La inquilina Capítulo 33
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Capítulo 33

M e siento tremendamente achispado.

Estoy terminándome la cuarta cerveza. ¿O es la quinta? En algún momento he perdido la cuenta.

Cuando trabajaba en Coble por eso he tropezado.

No entiendo cómo no me he dado cuenta hasta ahora, pero está claro que en algún momento de las últimas semanas esta alfombra se ha desplazado de su sitio.

Antes quedaba en gran parte debajo de la mesita de café, pero ahora más de la mitad está al lado de la mesita, en el camino del sofá a la cocina.

Recuerdo haber notado que había algo raro en la sala de estar, pero no he podido identificarlo con exactitud hasta ahora.

¿Por qué ha movido alguien la alfombra?

A pesar (o quizá a causa) de mi embriaguez, decido volver a colocarla en su sitio. Aparto la mesita de café, que la mantiene sujeta, para poder levantarla del suelo. Pero, al retirar la alfombra, veo que en el rectángulo del suelo de madera donde reposaba hay una gran mancha marrón.

¿Qué es eso ?

¿Por qué hay una mancha en el suelo? La miro entrecerrando los ojos para intentar averiguar qué demonios es.

Esta mancha no estaba cuando me mudé a esta casa, pero ha estado ahí el tiempo suficiente como para que, sea lo que sea, parezca incrustada en las tablas de madera.

¿Cómo acabas teniendo una mancha debajo de la alfombra cuando la alfombra misma está limpia?

¿Acaso alguien la movió para tapar la mancha?

Miro con los ojos entornados la mancha marrón, que mide unos treinta centímetros de diámetro. No sé qué puede ser. Da la impresión de que alguien haya derramado una copa de vino.

Me agacho junto a ese círculo irregular marrón y deslizo los dedos por las tablas de madera. Hace mucho que se secó. Me pregunto si podré sacarla.

Vuelvo a la cocina y cojo un puñado de toallitas de papel húmedas, además de un espray de limpieza de debajo del fregadero. Me voy a cabrear de verdad con Whitney si resulta que derramó algo en el suelo y ahora ya no puedo limpiarlo. Esto tendrá que pagarlo con el depósito.

Rocío las tablas con una cantidad generosa de líquido de limpieza y espero sesenta segundos para que se absorba.

Tal vez no es el tiempo suficiente, pero no quiero pasarme toda la noche limpiando el suelo, así que hago una primera pasada con una toallita de papel.

Para mi alivio, un parte de la sustancia derramada se queda pegada en el papel. Solo que…

No me había percatado cuando la mancha estaba seca, pero ahora que se ha adherido a la toallita de papel es evidente que me he equivocado de color. La mancha no es marrón.

Es de tono rojo oscuro.

Solo puede ser vino. Es justo de ese color. Bueno, no exactamente, porque no tiene ese matiz violáceo que yo suelo asociar con el vino. Pero debe ser eso. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Qué otro líquido rojo podría haber caído sobre las tablas del suelo?

Vale, hay otra cosa que podría ser.

Sí, es justo del color de la sangre. Se parece mucho más a la sangre que al vino. Y tiene un extraño olor metálico. Pero no puede ser eso. ¿Por qué debería haber una mancha de sangre en el suelo de mi casa?

Mientras permanezco mirando la toallita de papel y trato de resolver el enigma con mi cerebro empapado de cerveza, suena el timbre. Me incorporo de golpe, con el corazón acelerado. ¿Cabe la posibilidad de que sea Krista? No he tenido noticias suyas, pero quizá ha decidido pasarse por aquí.

Aunque solo venga a recoger algo más de ropa, espero que sea ella.

Tras una breve vacilación, vuelvo a extender la alfombra en el suelo para tapar la mancha. Aunque una parte se ha quedado pegada en la toallita de papel, sigue siendo muy visible. Prefiero que Krista no se la encuentre.

Pero no es a ella a quien veo por la mirilla. Es un hombre con un traje oscuro el que se halla frente a mi puerta. No lo conozco y, por un instante, me quedo ahí tratando de figurarme qué demonios hace ese desconocido llamando a mi puerta a las ocho de la noche.

Vuelve a tocar el timbre.

—¿Quién es? —pregunto sin abrir.

