La inquilina Capítulo 25
37%

Capítulo 25

T enemos un pequeño jardín trasero, que en realidad no es tanto un jardín como un reducido trecho de tierra y hierba detrás de la casa, aunque eso ya es un paraíso en Manhattan, donde nadie dispone de un espacio exterior.

Había pensado que acabaríamos montando una mesita y unas sillas para cenar fuera en otoño, pero todavía no hemos encontrado el momento de hacerlo.

En cambio, el primer uso que vamos a darle a nuestro jardín es el de lugar de reposo para Goldy.

Después de sacar a Goldy de la pecera y meterla en la bolsita hermética, he subido para vestirme como es debido, porque una camiseta y unos calzoncillos no son al parecer un «atuendo apropiado» para el funeral de un pez dorado.

Considero la idea de ponerme unos vaqueros, pero lo último que deseo es que Krista se enfade porque no estoy tomándome esto en serio, así que elijo unos bonitos pantalones de color caqui y una camisa de vestir.

Lo que no voy a hacer es usar corbata para el funeral de un pez; por ahí no paso.

Un detalle positivo es que mi irritante erupción parece haber desaparecido desde que Krista empezó a encargarse de mi colada.

Cuando vuelvo a la sala de estar, veo que Whitney ha vuelto a casa después de hacer media jornada en el restaurante.

Se me cae el alma a los pies al verla hablar en voz baja con Krista, que se seca los ojos con la mano.

Me pregunto qué estará diciendo Whitney de mí; desde luego, nada bueno.

Y la cosa me gusta aún menos cuando parece señalar con énfasis hacia mí.

Es de suponer de qué hablarán durante su próximo almuerzo juntas.

Pero entonces Krista me hace una seña para que me acerque.

Y no parece enfadada, sino solo afligida.

—Whitney quiere unirse al funeral de Goldy —me dice.

No creía que este funeral pudiera llegar a ser menos atrayente, pero por lo visto sí era posible.

—Fantástico —respondo.

Los ojos de color castaño claro de Whitney me devuelven la mirada.

—Es muy triste lo de Goldy. Realmente era como una más de la familia.

—Es cierto —asiente Krista.

Miro enfurecido a Whitney. «Tú has matado a nuestro pez, maldita bruja».

Ella se vuelve hacia la pecera.

—Deja que me encargue yo de guardarla. Debe de resultar duro mirarla ahora que está vacía.

—Sí —dice Krista—. Tienes razón. Muchas gracias.

No quiero que Whitney se deshaga de la pecera y del agua que hay dentro. Quiero demostrar que ahí hay lejía, porque debe de haber un método para detectarla. Pero si Whitney se deshace de las pruebas, Krista nunca me creerá.

Así pues, antes de que Whitney pueda coger la pecera, le toco el brazo a Krista.

—Quizá no deberíamos hacerlo. Tampoco queremos librarnos sin más del recuerdo de Goldy, ¿verdad? Deberíamos, no sé, preservarlo durante el mayor tiempo posible.

Krista me mira como si me hubiera vuelto loco.

—Es solo agua sucia. Creo que podemos tirarla.

Empiezo a protestar de nuevo, pero Whitney ya ha cogido la pecera, y lo único que puedo hacer es mirar cómo desaparece con ella en la cocina. Suena un ruido de agua corriendo. Cualquier prueba de que nuestro pez ha sido envenenado se ha ido literalmente por el sumidero.

Whitney regresa de la cocina con las manos vacías. No sé dónde habrá dejado la pecera, pero parece muy orgullosa de sí misma. Me lanza un guiño tan rápido que estoy seguro de que a Krista se le pasa por alto.

Los tres salimos al exiguo jardín trasero para celebrar el funeral del pez dorado. Krista ha encontrado una piedra grande para que sirva de lápida y yo he cogido una de las grandes cucharas metálicas de la cocina para cavar.

—¿A qué profundidad debería llegar? —pregunto.

—Bueno —dice Krista, pensativa—, se supone que para una persona de estatura media debes hacer un hoyo de dos metros de profundidad. Así que para un pez de unos cinco centímetros…, no sé. Unos cuantos centímetros, supongo.

Perfecto, porque no me entusiasma cavar con una cuchara.

Una vez que he abierto en la tierra un hoyo de unos cuantos centímetros, Krista deposita dentro a Goldy con delicadeza.

Se besa los dedos y luego los pone sobre el pez envuelto en plástico.

Yo utilizo entonces la cuchara para cubrirlo de tierra y Krista coloca encima la piedra.

Mientras ella se arrodilla llorosa junto a la tumba del pez, me vuelvo hacia Whitney, que tiene una sonrisita en los labios. Me dan ganas de estrangularla.

—Deberíamos decir unas palabras en memoria de Goldy —propone.

Krista vuelve a ponerse de pie, secándose los ojos.

—Eso estaría muy bien.

