Capítulo 34
M e recorre una oleada de vértigo. Tengo que sujetarme contra la pared para no derrumbarme en el suelo. Las cuatro o cinco cervezas que he tomado me están revolviendo el estómago.
—¿Ha estado bebiendo, señor Porter? —me pregunta el detective Garrison.
No me gusta su forma de preguntarlo. Ya es de noche y estoy en mi casa. Tengo derecho a tomarme unas cervezas. Por la Vigesimoprimera Enmienda y todo eso.
—Un poco. Es solo que… me ha sorprendido. ¿Está seguro de eso?
—Completamente seguro —dice Garrison—. También hemos encontrado restos de su sangre en el antiguo reloj de la repisa de la chimenea.
El reloj .
Lo vi cuando estuve echando un vistazo a la repisa. Recuerdo haber pensado que se parecía mucho al que hay en nuestra cocina, que era casi idéntico. Y ahora se me ocurre que…
¿Cuándo fue la última vez que vi el reloj en la cocina?
—Así que he estado hablando con sus vecinos —está diciendo Garrison— para averiguar si alguien vio algo.
—Yo no vi nada —me apresuro a decir—. Estuve todo el día en el trabajo.
—De acuerdo, pero el forense ha dictaminado que su vecino murió la noche anterior. ¿Usted vio a alguien entrando o saliendo de su casa la noche anterior?
—No —murmuro—. Yo… no vi nada.
¿La noche anterior? Eso significa que el sándwich de la encimera no era su almuerzo, sino una triste y exigua cena. El señor Zimmerly estaba a punto de cenar cuando alguien entró en su casa y lo golpeó en la cabeza con ese reloj antiguo, causándole la muerte.
De pronto, siento un deseo apremiante de ir a la cocina para comprobar que nuestro reloj sigue en su sitio. Debe de ser una coincidencia. Tiene que serlo.
—¿… se llevaba mal con él? —está acabando de decir el detective.
De algún modo, me he desconectado. Tengo la mente obnubilada. Joder, necesito un café o algo parecido.
—¿Qué? —digo al fin.
Garrison no parece nada divertido.
—¿Conoce a alguien con quien el señor Zimmerly se llevara mal?
—No, la verdad —respondo—. Solía ser muy reservado.
—Ajá. —El detective asiente despacio—. ¿Y qué hay de usted? ¿Se llevaba bien con el señor Zimmerly?
No me gusta a dónde quiere ir a parar, pero sigo cooperando.
—No éramos amigos ni nada parecido. Pero nos llevábamos bien.
—Entonces ¿de qué estuvieron discutiendo la semana pasada?
De repente, me arrepiento de muchas de las cosas que he hecho últimamente.
—Fue una estupidez. Solo una discusión sobre la recogida de basura. Chorradas entre vecinos.
—Chorradas entre vecinos —repite él.
—Exacto.
Garrison ladea la cabeza.
—¿Y usted le arrojó un cubo de basura?
Mierda.
—No pretendía darle. —Bajo la cabeza—. Mire, no se trataba de él. Mi novia acababa de dejarme…
—¿Su novia le había dejado?
¿Por qué repite todo lo que digo? Me paso una mano temblorosa por el pelo, que ahora mismo me parece extremadamente grasiento. ¿Cuándo fue la última vez que me duché?
—Estamos atravesando algunos problemas, eso es todo. Tomándonos un tiempo separados.
—Ajá.
Me da todo vueltas. Tengo que sentarme antes de que acabe por derrumbarme. ¿Acaso cree este detective que yo maté a mi vecino? ¿Es eso posible?
Pero alguien lo mató. Alguien le estampó al señor Zimmerly en la cabeza un pesado reloj de metal. Ni siquiera consigo hacerme a la idea.
—Señor Porter —dice Garrison—, me pregunto si le importaría venir conmigo a la comisaría para hacer una declaración formal. Podemos conseguirle un café y charlar allí con tranquilidad. Así terminamos con esto.
—No…, no creo…
—Además, sería perfecto poder tomarle las huellas —dice—. Solo para descartarlo a usted por completo y que pueda librarse de estas molestias.
Quiere mis huellas.
