Capítulo 30
N o puedo dejar de mirar.
Incluso una vez que salgo corriendo del baño y marco el teléfono de emergencias. Incluso después de que lleguen los sanitarios y declaren que no hay nada que hacer. Incluso después de que saquen de la casa al señor Zimmerly en camilla, con una sábana cubriéndole la cara.
—¿Se encuentra bien, señor Porter? —me pregunta un joven policía de uniforme azul.
Me sobresalto cuando las puertas de la ambulancia se cierran de un golpe.
Por supuesto, cuando se aleje no sonará la sirena. No hay ninguna urgencia. Lo he sabido en cuanto he encontrado a mi vecino tendido en el suelo del cuarto de baño, con un charco de sangre alrededor de la cabeza.
—Sí —murmuro, aunque no me encuentro bien. Ojalá me envolvieran con una manta o algo así, porque no puedo parar de temblar. Es humillante.
—Estas cosas pasan —dice el agente con aire entendido, aunque no parece pasar de los veinte—. Ese hombre tenía noventa y tres años. Debe de haber resbalado y se ha golpeado en la cabeza. Lo vemos a menudo.
Noventa y tres. Dios mío, no tenía ni idea de que fuera tan viejo.
—Sí —vuelvo a decir.
Él me mira entornando los ojos.
—¿Tiene a alguien que pueda quedarse con usted?
No tengo absolutamente a nadie, pero no voy a contarle mi vida a este policía.
—Tengo una inquilina —me limito a decir.
Él asiente, como si con eso bastara. Estoy seguro de que le espera una noche ajetreada y lo último que desea es tener que hacerle de niñera a un hombre de treinta y dos años. Además, me repondré. Sí, ver ese cadáver ha sido todo un shock. Voy a tener pesadillas por la noche. Pero me repondré.
A diferencia del señor Zimmerly.
—Bueno, debo confirmar los datos una vez más… —El agente se saca de la chaqueta algo parecido a un pequeño iPad—. ¿Por qué estaba usted en la casa del señor Zimmerly?
—Estaba preocupado —digo—. No había retirado sus cubos de basura y él es muy obsesivo al respecto. Así que he deducido que algo iba mal.
No tengo ninguna necesidad de decirle que he llamado a la puerta de mi vecino con la intención de echarle la bronca.
El policía asiente con expresión comprensiva.
—Sí. Yo tengo un vecino igual. Entonces… ¿usted tiene una llave de la casa?
—No. La puerta estaba abierta.
—¿Abierta?
—Sin la llave echada, quiero decir.
—¿Él suele dejar la puerta así?
—No tengo ni idea.
—Entonces ¿usted ha entrado al ver que no estaba cerrada con llave?
Asiento.
—Solo quería comprobar que se encontraba bien, pero entonces he visto que había dejado algo de comer en la encimera de la cocina. Y he visto luz en el baño y yo…
De repente siento que me ahogo. No entiendo por qué. Ni siquiera me caía bien el viejo cabrón.
—Tranquilo. —El agente da un golpecito sobre la pantalla del iPad y se lo vuelve a guardar en la chaqueta—. Creo que con esto basta.
Asiento, incapaz de hablar.
—Me encargaré de llamar a su hija —me dice— y la informaré de lo ocurrido.
—¿El señor Zimmerly tenía una hija?
—Eso parece —me confirma—. Vive al otro lado del país, en California. Supongo que no debían de verse mucho.
Nunca he visto a nadie entrar o salir de la casa del señor Zimmerly desde que lo conozco.
Desde luego, a ninguna mujer lo bastante joven como para ser su hija.
(Aunque supongo que, dada su avanzada edad, cualquier hija debería andar al menos por los sesenta).
El anciano tenía toda una familia de la que yo no sabía nada, pero parece que nadie se preocupaba por él lo más mínimo.
Por alguna razón, pienso en Krista. Y en cómo me había imaginado que construiría una vida a su lado. Ahora, sin ella, no tengo a nadie. Del mismo modo que el señor Zimmerly no tenía a nadie.
Fantástico. Voy a acabar solo, y amargado y obsesionado con la basura, hasta que un día me caiga muerto en mi propio baño.
En cuanto los últimos miembros de la comitiva abandonan mi manzana, saco el móvil y le escribo un mensaje a Krista:
El señor Zimmerly ha muerto.
Me reconforta ver que aparecen enseguida unas burbujas en la pantalla, indicando que quizá me esté respondiendo. Aunque esas burbujas me han inducido a engaño en otras ocasiones.
Pero entonces emerge una respuesta:
Lo siento. ¿Estás bien?
Algo conmocionado. Al menos ya no tendré que preocuparme por los cubos de basura.
Ella escribe:
Esa es la parte positiva.
Está hablando conmigo. Eso es muy buena señal. Quizá ya ha terminado de reflexionar y está dispuesta a volver. Mientras aún conservo su atención, tecleo en la pantalla:
Te echo de menos.
Vuelven a aparecer las burbujas. Parpadean en la pantalla una y otra vez mientras permanezco ahí, conteniendo el aliento, a la espera de su respuesta.
Pero no llega a responder.