Capítulo 27
L os timbrazos continúan durante unos segundos más; luego salta el buzón de voz. Pero para nosotros dos es obvio de dónde venía el sonido.
Krista me mira fijamente.
—¿Por qué está tu teléfono arriba ?
—No…, no lo sé.
Cruzo el pasillo a grandes zancadas y subo el angosto tramo de escalones que lleva al segundo piso. No hay luz bajo la puerta de Whitney, lo que significa que ha salido, aunque estoy seguro de que ella aún seguía aquí cuando he bajado antes a la planta baja. Pongo la mano en el pomo.
—No deberíamos entrar sin su permiso —dice Krista, inquieta.
—Me importa una mierda —contesto—. ¿Qué está haciendo mi teléfono ahí dentro?
Antes de que Krista pueda volver a protestar, giro el pomo y abro de un empujón lo bastante fuerte como para que la puerta se estampe contra la pared.
La habitación tiene más o menos el mismo aspecto que la última vez que estuve aquí, cuando por un impulso desparramé la fruta podrida en su cama.
La única diferencia es que esta vez la cama no está hecha.
Recorro la habitación con la vista. Los timbrazos se han detenido.
—Quizá nos hemos equivocado —dice Krista. Resulta evidente que no le entusiasma haberse colado en la habitación de Whitney mientras ella está fuera, pero a mí me tiene sin cuidado—. A lo mejor te lo has dejado en el baño. Sería lo más lógico.
—Vuelve a llamarme —le pido.
Krista, obediente, vuelve a seleccionar mi número en su teléfono. Los timbrazos empiezan a sonar de nuevo, y esta vez la fuente del sonido está bien clara. Aparto las mantas desordenadas de la cama de Whitney y ahí está mi móvil, acurrucado entre las sábanas.
Me apresuro a cogerlo. Hay dos llamadas perdidas de Krista y un mensaje suyo avisándome de que va a llegar con retraso. Pero nada de eso explica cómo ha llegado aquí mi teléfono.
—¿Blake? —La voz confundida de Krista suena a mi espalda—. ¿Qué es esto?
Me giro en redondo. Y ahora ¿qué? Por un momento, casi tengo la esperanza de que haya algo terrible en la habitación, como una pared cubierta de fotos mías con los ojos recortados, porque eso serviría para que Krista viera a Whitney como yo la veo.
Pero lo único que tiene en la mano es un tubito de color blanco.
Ni siquiera entiendo qué es hasta que ella quita el tapón.
Un pintalabios.
—Es del mismo tono que había en el cuello de tu camisa —señala Krista con voz temblorosa.
—¿Qué? —digo a la ligera—. No, no lo es.
Solo que es mentira. Es exactamente del mismo color. Es el mismo pintalabios que Whitney estaba poniéndose el otro día, justo antes de que yo encontrara la fruta podrida en la cocina.
—¿Por eso has estado actuando de un modo tan extraño respecto a Whitney? —La voz de Krista rezuma dolor—. ¿Te estás acostando con ella?
—¡No! —grito—. ¡Vaya locura! ¡Detesto a Whitney!
A ella le tiembla el labio inferior.
—Entonces ¿por qué había pintalabios suyo en el cuello de tu camisa? ¿Por qué está tu teléfono en su cama?
—¡Me está tendiendo una trampa! —Alzo las manos—. ¿Es que no lo ves? Está haciendo todas estas cosas para hacerte creer que te estoy engañando. Pero no es así.
—¿Y por qué iba a querer que yo crea tal cosa?
Que me aspen si lo sé. Ojalá lo supiera. Ojalá supiera por qué ha decidido ir a por mí. Porque, si supiera el motivo, podría hacer que parara.
—Krista —digo—, te quiero. Deseo que seas mi esposa. Jamás te engañaría. Te lo juro.
Su mirada va del teléfono que tengo en la mano derecha al pintalabios que ella sujeta con la izquierda.
—Yo… ya no sé qué pensar.
—Por favor. —Estoy a punto de arrodillarme y suplicar—. Tienes que creerme. Tú me conoces, Krista. Yo no haría una cosa así.
Ella vuelve a dejar el pintalabios sobre la cómoda y se mordisquea la uña del pulgar con expresión preocupada.
—No es solo esto. Llevas meses actuando de un modo extraño, Blake.
—No, no es cierto.
Ella arquea una ceja.
—Vale —reconozco—. Han sido unos meses difíciles para mí después de perder mi puesto y todo lo demás. Pero ya estoy saliendo de ese túnel. Te lo juro.
Krista juguetea con un sedoso mechón que se le ha soltado del moño.
—No sé. Creo… que quizá sería una buena idea que nos tomáramos un tiempo separados.
No. No . No puede hablar en serio.
