Capítulo 29
M ientras camino hacia casa desde la parada de metro, tras otra jornada de trabajo, me vibra el teléfono en el bolsillo.
Ha pasado una semana desde que Krista se fue.
En los días siguientes, le envié como un millón de mensajes de texto y de voz.
Ella me respondió con uno solo, pidiéndome que le diera un poco de espacio, y entonces yo procedí a mandarle otro millón de mensajes de texto y de voz.
Me está costando mucho actuar con serenidad. Lo único que quiero es que vuelva.
Cada vez que suena mi teléfono, tengo la esperanza de que sea ella.
Así que no puedo decir que no me sienta decepcionado cuando saco el móvil y leo «Papá» en la pantalla.
Pero lo cierto es que no he hablado con mi padre desde hace semanas, quizá incluso más, y ahora caigo en la cuenta de que deseo con desesperación verlo y escuchar su voz.
No tengo amigos en mi nuevo trabajo, porque Kenny le contó a todo el mundo mi historia, y ninguno de mis antiguos compañeros de Coble las manecillas están congeladas en las once y ocho minutos.
—¿Señor Zimmerly? —vuelvo a gritar.
Mientras recorro la sala de estar, pisando una rígida alfombra marrón, una voz en el fondo de mi cerebro me dice que debería dar media vuelta y marcharme.
En sentido estricto, estoy allanando la vivienda de mi vecino.
Y, por el silencio que me rodea, presiento que la casa está desierta en este momento.
Si el señor Zimmerly ha salido a hacer la compra y me encuentra aquí al volver, se pondrá furioso. Quizá será él quien llame a la policía.
Aun así, no me voy.
Hago mi siguiente parada en la cocina, que es aún más pequeña que la mía. A diferencia de la de mi casa, no ha sido reformada y los fogones tienen una costra marrón que me indica que no se han usado en mucho tiempo. Pero lo que me más inquieta es lo que hay sobre la encimera.
Un vaso de agua, lleno hasta el borde. Y un sándwich de pan integral, cuidadosamente cortado por la mitad.
Parece extraño que una persona se prepare el almuerzo y luego lo deje sobre la encimera para salir de compras. O incluso para echarse una siesta. No, mi vecino se ha preparado un sándwich con la intención de comérselo. Y luego, por alguna razón, no lo ha hecho.
—¿Señor Zimmerly? —grito de nuevo.
Mierda.
Salgo de la cocina, vacilante. Se me agolpan las ideas en la cabeza.
Debería llamar a la policía ahora mismo.
Al fin y al cabo, tengo pruebas suficientes de que algo va mal.
Tendré que explicarles qué hago aquí, pero no es que haya entrado a robarle a mi vecino.
Solo me he colado en su casa porque estaba preocupado.
Me llevo la mano al bolsillo para sacar el teléfono y, justo cuando lo estoy cogiendo, veo que está encendida la luz del baño de la planta baja.
La puerta se halla un poco entornada y por la rendija asoma una franja de luz amarillenta. El señor Zimmerly no es el tipo de persona que sale de una habitación sin apagar la luz. Si hay luz en el baño, aún debe estar ahí.
Me acerco con sigilo. Al llegar a la puerta, titubeo y aguzo el oído por si se oye algo dentro.
No, nada.
Aunque supongo que podría estar sentado en el váter.
—¿Señor Zimmerly? —digo por última vez.
Llamo con los nudillos, pero, dado que ya está entornada, la puerta empieza a moverse. Las bisagras protestan mientras se abre por completo, dejando a la vista el pequeño baño. Hasta los cimientos tiemblan cuando suelto el alarido más brutal que ha sonado en esta casa en muchos años.