salgo de la ducha, me pongo las zapatillas y echo a andar.
Llego al bloque de apartamentos cinco minutos antes de la hora.
Espero fuera, deambulando por la acera, y la gente empieza a mirarme con desconfianza.
Saco mi teléfono y utilizo la cámara para comprobar si tengo buen aspecto, y la verdad es que voy un poco desaliñado.
Aunque acabo de ducharme, tengo el pelo húmedo y algo alborotado por el viento, y además descubro que llevo la camiseta del revés.
Me la quito, lo cual requiere toda una maniobra porque llevo una chaqueta encima. Consigo darle la vuelta y vuelvo a pasármela por la cabeza. Mientras me pongo otra vez la chaqueta, me doy cuenta de que a unos pocos pasos hay una mujer de pelo rubio platino que me está mirando.
—¿Blake? —exclama.
Fuera de contexto y con un peinado distinto al que llevaba la última vez que la vi —¿más corto?, ¿más largo?—, tardo unos segundos en reconocer a mi antigua novia.
—¿Gwen?
— Eres tú. —Gwen parece atónita, a pesar de que en mi opinión sigo más o menos igual que hace dos años—. ¿Qué estás haciendo?
—Es que tenía la camiseta… —La señalo con un ademán de impotencia—. En fin…, eh…, ¿cómo estás tú?
Ella yergue el busto y resulta evidente que no lleva la camiseta del revés. Y desde luego ya no huele a cigarrillo. Me pregunto si lo habrá dejado.
—Genial, la verdad —dice con un deje en la voz que me sorprende—. Me ascendieron en el trabajo y, además, me prometí la semana pasada.
Y entonces me planta un diamante gigantesco en las narices.
No sé por qué me está restregando por la cara su éxito, porque fue ella la que rompió conmigo sin apenas ningún motivo.
Bueno, lo que pasó más bien fue que ella inició una discusión estúpida que nos llevó a romper.
No sé si se quedó con la idea de que yo tenía la culpa de la ruptura, pero, por su modo de mirarme, noto que no alberga sentimientos muy cálidos hacia mí.
—Me alegro mucho por ti, Gwen. —Lo digo en serio… más o menos. No voy a empezar a enumerar mis propios logros, cuyos puntos más destacados incluyen haber sido despedido del trabajo y haber sido abandonado por mi prometida—. Tienes todo el aspecto de que te va de maravilla.
Su mirada me recorre de arriba abajo.
—Y tú pareces…
No termina la frase. Mejor así.
Miro mi reloj. Ya es hora de subir.
—En fin, me alegro de haberte visto, pero tengo mucha prisa.
Me dirige una extraña mirada que no me esfuerzo mucho en interpretar.
—Sí, yo también. Eh…, bueno, nos vemos, Blake.
Me apostaría mil pavos que no tengo a que no la veré nunca más.
El encuentro con mi antigua novia no me ha dejado en el estado mental adecuado para ver a Krista. Antes estaba angustiado; ahora me siento mucho peor. ¿Y si dentro de dos años me encuentro a Krista por la calle y apenas la reconozco? La sola idea me provoca una opresión en el pecho.
Me había olvidado de que el edificio de Becky y Malcolm tiene portero, así que mi idea de subir por las bravas seguramente no habría funcionado.
Por este motivo, agradezco que, al decir mi nombre, el portero me indique sin más que pase.
Durante todo el trayecto en ascensor hasta la duodécima planta, voy dando golpecitos en el suelo con el pie derecho, aunque reprimo el impulso de empezar a deambular de nuevo.
Al acercarme a la puerta del apartamento, percibo de golpe un olor familiar.
Es evidente que he conseguido estresar a Krista, porque está preparando sus galletas de canela.
Ese aroma me provoca una oleada de nostalgia.
La echo muchísimo de menos. Estoy más decidido que nunca a reconquistarla.
Irguiendo los hombros, llamo con decisión a la puerta.
Me estaba esperando que Becky ejerciera de guardiana, así que me llevo una pequeña sorpresa al ver a Krista en la puerta.
Lleva su pelo rubio cobrizo recogido detrás, en su característico moño desordenado, y sus labios parecen de algodón de azúcar rosado.
Se la ve un poco cansada y también algo desaliñada, si debo ser sincero.
Pero eso solo hace que resulte más guapa.
Ha transcurrido poco más de una semana desde la última vez que la vi, pero parece que haya sido un año. Lo único que deseo es cogerla y darle un abrazo de nivel diez.
—Krista —digo con voz ahogada.
No me lo estoy imaginando: sus ojos se llenan de lágrimas.
—Ey, Blake.
El anillo de diamante está en el bolsillo de mi chaqueta. Estoy preparado para devolvérselo.
—¿Puedo pasar? —pregunto.
Ella inspira hondo.
—Vale, pero solo un minuto.
Cuando entro en el apartamento, percibo con más intensidad el aroma a canela.
