Capítulo 32
C omo Krista se ha ido y yo estoy sin blanca, cuando termino con la colada me paro en uno de esos carritos de comida halal para comprar algo de cenar.
Que nadie me juzgue. La verdad es que me encantan esos puestos callejeros; siempre me atraen los tentadores olores a ajo asado y carne chamuscada.
Incluso me inspira cierta admiración el hecho de que a veces no pongan la lista de precios a la vista y luego, cuando ya han preparado tu pedido, improvisen una cifra a voleo.
Por desgracia, Krista se ha negado a recurrir a ellos desde que sufrió una grave intoxicación por culpa de uno situado a la entrada de Central Park.
Pero ella ahora no está aquí y este es un carrito completamente distinto.
Tampoco es justo discriminar a todos los puestos ambulantes de comida de la ciudad basándose en el que le provocó vómitos durante dos horas seguidas.
Estoy en la cola para hacerme con un wrap de falafel cuando noto ese peculiar hormigueo en la nuca, como si alguien me estuviera mirando.
Lo ignoro durante todo el tiempo que puedo porque, vamos, esta ciudad está llena de gente y siempre hay algunos, sobre todo tipos estrafalarios, que se quedan mirando a los que esperan en la cola de un carrito callejero.
Como la sensación de hormigueo no desaparece y ya empieza a molestarme, me giro en redondo solo para demostrarme a mí mismo que no es más que una paranoia. Casi he de mirar dos veces para acabar de convencerme.
Hay un hombre junto al quiosco contiguo al carrito que me mira sin parar.
Es bajito y escuálido, con una perilla desaliñada y ropa arrugada.
En cuanto se percata de que estoy observándolo, se vuelve para otro lado, de repente muy interesado en la oferta de chicles del quiosco.
¿Estaba mirándome a mí o solo sopesando sus opciones para la cena?
Seguro que es esto último. Podría desentenderme sin más del asunto, solo que…
Me resulta tremendamente familiar.
Observo la gorra de béisbol que lleva en la cabeza y trato de refrescar la memoria. Es una gorra blanca con el dibujo de un pingüino de tebeo. No es del tipo que cabría esperar en un hombre adulto y estoy seguro de haberla visto antes.
Entonces caigo en la cuenta. Es una de las personas que vino a ver la habitación libre antes de que se presentara Whitney. El individuo que quería hacer un agujero en la pared, motivo por el que tuve que echarlo. Y no solo eso. Estoy seguro de haberlo visto al menos en otra ocasión desde entonces.
Él vuelve a mirar y esta vez, cuando nuestros ojos se encuentran, no aparta la mirada.
Me salgo de la cola —de la que estoy harto, porque ya llevo esperando diez minutos— y me acerco al quiosco. El hombre se ajusta la gorra y baja la mirada de nuevo.
—Disculpe —digo—, ¿hay algún problema?
No me responde. Coge un paquete de Mentos y examina la etiqueta.
Carraspeo con fuerza.
—He dicho «disculpe».
Al principio, estoy seguro de que va a seguir ignorándome, pero luego vuelve a ajustarse la gorra y me mira alzando la barbilla.
—Lo que le hizo a Whitney —dice en un siseo— fue repugnante .
Me quedo boquiabierto. ¿Qué demonios? ¿Cómo es que este potencial inquilino conoce a Whitney? No puede tratarse de una coincidencia, ¿no? ¿Y qué le hice yo a Whitney que fuera tan repugnante?
—¿Qué acaba de decirme? —le suelto.
—Ya me ha oído.
Ahora no aparta los ojos. Se queda mirándome, desafiante.
Es en ese momento cuando me doy cuenta de que le saco al menos media cabeza a este pequeño cretino y de que debo de pesar unos veinte kilos más.
Últimamente no he frecuentado tanto el gimnasio como cuando estaba en paro, pero aún conservo una buena musculatura.
Nunca en mi vida he dado un puñetazo, pero, si ahora lo hiciera, derribaría a este tipo.
Y, maldita sea, me sentiría de maravilla.
Doy un paso hacia él mientras la rabia fluye por mis venas.
—¿Qué acaba de decirme?
Los ojos del tipejo se abren más. Sabe que no estoy de broma, que podría aplastarlo si quisiera. Así que da media vuelta y se escabulle calle abajo, recordándome a esas ratas que veo a veces cuando estoy en el andén del metro.
Al menos no estoy tan paranoico como creía. Ese hombre estaba observándome a mí; no me lo he imaginado. Pero eso no me sirve para sentirme mejor. Porque no tengo ni la menor idea del motivo por el que lo hacía.