—Soy el detective Garrison, de la policía de Nueva York —responde, alzando la voz lo suficiente para hacerse oír a través de la puerta—. ¿Puede atenderme un momento, señor Porter?

¿Por qué hay un detective en mi puerta? Echo un vistazo a la alfombra, que ahora oculta lo que podría ser muy bien una mancha de sangre en el suelo de mi casa. Pero no es posible que el detective venga por eso.

Mierda. No quiero dejar entrar a un detective en mi casa ahora. Ni ahora ni nunca, en realidad. Pero ¿qué se supone que debo hacer? ¿Decirle que se vaya, que vuelva más tarde, por favor? Eso no es una opción.

Finalmente, entreabro la puerta. Solo cuando me golpea el aire frío de noviembre caigo en la cuenta de que voy con camiseta y calzoncillos. No es precisamente la indumentaria ideal para hablar con un detective. Pero seguro que habrá visto cosas peores.

El aspecto del detective es bastante vulgar.

De unos cuarenta años, con el pelo marrón oscuro y los ojos castaños, no tiene ningún rasgo característico, aparte de un par de arrugas en las mejillas que le hacen parecer mayor de lo que es.

Lo único destacable en él es la voz, más grave de lo que cabría esperar por su estatura y su complexión.

—¿Blake Porter? —pregunta.

—Ajá.

—Detective Garrison —se presenta, aunque ya me ha dicho su nombre a través de la puerta—. Confiaba en poder hacerle unas preguntas. Es sobre su vecino.

No me entusiasma invitar a entrar a un detective en mi casa cuando hay algo potencialmente sospechoso bajo la alfombra.

Pero, bueno, ahora está tapado. Y el detective no investiga un homicidio.

No sé por qué quiere hablar conmigo sobre el señor Zimmerly, pero la cosa parece más bien inocua.

No hay nada demasiado excitante en la historia de un anciano que resbala y se golpea la cabeza en el baño.

—Claro. —Me aparto mientras estrujo la toallita de papel que aún tengo en la mano derecha—. Pase.

El detective entra con paso decidido y yo cierro la puerta, bloqueando la corriente de aire frío. Desplazo el peso de un pie a otro. Voy descalzo y lamento no llevar al menos unos pantalones. ¿Por qué no me los he puesto antes de abrir? ¿Qué demonios me pasa?

—Bonita casa —comenta el detective.

—Gracias. —Intento sonreír, pero me sale un gesto torcido—. Bueno…, ¿qué sucede? ¿Va todo bien? El señor Zimmerly sigue muerto, ¿no?

Hago una mueca. Buf, ese chiste ha sido de muy mal gusto. Por su expresión, el detective piensa lo mismo. Pero tampoco van a detenerme por tener un sentido del humor desagradable.

—Sí, sigue muerto —me confirma el detective Garrison.

—Me siento mal por lo que ocurrió —digo, tratando de parecer un poco sensible.

—Ah, ¿sí? —Arquea una ceja tupida—. ¿Por qué?

—Bueno, porque el hombre se cayó y se golpeó la cabeza…

—Me rasco el antebrazo con la mano libre, aunque en realidad no me pica.

Se supone que ya resolví el problema de mi erupción en cuanto cambié el detergente y decidí guardarlo en mi habitación bajo llave cuando no lo uso—.

Quizá si yo hubiera entrado antes, es decir, antes de que fuera demasiado tarde, lo habríamos salvado.

—No lo creo.

—Bueno, tal vez no. No lo sabemos con certeza.

El detective me mira a los ojos.

—De hecho, el forense cree que su vecino no murió a causa de la caída.

¿Qué?

—No entiendo. —Meneo la cabeza—. ¿Por qué le hicieron siquiera la autopsia a un tipo de noventa y tantos? No parece que sea un uso demasiado correcto de los recursos médicos.

—Fue una muerte accidental. Y ha sido útil que le hicieran la autopsia, porque el forense piensa que el traumatismo que tenía en la cabeza no es compatible con un topetazo con el lavabo o la bañera, sino con un golpe asestado con un objeto contundente.

Me quedo mirándolo.

—¿Cómo? ¿Qué está diciendo?

—Estoy diciendo que alguien golpeó a su vecino en la cabeza. —El detective frunce el ceño—. Que fue asesinado.