Sigo a Krista a la cocina. Ella coge un guante de cocina, saca del horno una bandeja de galletas recién hechas y la coloca junto a otra que ya está enfriándose.
Ha preparado un montón. Salta a la vista que se siente fatal.
—Huelen de maravilla —digo—. Como siempre.
Ella consigue esbozar una pequeña sonrisa, pero no me ofrece una.
—Gracias.
—Echo de menos tus galletas.
—Gracias.
—Te echo de menos a ti , Krista.
Ella aparta la mirada. Se le sonrojan las mejillas.
—Blake…
—Por favor, dame otra oportunidad. —Intento cogerle la mano, pero ella retrocede para impedírmelo—. No pasó nada entre Whitney y yo. Te lo juro por mi vida.
—Lo creo —dice, suspirando—, pero aun así tienes una obsesión extrema y malsana por esa mujer. ¡Solo hablas de ella, Blake!
—No es cierto.
—¡Es totalmente cierto! Actúas como si ella fuese el mal encarnado, pero solo es una persona corriente. Una persona agradable .
Aprieto los dientes.
—Whitney puede ser muchas cosas, pero no es agradable. De hecho…
«De hecho, creo que es posible que haya matado al señor Zimmerly».
«Creo que puede haber sucedido algo terrible en nuestra sala de estar».
«Creo que Whitney podría estar intentando inculparme del asesinato».
Mientras pienso estas cosas, me doy cuenta de lo descabelladas que suenan. ¿Whitney inculpándome de un asesinato? Suena absurdo. No puedo decir eso en voz alta. Si Krista cree que estoy obsesionado con Whitney, decirle lo que de verdad pienso empeorará aún más las cosas. Aunque todo sea cierto.
—Estoy preocupada por ti, Blake. —Frunce el ceño hasta juntar las cejas—. Me preocupa… que estés perdiendo el contacto con la realidad. Me da pavor. Estás paranoico y no escuchas nada de lo que yo digo.
Vale, queda claro que no puedo contarle que creo que Whitney mató al señor Zimmerly.
—Estoy bien, Krista —contesto—. Te lo juro. El único motivo de que no esté bien es que tú te hayas ido.
—Necesitaba irme. —Arruga el ceño de nuevo—. Lo siento, pero estás fuera de control. Ya no podía lidiar con todo eso.
—¿Lidiar con qué? —replico.
—Blake…
—¡Hablo en serio! ¿A qué te refieres?
No me doy cuenta de que he levantado la voz hasta que Becky se materializa a mi espalda con los brazos cruzados sobre el pecho. Se aclara la garganta con un fuerte carraspeo.
—Creo que ya es hora de que te vayas, Blake —dice.
Miro a una y después a otra. Becky me observa furiosa; Krista solo parece apenada.
Esto no es justo. Yo no he hecho nada malo.
Nunca he engañado a Krista, y no son imaginaciones mías que algo extraño pasa con Whitney.
Krista puede no creerme, pero sé que esa mujer me la tiene jurada.
Ha ido a por mí casi desde el momento en que se trasladó a nuestra casa.
Me dirijo a Krista:
—¿Podemos hablar un poquito más, por favor?
—No —dice Becky con firmeza.
No entiendo por qué tiene que ejercer de guardiana.
—Ya es hora de que te vayas. Además… —Becky me mira de arriba abajo—, llevas la camiseta hacia atrás.
Bajo la mirada y, en efecto, la etiqueta asoma por la parte de delante. Maldita sea. Me la debo de haber colocado así cuando la he puesto del derecho. ¿Cómo es que cuesta tanto ponerse bien una jodida camiseta?
—De acuerdo —digo—. Me voy.
Miro la bandeja de galletas que están enfriándose en la encimera. ¿Podré volver a probar algún día las especialidades al horno de Krista?
—Espera. —Debe de haber percibido mi expresión, porque coge una espátula de la encimera—. Te voy a dar unas galletas… para el camino.
Estoy seguro de que no seré capaz de comérmelas porque son lo último que me queda de ella, pero dejo que me las prepare.
Me grabo en la memoria este momento, mientras observo cómo sus dedos esbeltos desprenden las galletas de la bandeja.
Tiene las uñas pintadas de un tono rosa pálido que hace que sus manos parezcan aún más frágiles.
Mete como media docena en una bolsa hermética y la cierra bien para que se mantengan frescas.
Luego se acerca y me desliza la bolsa en el bolsillo de la chaqueta.
Es un gesto extrañamente íntimo, lo que me hace pensar que, pese a todo, cabe la posibilidad de que volvamos a estar bien algún día.
Ojalá pueda librarme de Whitney.
—Adiós, Blake —dice.
—Adiós, Krista —acierto a responder.
Me da un abrazo de nivel siete, una intensidad suficiente para hacerme sentir otra pizca de esperanza. Yo la estrecho un buen rato, de tal modo que Becky me acaba mirando con reprobación. Que se vaya al infierno.
De un modo u otro, voy a recuperar a Krista.