Esto no me gusta.
Todavía tengo la mente aturdida por toda esa cerveza, pero conservo la claridad suficiente para saber que no debería ir a la comisaría sin un abogado y empezar a darle a este detective datos que pueda usar después en mi contra.
Además, debo deshacerme de esa mancha de la sala de estar, que estoy casi seguro de que es de sangre, así como de la maldita toallita de papel que tengo estrujada en la mano derecha.
—De hecho —digo—, no me encuentro muy bien. No creo que pueda ayudarle demasiado en este momento. Creo que… necesito acostarme.
—Podría llevarle yo con mucho gusto —dice él—. He aparcado el coche aquí mismo.
Tengo la terrible sensación de que, si voy ahora a la comisaría, quizá ya no salga de allí.
—Lo lamento —digo—. Ahora mismo no puedo. A menos que… No tengo que hacerlo, ¿no?
El detective Garrison permanece inmóvil un momento, y yo temo que saque de repente unas esposas, me las ponga en las muñecas y me obligue a acompañarlo a comisaría. Pero él no hace nada de eso. Solo menea la cabeza.
—No —contesta—, no tiene que hacerlo. Al menos, todavía no.
«Al menos, todavía no». Eso no suena nada bien. Pero es mejor que unas esposas.
—De acuerdo, pues —dice—. Me voy. Gracias por su tiempo.
Suspiro con alivio cuando da media vuelta y se dirige hacia la puerta. Se va. Gracias a Dios. Me apresuro a adelantarme para abrirle.
—Quizá tenga que hacerle algunas preguntas más, señor Porter —me advierte mientras manipulo con torpeza el cerrojo. Los dedos no me funcionan del todo ahora mismo—. Procure estar disponible, por favor.
—De acuerdo —acierto a responder—. Encantado de ayudarle, si puedo.
No estoy encantado, desde luego. Espero que no vuelva más.
Me quedo mirando por la ventana situada junto a la entrada, cerciorándome de que desaparece calle abajo para recoger su coche.
¿A qué demonios ha venido esto? ¿De verdad el señor Zimmerly fue asesinado?
¿Cómo es posible? ¿Quién iba a asesinar a un hombre tan viejo?
O sea, unos meses más y la naturaleza se habría encargado de ello.
A menos que…
¿Es una coincidencia que el señor Zimmerly fuera asesinado poco después de que yo tuviera un altercado con él en plena calle, a la vista de todo el mundo? ¿Qué habría descubierto ese detective si yo le hubiera dejado que me tomara las huellas?
Casi tropiezo con mis propios pies al apresurarme a volver a la cocina.
Lo primero que hago es tirar a la basura la toallita de papel manchada de sangre.
Luego vuelvo la mirada al extremo de la encimera, donde Krista colocó ese reloj antiguo cuando lo compramos en un mercadillo en su día… , cuando las cosas aún iban bien.
Pero ese espacio está vacío.
Mierda.
¿Cuánto hace que ha desaparecido el reloj?
Ni siquiera lo sé. Toda la semana pasada está borrosa.
Pero es evidente que el reloj de nuestra cocina fue el que utilizaron para matar al señor Zimmerly.
Y luego el asesino lo dejó en la repisa de su chimenea, sabiendo que sería identificado como el arma homicida.
Ese reloj está cubierto de huellas mías, estoy seguro.
Pero quizá la cosa no sea tan siniestra como parece. Es muy posible que…, no sé…, que Krista le regalara el reloj al señor Zimmerly. Y que luego ese reloj se convirtiera por casualidad en el arma que empleó un ladrón sorprendido in fraganti para reducir al anciano.
Solo que… no creo que haya sido así.
El corazón me palpita con fuerza cuando vuelvo a la sala de estar. Retiro de nuevo la alfombra para mirar la mancha del suelo. Ahora que la he humedecido, se ve bien que es más roja que marrón. Y, cuando acerco la nariz a las tablas de madera, no me parece que huela a vino en absoluto.
Oigo girar una llave en la cerradura de la entrada y levanto la cabeza de golpe. Consigo ponerme como puedo de pie justo cuando Whitney entra en casa, vestida con una chaqueta ligera. Al verme, alza las cejas.