Pero, sí, lo dice en serio. La sigo aturdido mientras baja por la escalera al primer piso y vuelve a nuestra habitación. Y luego observo horrorizado que saca su maleta del armario.
—No, Krista —le suplico.
No puedo perder a Krista. No puedo. Ella es lo único bueno que queda en mi vida.
Pero, por lo visto, va a suceder. En un momento, Krista empieza a sacar ropa de los cajones y va amontonándola en la maleta. Me gustaría arrebatársela antes de que pueda llenarla.
—No lo hagas. —Se me quiebra la voz—. Por favor, Krista.
—Solo necesito un par de días. —Juguetea con su anillo de compromiso, que aún lleva en el anular de la mano izquierda. Como se lo quite, me muero—. Me quedaré en casa de Becky y Malcolm.
Fantástico. Va a quedarse con Becky, que me odia, y con Malcolm, que tampoco es un gran admirador mío después de nuestro fallido intento de salir de copas. Estoy seguro de que ambos se pasarán todo el tiempo poniéndome de vuelta y media.
Pero está bien. Si necesita pasar unos días fuera, adelante. Tal vez sea bueno que estemos un tiempo separados. Y, si dispongo de algo de tiempo a solas con Whitney, tal vez logre que ella desembuche qué es lo que le molesta tanto de mí y podamos solucionar el problema.
Todo saldrá bien. Yo siempre caigo de pie, de un modo u otro.
Todavía no entiendo cómo ha podido Whitney hacerse con mi teléfono. Debe de habérmelo cogido de la mesita mientras yo estaba medio dormido. Por lo visto, no puedo cerrar los ojos ni un momento mientras esa mujer anda cerca.
—Blake, ¿qué es esto? —dice Krista.
Y ahora ¿qué más?
Krista está agachada frente al armario, seguramente decidiendo cuál de sus cinco millones de pares de zapatos quiere llevarse. Solo que ahora ha dejado de preparar el equipaje y está mirando algo que hay en el armario. No tengo ni idea de lo que será.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Krista se incorpora sujetando una pequeña botella blanca. Tardo un instante en comprender lo que tengo delante.
—¿Lejía? —Estoy demasiado sorprendido para decir nada más.
—¿Qué hace esto en nuestro armario?
—No tengo ni idea.
—¿Ni idea? —repite—. Fuiste tú el que estuvo diciendo una y otra vez que Goldy había muerto porque alguien había echado lejía en la pecera. Y ahora… ¿encuentro esto en el armario?
—Espera un momento. —La miro parpadeando—. ¿Acaso crees que yo maté a Goldy? ¿Me tomas el pelo? ¡Pero si tú ni siquiera creíste que la pecera oliera a lejía!
Ella vacila unos momentos.
—No estaba segura. No creía que Whitney hubiera hecho eso. Pero…, bueno, sí que olía un poco a lejía. —Me mira con aire acusador—. ¿Tú mataste a Goldy para inculpar a Whitney?
—¡No! Claro que no, por Dios. No es posible que pienses…
—Ya no sé qué pensar. —Tira dentro del armario la botella de lejía, que cae con estrépito—.
Has estado actuando de un modo muy extraño últimamente.
Y ahora encuentro tu teléfono en la cama de Whitney.
Y esta lejía en nuestro armario, cuando tú no has parado de decir que estabas seguro de que Whitney la usó para envenenar a Goldy.
—Por el amor de Dios, ¿de verdad crees que yo sería capaz de envenenarla?
—No lo sé. Tal vez. —Krista baja la mirada—. La verdad es que a estas alturas no hay nada de lo que no te crea capaz. Al fin y al cabo, robaste a tu propia empresa.
Siento una tremenda punzada en el pecho. No puedo creer lo que acaba de decirme. Cuando se produjo ese jaleo de mierda en Coble tantas son las ganas que tiene de largarse cuanto antes.
—Creo que será mejor que me vaya.
—Krista. —Me planto frente a la puerta, cerrándole el paso—.
Tienes que creerme. Whitney está tendiéndome una trampa con todo esto.
Ha estado haciendo ruidos extraños durante toda la noche para no dejarme dormir.
Puso esa fruta podrida en la cocina. Y fue ella la que envenenó a Goldy y luego dejó la lejía en el armario para incriminarme.
—Blake, ¿tú te escuchas a ti mismo?
Me mira a los ojos. No cree una palabra de lo que digo. Piensa que he perdido el juicio… o algo peor.
—Me voy —añade—. Ya te lo he dicho, necesito unos días para aclarar mis ideas.
No quiero que se vaya. Durante una fracción de segundo, me viene un pensamiento a la mente: soy mucho más corpulento y más fuerte que Krista. Y ella no tiene ningún arma. Tal vez no quiera, pero yo podría hacer que se quedase. Lograr que viera con claridad.
—Blake —dice, y de repente hay un destello de temor en sus ojos.