—Blake —dice Whitney—, ¿quieres empezar?

De verdad que la odio. Pero no puedo cagarla ahora. Si quiero que Krista siga considerándome el marido perfecto, tengo que ser capaz de dar la cara en los momentos trágicos.

—Hoy nos hemos reunido aquí para decirle adiós a Goldy.

—Bajo la cabeza—. La encontramos en una tienda de mascotas…

Era la más rápida de todos los peces dorados.

Le gustaba comer bolitas, también le encantaba nadar en círculos, y…

—Miro a hurtadillas a Krista, que me observa expectante—. Y era un buen pez.

¿Ha sido suficiente? No lo sé. Krista parece algo decepcionada. Pero…, o sea, venga ya. ¿Cuántas cosas puedes decir de un animal que ha pasado dentro de una pecera todo el tiempo que lo hemos tenido?

—Echaré de menos a Goldy —empieza a hablar Whitney—.

Siempre que yo estaba en la sala de estar, tenía la sensación de que me hacía compañía.

A veces, casi parecía que me sonreía. Cuando llegaba del trabajo, por muy cansada que estuviera, allí me la encontraba, dispuesta a distraerme nadando de un lado para otro.

Y las noches en las que no podía dormir, Goldy estaba conmigo.

A pesar de que se haya ido, es como si su espíritu siguiera aquí.

Con nosotros. —Toma una bocanada de aire entrecortada—.

Y, desde luego, nunca nunca la olvidaremos.

Los ojos de Krista se llenan de lágrimas.

—Ha sido precioso, Whitney. Estoy de acuerdo. Da la sensación de que su espíritu sigue aquí.

¿Bromea? ¿«Nunca nunca la olvidaremos»? A mí me gustaba Goldy, pero, vamos, era un pez . Me enfurece que Whitney me haya eclipsado. En especial, porque es ella la que ha matado a Goldy. Krista quizá no me crea, pero yo sé que es cierto.

—Necesitaba oír algo así —continúa Krista, mirando a Whitney—. Muchas gracias por esas amables palabras sobre Goldy. Eres una buena amiga. Ya sé que todo esto puede parecer un poco tonto… —Me mira con toda intención—. Pero la verdad es que ayuda.

Whitney le tiende la mano y Krista la coge.

A mí me palpita una vena en la sien; me está entrando un sordo dolor de cabeza.

Y no hace más que aumentar cuando Krista empieza a llorar otra vez y, en lugar de venir a abrazarme, se vuelve hacia Whitney, que la rodea con los brazos. Ya no lo aguanto más. Es que no puedo.

—Bueno, ya basta de tonterías —exploto—. Sé que has sido tú quien ha matado a Goldy, Whitney.

Las dos se vuelven hacia mí a la vez. Una expresión divertida destella en los ojos de Whitney, pero Krista está furiosa.

—¡Blake! —me espeta—. ¿Qué demonios te pasa?

—Es la verdad —replico—. Ha asesinado a Goldy y ahora está fingiendo que se siente muy triste. Mírala. ¡Salta a la vista que finge!

Krista se vuelve hacia Whitney, que ahora, por arte de magia, está derramando lágrimas como si se sintiera apenada de verdad por ese estúpido pez. ¡Por favor!

—Blake está alterado por la muerte de Goldy, eso es todo —observa Whitney con delicadeza—. No sabe lo que dice.

—¡No está alterado! —grita Krista—. ¡Quería tirarla por el váter!

—¡Blake! —exclama Whitney—. ¿Cómo se te ha ocurrido algo así?

De nuevo, hay una expresión risueña en sus ojos. Está disfrutando todo esto. Le encanta que Krista la crea a ella y no a mí.

Es justo lo que ella quería que sucediera. He caído de cabeza en su trampa.

—Vale, sí, quería tirar el pez al váter. —Mientras las palabras salen de mis labios, me estremezco ante la expresión de mi novia—. ¡Pero yo no le he hecho ningún daño a Goldy! ¡Al menos no soy un psicópata que ha envenenado a nuestro pez con lejía! ¡Deja de ser tan ingenua, Krista!

Ella parece traumatizada por mis comentarios, mientras que Whitney está reprimiendo claramente una risotada. ¿Cómo es que Krista no lo ve?

Ahora me lanza una mirada dolida.

—Necesito… estar sola. Voy a salir a dar una vuelta.

Se suponía que esta tarde íbamos a ver una película, pero debo hacerme a la idea de que eso ha quedado descartado, ya que estamos de luto.

Whitney y Krista vuelven adentro juntas, mientras que yo me quedo al lado de la tumba recién consagrada del pez dorado.

Pero, justo cuando están desapareciendo en el interior de la casa, Whitney se vuelve a mirarme, y la sonrisa que tiene en la cara me da ganas de hacerle exactamente lo que ella le ha hecho a mi pez. Ojalá pudiera enterrarla también.