—Hola, Blake —dice—. ¿Interrumpo algo especial entre el suelo y tú?
¿Es posible que Whitney sea la responsable de lo que le ocurrió al señor Zimmerly?
¿Se llevó ella el reloj de la cocina y se lo estampó al anciano en la cabeza para inculparme a mí?
Pese a todo, es muy difícil imaginarla haciendo algo tan deliberado y diabólico.
Aunque no imposible. Nunca se sabe de lo que es capaz una persona.
Le señalo las tablas del suelo, agradecido por la desinhibición que me provoca el alcohol.
—¿Qué es esta mancha, Whitney?
Ella me sigue la corriente, se acerca a donde estoy y baja la mirada a la mancha. Se le dibuja una sonrisa en los labios.
—Da la impresión de que va a ser un auténtico coñazo quitarla.
—¿Tú has hecho esto?
Parpadea con aire inocente.
—Chico, te estás volviendo muy paranoico, ¿no? Quizá deberías reducir un poco la bebida.
—Me he tomado tres cervezas —digo entre dientes. Vale, cuatro. Tal vez cinco—. Quizá deberías dejar de actuar tú como una zorra manipuladora.
—¿Y qué vas a hacerme? —Cruza los brazos sobre el pecho, con ojos relampagueantes—. ¿Lo mismo que le hiciste al señor Zimmerly?
Me quedo boquiabierto. ¿Habla en serio?
—Un detective me ha abordado cuando salía esta mañana. —Está disfrutando la expresión que tengo en la cara—. Me he encargado de explicarle que Herb no era precisamente tu persona preferida.
La oleada de rabia que siento me resulta casi abrumadora. ¿Cómo se atreve a implicarme ante la policía? Sí, el viejo me sacaba de quicio a veces, pero yo no entraría en su casa y lo asesinaría por gritarme.
—Jamás le habría hecho daño al señor Zimmerly. ¡No es posible que me creas capaz de una cosa así!
—No sé muy bien de lo que eres capaz. Te dejas llevar todo el rato por incontrolables ataques de rabia a propósito de naderías.
Eres pero que muy paranoico. A mí me has amenazado .
Y llegue a la hora que llegue por la noche, te encuentro vagando por la casa como si estuvieras en trance. Solo Dios sabe qué andas tramando.
¿Es eso cierto? Yo no vago por la casa toda la noche. Sí, he estado durmiendo fatal. Pero no hasta ese punto.
¿No?
No, en absoluto. Whitney está intentando provocarme. Está tratando de hacerme creer que estoy perdiendo el juicio. Incluso está consiguiendo que me pregunte si yo podría ser responsable de algún modo de lo que le pasó a mi vecino, aun cuando sé que no es así. Es una mala persona.
De pronto, me asalta el impulso abrumador de rodear con las manos su cuellito flacucho. Soy mucho más fuerte que ella. Solo necesitaría apretar lo suficiente y ya no tendría que aguantar nunca más su sonrisita burlona.
Sería tan fácil…
No puedo evitar acordarme de aquella vidente que vino a nuestra casa antes de que apareciera Whitney.
Esa mujer parecía completamente segura de que yo apuñalaría a Krista en esta misma sala de estar.
Dijo que me había visto inclinado junto a su cadáver.
El temor que reflejaban sus ojos era real, hasta tal punto que le dijo a Krista que huyera de aquí.
En aquel momento, pensé que todo aquello era una chorrada.
Pero ¿y si acertó? ¿O si al menos acertó en parte?
¿Y si su visión era verdadera, pero se equivocó en la identidad de la chica que yacía en el suelo?
Doy un paso atrás, consternado por mis propios pensamientos. Yo jamás mataría a alguien a puñaladas. Es algo impensable. ¿Qué está haciendo Whitney conmigo?
—Me…, me voy a la cama —mascullo entre dientes.
No estoy cansado, pero tengo que salir de aquí. Tengo que alejarme de Whitney antes de acabar haciendo algo que luego lamentaré.
Subo la escalera lo más aprisa posible, notando sus ojos clavados en mi espalda todo el tiempo.