Me apresuro a apartarme y dejarle paso, horrorizado por mis propios pensamientos. ¿Qué estoy haciendo? Jamás forzaría a una mujer a quedarse conmigo. ¿Cómo se me puede haber pasado esa idea por la cabeza? No soy esa clase de persona. Mi madre me enseñó a respetar a las mujeres.
¿Qué está haciendo Whitney conmigo?
Aun así, sigo a Krista a la planta baja. Contemplo cómo coge su chaqueta y se pone las zapatillas. Está marchándose de verdad. Y no tengo ni idea de cuándo volverá. Si es que vuelve.
—Te quiero, Krista. —La voz se me quiebra al decirlo.
Ella se vuelve a mirarme, y la expresión que tiene en la cara casi me destroza. No parece furiosa. Solo apenada.
—Lo siento. —Le tiembla la voz—. No es esto lo que yo quería.
Aunque sé que no debería hacerlo, la sigo afuera. No sé qué estoy esperando en realidad, pero no consigo detenerme.
—Krista —repito—, ¿no podemos hablar un poco más? Por favor.
Ella ni siquiera me responde esta vez. Lo que hace en cambio es levantar el brazo para parar un taxi.
Incluso en las mejores condiciones, cuesta varios minutos encontrar un taxi en nuestro barrio, y lo habitual es que tengamos que acabar pidiendo un Uber.
Pero, por supuesto, al cabo de un segundo un taxi amarillo pega un frenazo frente a nuestra casa y me salpica con el agua de un charco, mientras que a Krista la deja casi indemne.
Ella no se demora ni un segundo y se sube al vehículo.
—¡Krista! —grito.
Ni siquiera se vuelve a mirar por la ventanilla.
El taxi se aleja antes de que yo pueda decirle adiós. Lo miro desaparecer a lo lejos, mientras me pregunto si esta será la última vez que vea a Krista. Si vuelve a casa, será en un momento en el que sepa que estoy trabajando y que puede recoger el resto de sus pertenencias sin que yo la moleste…
No, no permitiré que suceda tal cosa. Voy a recuperar a Krista.
Cueste lo que cueste.
—¡Porter!
La voz cascada que suena a mi espalda me pone los nervios de punta. Esto no. Ahora no. Me giro con los puños apretados. No estoy de humor para aguantar al señor Zimmerly.
—¿Cuántas veces voy a tener que repetirle que guarde sus cubos de basura? —me ladra el viejo.
Al decir estas palabras, varias gotitas de su saliva me dan en la cara.
—Lo siento —musito—. Ha sido un día complicado y no he podido hacerlo.
—Ya han pasado dos días —señala él.
¿Sí? Maldita sea.
—El día de recogida era ayer . Ha dejado sus cubos fuera durante dos días. —Carraspea unas flemas con un ruido asqueroso—. ¿Acaso cree que la calle es su basurero particular, Porter?
—Me los voy a llevar ahora —digo entre dientes.
—Ah, magnífico —masculla—. Se los lleva un día más tarde y solo cuando yo se lo digo. ¿Cómo es que usted es el único vecino de la manzana que no consigue hacerlo correctamente? Supongo que no le enseñaron a leer la hora en esa elegante universidad donde estudió, ¿no?
Pues la verdad es que ya no aguanto más al señor H. Zimmerly. Llevo haciéndolo casi desde el primer día que me mudé aquí y ya estoy harto.
Harto .
—¿Quiere que saque mis cubos de basura de la acera? —Cojo uno de los cubos metálicos—. Bueno, ¡aquí lo tiene!
Dicho esto, le arrojo el cubo con todas mis fuerzas. El señor Zimmerly debe de andar cerca de los noventa y es probable que el impacto lo hubiera matado, pero el cubo pasa muy desviado por su lado y rueda por la acera. Él abre mucho esos ojos legañosos.
—¿Qué demonios le pasa a usted, maldito chiflado! —me grita—. ¡Podría haberme matado!
Recojo el cubo de la acera.
—Quizá debería volver a probar.
Esta vez Zimmerly capta el mensaje y se escabulle enseguida hacia su casa, arrastrando las zapatillas por el suelo. Se mueve tan deprisa que está a punto de tropezar con el escalón roto que me ofrecí a arreglarle. A su edad, caerse por esa escalera sería un mal asunto.
Varias personas han oído el barullo y merodean en la calle con aire incómodo. Hay un montón de entrometidos en este barrio. Quizá lo mejor sería largarse de aquí.
Saludo con la mano a los curiosos y vuelvo a subir enfadado los escalones de mi casa. No pretendía golpear al señor Zimmerly con el cubo de basura; he fallado a propósito. No tenía intención de hacerle daño. No he perdido el juicio del todo.
Pero no puedo decir lo mismo sobre lo que haría si tuviera a Whitney delante.