Capítulo 31
E stoy en la lavandería.
No es el lugar ideal donde desearía estar, sobre todo después de haberme pasado la noche dando vueltas en la cama entre pesadillas por el hallazgo del cadáver del señor Zimmerly.
Pero no tengo otro remedio. Ya no cuento con Krista para que me lave la ropa en la tintorería y no me fío de mi lavadora y mi secadora.
Así que ahora debo rebajarme a usar la lavandería automática que queda a dos manzanas.
Es fin de semana y no tengo nada más que hacer, así que he metido la ropa en la lavadora y ahora estoy sentado en un rincón con el teléfono en la mano y la cesta de la colada y el humillante detergente del animal de peluche a mis pies.
Tengo que matar otros veinte minutos hasta que pueda pasar mis cosas a la secadora.
Mi vida es fascinante.
Krista no me ha respondido después de que le dijera que la echaba de menos. Pero el hecho de que me mandara un par de mensajes es una buena señal. Quizá no acabe muriéndome solo en el baño.
Aunque, a estas alturas, daría cualquier cosa simplemente por volver a vivir yo solo en mi casa.
Anoche no vi a Whitney. Supongo que debió de volver en algún momento, pero no estaba en casa cuando me fui a dormir.
Temía que me despertaran esos fuertes golpes procedentes de arriba —los estaba esperando—, pero el segundo piso ha permanecido en silencio durante toda la noche.
Ni siquiera estoy seguro de que ella se encontrara allí esta mañana.
Por supuesto, ya no nos dirigimos la palabra, o sea que tampoco es que vaya a hacerme saber que está en casa.
Mientras espero a que termine el programa de la lavadora, busco el nombre de Whitney en Google. El primer intento que hice no arrojó grandes resultados, pero ahora me siento mucho más motivado que entonces. Y más aburrido.
Una vez más, los resultados son mínimos. Reviso las redes sociales una a una, pero no veo ninguna cuenta a su nombre. Es como un fantasma.
Entonces se me ocurre una idea.
Cuando ella presentó la solicitud para alquilar la habitación, me dejó sacar una foto de su permiso de conducir.
Encuentro esa imagen, todavía guardada en el teléfono, y recorto la fotografía del documento.
Luego entro en una web de reconocimiento facial y subo la foto.
Contengo el aliento mientras el buscador trabaja.
Al parecer, Whitney tiene un rostro muy común, porque aparecen en la pantalla un montón de páginas de fotografías.
Reviso las docenas de mujeres que se parecen a Whitney, pero en realidad no se parecen a ella en nada.
Una fotógrafa que se llama Cherilynn. Una ingeniera informática que se llama Alexandra.
Una estudiante de doctorado que se llama Amanda.
Ninguna me resulta familiar. Ninguna es una mujer a la que haya tratado mal en el pasado.
Tampoco es que haya tratado mal a muchas mujeres.
Puedo ser un cabrón en el trabajo cuando es necesario, pero por lo general he sido honesto con todas las mujeres con las que he salido.
Ha habido, por supuesto, algunas excepciones.
Hubo esa fiesta durante mi último año de secundaria en la que me enrollé en el baño con una animadora mientras mi novia tomaba chupitos en la cocina.
Hubo aquella alarma de embarazo durante mi segundo año en la universidad, en la que reconozco que podría haberme portado mejor.
Aun así, al final dije las cosas adecuadas antes de que a ella le viniera la regla por arte de magia y acabáramos rompiendo.
En todo caso, Whitney no es ninguna de aquellas chicas. Nunca salí con ella. Jamás le había puesto los ojos encima antes de que viniera a vivir con nosotros. Me apostaría la vida.
Está volviéndome loco este asunto. ¿Quién es esta mujer a la que he permitido vivir en mi casa? Y, lo que es más importante, ¿qué quiere de mí?
Dejo el teléfono, frustrado, y, al estirar las piernas, le doy una patada sin querer a la botella de detergente. Acaba volcándose y, como por supuesto no he enroscado bien el tapón, el detergente se derrama por todas partes. Está visto que hoy no es mi día. De hecho, parece que este no es mi año.
Voy al baño de la lavandería y cojo un puñado de toallitas de papel para limpiar el estropicio. Vuelvo a donde se ha derramado el detergente y me pongo de rodillas. Bueno, así al menos tendré algo que hacer hasta que llegue el momento de sacar la ropa. A este punto hemos llegado.
Pero, cuando me inclino sobre el detergente derramado, un aroma cítrico me golpea en las narices. No lo había notado antes, pero ahora, con el detergente fuera de la botella, resulta tan obvio que hace daño.
Limoneno.
Hay limoneno en mi maldito detergente.
Cojo la botella, que ahora está casi vacía. Es el detergente para pieles delicadas que siempre he usado, sin aditivos químicos ni aromatizantes. Reviso la composición para comprobar que no contiene limoneno. Y no.
Lo cual significa que alguien ha puesto limoneno en el detergente a mis espaldas.
Ahora todo encaja. Al fin entiendo por qué toda la ropa que lavaba me provocaba una reacción alérgica, a pesar de que yo limpiara obsesivamente la lavadora antes de usarla. Era porque estaba lavando la ropa con limoneno.
Me siento tan furioso que arrojo la botella de detergente al otro extremo de la lavandería. En un impulso, cojo el móvil y le mando un mensaje a Krista:
¡Whitney ha estado poniéndole limoneno a mi detergente! ¡Por eso me salía la erupción!
Te lo dije: ¡ella estaba detrás de todo esto!
En cuanto envío el mensaje, me arrepiento de haberlo hecho. Krista ya piensa que sucede algo extraño entre Whitney y yo. No estoy mejorando las cosas con este mensaje.
Intento anularlo, pero entonces veo que queda marcado como «leído», así que ya es demasiado tarde. Krista ha leído lo que he escrito. Y, una vez más, no responde.
Vale, recuperar a Krista no va a ser tan fácil como esperaba. Pero ahora mismo tengo que centrarme en sacar a Whitney de mi casa. No voy a recuperar mi vida hasta que esa mujer se haya ido.
Antes, sin embargo, debo salir a comprar más detergente y lavar la ropa. Otra vez.
Es hora de limpiar este estropicio.