Capítulo 28
A cabo dando un largo paseo por el barrio.
Soy de esos neoyorquinos que siempre van por la calle con una meta prefijada, de manera que evito mirar a los ojos a los transeúntes mientras camino con brío a donde me dirija.
Pero hoy no tengo ningún destino en concreto.
Camino sin rumbo mientras el sol desciende en el cielo y la llovizna se convierte en un aguacero.
E incluso entonces sigo caminando. No llevo chaqueta, aunque hace bastante frío. Me duelen las piernas a causa del circuito que he hecho antes corriendo, pero me importa una mierda.
En lo único que puedo pensar durante todo el tiempo es en Krista, en cómo la he cagado del todo, y no entiendo cómo lo he conseguido. Yo no he dejado mi teléfono en la habitación de Whitney. Esa botella de lejía del armario no era mía. Y yo jamás le habría hecho eso a Goldy y mucho menos a Krista.
Whitney quería que Krista y yo rompiéramos. Ese era su objetivo desde el principio.
Aunque me inquieta pensar que ese no sea su único objetivo.
Esto solo es el principio.
Camino durante unas dos horas. Vuelvo a casa después de las ocho, con la camisa húmeda, las piernas ardiendo y el pelo pegado al cuero cabelludo. Todo eso me va bien, de todos modos. Prefiero sentir algo más que ese dolor agudo en el estómago cada vez que pienso en Krista.
Veo luz arriba y, por un momento, siento un destello de esperanza. ¿Ha vuelto Krista? ¿Ha cambiado de idea?
Pero no. Son las zapatillas de Whitney las que están junto a la puerta. Es ella quien está arriba.
Mientras alzo la mirada hacia el primer piso, mi estómago emite un ronco rugido.
No me había dado cuenta del hambre que tengo.
Pretendía llevar a Krista a cenar esta noche, pero no va a ser posible, así que tendré que mirar en la nevera y ver qué encuentro.
Al menos las mosquitas de la fruta ya han desaparecido.
Abro el frigorífico y veo el recipiente de comida china para llevar de anoche. Krista y yo nos terminamos la carne con brócoli, pero todavía nos queda un táper de fideos lo mein. Bien puedo comérmelos antes de que se estropeen.
Y hay cerveza. Un montón.
No me molesto en calentar los fideos; los prefiero fríos, sin sacarlos del recipiente de comida para llevar. Quito el tapón de la cerveza, me bebo la mitad de un trago y luego me llevo el táper y la cerveza a la sala de estar.
Ya que no voy a salir con Krista esta noche, me puedo emborrachar.
Pongo en la televisión un reality show cualquiera y me acomodo en el sofá.
Abro el recipiente y aspiro el aroma de la comida china de ayer.
Hundo el tenedor en los fideos, le doy un par de vueltas y me meto en la boca una buena porción con la esperanza de que me alivie el dolor de estómago. Empiezo a masticar y entonces…
De repente me entran arcadas. Casi estoy ahogándome.
¿Quién no conoce esa sensación de comer algo y darse cuenta de que hay algún pelo en la comida? ¿Esa sensación de que se enrolla sobre sí mismo en el fondo de la garganta? No hay nada más asqueroso.
Bueno, en este momento es como si tuviera la boca llena de pelos. Me da la sensación de estar comiendo pelos enredados en un fideo o dos. Y cada vez me parece que son más largos…
Tiro el recipiente sobre el sofá mientras me da otra arcada y escupo la comida en la mano. El estómago se me revuelve al ver lo que acabo de sacar. En efecto, ahí está. Y no es un solo pelo.
Recojo el recipiente del sofá y examino el contenido. No lo había mirado con atención antes de empezar a comer —por qué iba a hacerlo—, pero ahora veo que está mezclado con largos pelos castaños. Hay casi tantos como fideos. Quizá más.
Sí, hay pelos en mi comida. Un montón.
Oh, Dios. Creo que voy a vomitar.
Corro al fregadero de la cocina, tosiendo.
Entre mis desesperados jadeos para tomar aire, consigo sacarme cinco pelos enteros de la garganta, pero todavía me parece que tengo más ahí dentro, amenazando con asfixiarme.
Doy una arcada, me tanteo hasta que los dedos tropiezan con un pelo que ya se había colado en parte garganta abajo y noto al extraerlo cómo me rasca la laringe; es más largo que mi mano.
