La inquilina Capítulo 26
39%

Capítulo 26

H a pasado una semana desde que murió Goldy.

Durante un par de días después del funeral, las cosas entre Krista y yo han estado tensas. Ella se negaba a creer que Whitney pudiera ser la responsable de la muerte repentina del pez dorado. Y, cada vez que yo sacaba el tema, se oponía a hablar de ello.

Pero luego se ha ido calmando. Anoche, mientras Whitney estaba trabajando en el último turno, vimos una película en la tele y nos reímos juntos, y, al terminar, ella incluso decidió hornear una bandeja de galletas con pepitas de chocolate, cosa que llevaba semanas sin hacer.

Y como Whitney no estaba en casa, tuvimos sexo en el sofá, cosa que llevábamos meses sin hacer. Así que quizá volvemos a estar bien.

Hoy es sábado y, cuando Krista vuelva esta noche del trabajo, voy a llevarla a cenar a un restaurante refinado, cosa que no he hecho desde que perdí mi puesto de vicepresidente.

Ella se pondrá un vestido bonito y yo me echaré la mejor colonia que tengo o alguna chorrada por el estilo.

Desplegaré todo mi encanto y la conquistaré tal como hice al principio.

De lo contrario, me dejará. Y eso es algo que de verdad no quiero.

Tras el almuerzo, he salido a correr por Central Park, cosa que no hacía desde hace unas semanas.

Me he dado caña hasta que las piernas me dolían y mi camiseta estaba empapada de sudor, pese a que hace cuatro grados, y luego he vuelto a casa corriendo y me he duchado con agua fría.

Seguro que mañana lo pagaré, pero cuando he terminado me sentía de maravilla.

Mientras espero a que llegue Krista de la tintorería, pongo la televisión y cojo unas galletas suyas para picar algo.

La adrenalina del ejercicio ya se ha agotado y acabo dando una cabezada.

No me despierto hasta que oigo las llaves de Krista en la puerta de entrada.

Me levanto con torpeza mientras me sacudo las migas de la camisa de vestir que me he puesto especialmente para nuestra salida.

«El prometido perfecto. ¡Sí, tú puedes!».

Krista entra en casa con el pelo rubio cobrizo recogido en lo alto de la cabeza. Huele vagamente a productos de tintorería, pero tiene un aspecto estupendo. La sonrisa que se extiende por su rostro al verme me hace comprender que las cosas irán bien entre nosotros. Whitney no conseguirá separarnos.

—No tienes que levantarte por mí —me dice con tono burlón.

—Por supuesto que sí. —Cruzo la sala para estrechar su cálido cuerpo entre mis brazos—. Te he echado de menos.

Ella se ríe.

—No he estado fuera tanto tiempo.

—Pues incluso así te echaba de menos.

Ella alza la cabeza y me sonríe. Me encanta cuando me mira así.

—Perdona el retraso. ¿Has recibido mi mensaje?

No, no lo he recibido. Normalmente, el pitido del teléfono al entrar un mensaje me despierta si estoy dormido. Tanteo mis bolsillos buscando el teléfono, pero no lo encuentro. Lanzo una mirada a la mesita de café, donde suelo dejarlo cuando veo la televisión, y tampoco está ahí encima.

—Mierda. —Reviso mis bolsillos más a fondo—. ¿Dónde estará?

—¿En la habitación?

—Es probable. —Solo que estoy seguro de que lo tenía aquí abajo. Recuerdo que he estado leyendo las críticas de varios restaurantes para esta noche—. Déjame echar un vistazo. Pero, en cuanto lo haya encontrado, vamos a salir a cenar.

Se le ilumina la mirada.

—Estaba esperando que lo dijeras. ¿A algún sitio especial?

Le sonrío.

—Tú ponte elegante.

A ella le encanta arreglarse. Sí, las cosas van a ir bien entre nosotros. El drama del pez fue tan solo un pequeño bache.

Subo a buscar mi teléfono y Krista me sigue para ponerse algo bonito (y esperemos que sexy y transparente) para la cena.

Cuando entro en la habitación, no localizo el teléfono a simple vista.

Lo suelo dejar sobre la mesita de noche, que es donde tengo el cargador, pero allí no está.

Tampoco encima de mi cómoda. Incluso aparto las mantas de la cama de un tirón y busco entre las sábanas, pero no hay ni rastro de él.

—¿Qué demonios…? —mascullo—. ¿Dónde se habrá metido?

Krista saca su teléfono.

—¿Quieres que te llame?

—Sí, más vale.

Soy el primer contacto en la agenda de Krista. Ella pulsa el botón para hacer la llamada y, al cabo de un segundo, oigo un timbrazo. Al menos ya no cabe duda de que mi teléfono está en casa.

Pero los timbrazos suenan lejos. ¿Vienen de abajo? Quizá me lo he dejado en la cocina, lo cual encajaría, porque estoy seguro de que lo he usado mientras estaba en la planta baja.

Solo que cuando salgo de la habitación, siguiendo el sonido de mi tono de llamada, me resulta evidente que no viene de abajo. Alzo los ojos.

Viene de arriba. Del último piso.