Al final, no llego a vomitar. Por suerte, no me he tragado nada; de lo contrario, lo habría sacado todo.
Pero había pelos en mi comida. Y por su aspecto sé con certeza de quién son.
Me sube por el pecho una oleada de rabia que no recuerdo haber experimentado nunca. Abro el grifo del fregadero, me lleno la mano de agua y doy un trago. Me zumba la cabeza. Si tuviera a Whitney aquí delante, cogería uno de esos cuchillos del bloque y le…
«No. Basta. Contrólate, Blake».
Respiro hondo varias veces, pero no consigo calmarme. Whitney ha infestado mi casa de mosquitas, me ha provocado una terrible erupción, ha matado a mi pez y ha destrozado mi relación con la única mujer a la que he amado en mi vida. Y todo ¿para qué? Ya no lo aguanto ni un segundo más.
Se acabó. Esto se ha terminado. Esa chica está acabada.
Subo en un arrebato los dos tramos de escaleras y mi rabia aumenta a cada peldaño. Cuando llego al segundo piso, veo luz bajo la puerta de Whitney. Me alegra mucho que esté en casa.
Golpeo la puerta con la palma de la mano. Repetidamente. Y, cada vez, los golpes suenan más fuertes.
Necesito pasarme un minuto entero aporreando la puerta para que ella se digne a abrirla con toda tranquilidad.
Parece que está preparándose para acostarse.
Lleva una de sus camisetas de tirantes con los shorts de pijama y el pelo castaño recogido en coletas a ambos lados de la cabeza.
La camiseta es casi transparente y, durante un breve instante, eso me detiene en seco.
Pero después recuerdo las ganas que tengo de rodearle el cuello con los dedos y apretar hasta que esté muerta.
Me hace falta todo mi autodominio para no hacerlo.
—Quiero que te largues —mascullo entre dientes.
—Buenas noches a ti también, Blake. —Sus labios se curvan en una sonrisita—. ¿Dónde está Krista esta noche?
Aprieto los puños.
—Quiero que te largues ahora .
Ella me mira parpadeando.
—¿Perdona?
—Ya me has oído. Tienes que largarte de mi casa ahora mismo.
—Estamos en mitad de la noche —señala—. No puedes esperar que recoja mis cosas y me vaya en este momento.
—Me da igual la hora que sea —le suelto a bocajarro—. Esta es mi casa y quiero que te largues. Ya he tenido de sobra. De sobra, ¿me oyes?
Su mirada se endurece.
—Bueno, qué mala suerte, Blake. No puedes echarme en mitad de la noche sin un preaviso, simplemente porque te apetece. Yo vivo aquí. Tengo mis derechos.
—Sí, bueno… —La miro de un modo tan mortífero que casi puedo ver cómo su piel crepita abrasada y se desprende de los huesos. Empiezo a hablar despacio, con deliberación—. Te conviene largarte por tu bien, por tu propia seguridad.
Ella arquea una ceja.
—¿Sí? ¿Qué piensas hacer?
¿Bromea? Le saco al menos quince centímetros de estatura y tengo mucho más músculo. Podría hacer muchas cosas. Podría hacerla pedazos.
Me imagino que mi puño se estrella contra su rostro arrogante. Me imagino que envuelvo con los dedos ese cuellito flacucho y que aprieto hasta que los labios se le vuelven azules. Me sentiría de maravilla.
Doy un paso amenazador hacia ella, todavía con los puños muy apretados. Pero Whitney no se amilana.
Ha visto mi farol. Por furioso que esté, no voy a hacerle daño. Nunca en mi vida le he puesto la mano encima a una mujer y no voy a saltarme esa norma por Whitney. Aunque quisiera, no sería capaz de hacerlo.
Aprieto los dientes.
—Considera esto como el preaviso de treinta días.
Si ella no se va por propia voluntad, sacaré todas sus cosas y las tiraré en la acera delante de casa. Me tiene sin cuidado que me demande. Estoy sin blanca, de todos modos.
—Ah, no te preocupes —dice Whitney con una risotada—. Me habré ido mucho antes de eso.
Y, sin más, me cierra la puerta en las narices. Oigo el clic del cerrojo.
Su respuesta debería tranquilizarme. Al fin y al cabo, lo que yo quiero es que se vaya. Sin embargo, había algo en su tono que me deja muy inquieto.
Sonaba como una amenaza.